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  1. 14 de agosto de 1948 HACIA UN MUNDO DE VIEJOS Mi amigo, el doctor Carlos Blanco Soler, habla de los viejos desde Monte Ulía: una roja langosta, de carne de porcelana; y arriba, estrellas. San Sebastián, encendido, es como un Río de Janeiro diminuto con proporciones europeas. Línea de luces de la avenida, y redonda, iluminada, como una media naranja cortada, la plaza de toros, donde hierve el público bárbaro del boxeo. —Vamos —me dice— hacia un mundo de viejos. ¿Sabes cuál era el término medio de la vida en la Roma de Virgilio o Nerón? De treinta a treinta y cinco años. A principios de este siglo no pasaba de cuarenta. Ahora la hemos alargado hasta sesenta y dos. Con la penicilina y las futuras drogas, pronto llegaremos a ochenta. Y no te digo si la ciencia consigue curar el cáncer y la tuberculosis. En cambio, en China, en la India, el promedio de la vida es de quince años. —Habrá que revisar —añade— muchos de nuestros conceptos; toda la legislación de la edad de las jubilaciones, y habrá que hacer trabajar a los viejos. Su diálogo chispea, lleno de sugerencias: —¿Cómo serán los hijos de los viejos, nacidos no con la fe entusiasta de la juventud, sino ya con la duda sistemática? —Parece, en efecto —le respondo—, que el hombre moderno, como Fausto, vende su alma —su fe milenaria— a un Mefistófeles, vestido de Ciencia, de Técnica (al diablo más peligroso, porque es el que se niega a sí mismo), a cambio de la juventud, del rubeniano «Divino Tesoro». —No; no se recuperará —me replica— la juventud, la primavera de la vida. Se prolongará el otoño, que es más delicado, más paladeador y degustador, más irisado de matices y detalles mínimos. Es decir, que no reconquistaremos la fresca «alba de oro», sino que prolongaremos el crepúsculo y el planeta se cubrirá con una luz de eclipse. Por todas partes, en Rusia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, se investiga, incesantemente, para alargar la vida. Ha nacido una nueva ciencia o arte de envejecer. Se ha encontrado en las células nerviosas un pigmeo opaco que es la «mancha de la vejez». Hace unos años conocí en Madrid al doctor Voronoff. Siendo médico en El Cairo, en la Corte del rey Fuad, había observado que los jóvenes eunucos presentaban todos los síntomas (de artritismo y reumatismo), propios de la senectud. Entonces buscó la juventud en el carcaj del Amor, en las fuentes mismas de la Vida. Siguiendo el humillante árbol genealógico de Darwin, quiso arrebatar el amor a los monos. Cupido se llenó de áspero vello. No tuvo gran éxito; pero acaso sugirió un camino. Yo recuerdo su «Villa» de Mentón, cercana a la de Blasco Ibáñez, con sus jaulas de chimpancés abajo, y en lo alto del jardín, entre rosales, una blanca Venus de mármol. Sobre tan bestiales cimientos quería conquistar la sonrisa divina de Afrodita. Pero sucede algo alarmante: a medida que se prolonga la vejez en la raza blanca, va disminuyendo la natalidad. Después de visitar parte de Europa y algunos países de América, España da la impresión —como me decía agudamente una bella observadora— de un «colegio de niños». En Francia, en Escandinavia, en Inglaterra, ya no hay chicos por las calles. En Norteamérica solo se reproducen abundantemente los negros y los católicos. Los países de más fuerte natalidad han sido vencidos. Una vez, me decía con toda naturalidad una señora en Estocolmo: —Aquel año íbamos a tener un hijo, pero se nos ocurrió marchar a Londres a presenciar el Derby. El hombre se queda aislado y egoísta. Al perder la fe religiosa, se desconecta con el innumerable pueblo de sus muertos. Al limitar la natalidad, corta todos sus lazos con las generaciones futuras, con los ingentes mundos de los «no nacidos». Solo, fijo en el presente, ya no mira hacia el ayer ni hacia el mañana. Cierto es que la naturaleza parece caprichosa e injusta en la distribución de las edades. ¿Por qué la tortuga de América (que semeja un reptil aplastado por un peñasco y que vio retratarse en sus límpidos ojos a las Tres Carabelas) vive quinientos años, mientras la mariposa «efimera», solo dotada de órganos para el vuelo nupcial, muere de pura vejez al cabo de dos breves horas? ¿Por qué han pescado ballenas que llevaban en sus cuerpos arpones normandos de la edad de Carlomagno, mientras Bécquer o Rafael desaparecieron en plena mocedad? Es posible que el hombre, dada la riqueza de su intelecto y de su espíritu, nos parezca que merece más larga duración. ¿Pero no se le quedará el alma, calculada para un máximo de noventa años, pequeña y estrecha como el traje de un adolescente que crece, y dejando al desnudo a ese siglo de suplemento que le brinda la ciencia? ¿Con qué llenará el espíritu esos lentos años que no le correspondían y que estaba decretado que no contemplaría ya sobre la Tierra? Egoísta y personalmente, yo ansío esa prolongación de la vida. Pero acaso resulte injusta, mirada con los ojos frescos y primaverales de la Especie. ¿Os figuráis en el futuro sobre Europa y parte de América al pequeño grupo de viejos blancos, de gruesos lentes, exterminando, con la desintegración de la materia, a las numerosas e hirvientes juventudes de los pueblos de color que los asedian, y que fiaron al amor y no a las drogas la eternidad de su estirpe? Yo imagino, en un perpetuo atardecer del mundo, a unos vigorosos ancianos de trescientos años, dialogando, con amarga sonrisa socrática, sobre un parque sin niños. Agustín de Foxá ABC, 14 de agosto de 1948, p. 3. ---------- También se puede encontrar en el siguiente libro, altamente recomendado: Agustín de Foxá; Historias de ciencia ficción. Relatos, teatro, artículos; La biblioteca del laberinto; 2009.
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