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Hispanorromano

Interpretación de la crisis del coronavirus y de lo que vendrá después

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Abro este hilo para tratar de entender cuál es el significado de estas crisis del coronavirus que estamos viviendo.

Recuerdo que hay varios hilos para abordar aspectos específicos de esta crisis del coronavirus:

En este hilo recogeré escritos que intenten una interpretación metafísica de esta crisis, de su impacto en nuestras vidas y del mundo que vendrá después. Quizá me anime a escribir algo yo mismo, pero en principio recojo escritos que he visto en otros lugares. Escritos que reflexionan sobre aspectos importantes de esta crisis y que tratan de darle un sentido, aunque ello no quiere decir que comparta todo lo que dicen esos artículos. Generalmente cuando traslado al foro un artículo lo comparto en un 50-80%; es muy raro que lo comparta en su totalidad.

Empiezo por este artículo que me parece que aporta alguna reflexión de provecho.

Cita
8 abril, 2020 /Bárbara Alpuente
Lo normal

Qué ganas tenemos de volver a la normalidad, a la normalidad del estrés cotidiano y el vaivén del vagón masificado en hora punta, a la normalidad de no ver a nuestros amigos durante meses porque hay otras cosas, por lo visto, mucho más importantes que hacer. A la normalidad de meter a nuestros padres y abuelos en las residencias porque la vida que tenemos no permite cuidar de nuestros mayores (O preferimos no hacerlo). A la normalidad de no aplaudir en los balcones a los que se juegan la vida por nosotros, a la normalidad de meter a nuestros niños siete u ocho horas en un colegio para poder pasar todo el día trabajando, para pagar mucho más de lo que valen nuestros pisos en ciudades cada vez menos acogedoras y más estandarizadas; ciudades que ya no nos miran a los ojos.

La normalidad de pedir productos inútiles por Amazon por puro aburrimiento sin importarnos las condiciones laborales de quienes los traen a nuestra casa, de impacientarnos con la cajera porque no hace las cosas al ritmo que exigimos, sin pararnos a pensar en qué le está sucediendo a ella. La normalidad de consumir; consumir información, consumir productos, consumir series, consumir relaciones, consumir la vida, de acabar consumidos.

El ser humano tiene una gran capacidad de supervivencia y por eso nos adaptaremos a lo que venga, pero me temo que la supervivencia no será suficiente. Necesitamos alegría, por eso somos capaces de reír en un tanatorio o de hacer chistes en un cementerio, por eso en estos momentos dramáticos sale el ingenio para sacarnos una carcajada. Por eso juegan los niños entre bombas o ríen entre los escombros de un terremoto. Porque hay algo tirando de nosotros, recordándonos que no basta solo con estar vivo.

Esa pulsión de alegría aparece sin que uno la busque, en los momentos más terribles, como si por descuido se colara en nuestros pulmones un soplo de vida superior, de vida que trascienda la supervivencia. En el tanatorio, cuando murió mi padre, después de despedirme físicamente de él, besarle la frente y acariciarle el pelo en el ataúd, me metí en el cuarto de baño y me miré en el espejo. Casi sin darme cuenta, había sacado un estuche de mi bolso para retocarme el maquillaje. ¿Frivolidad? No, en el momento más terrible de toda mi existencia, una parte de mí quiso liberarme del dolor durante unos segundos y devolverme a lo cotidiano para permitirme coger aire.

Cuando comenzó esto, llegué a pensar que todo era una oportunidad para cambiar hábitos y aprender a vivir de otra manera. Luego, en un acto de humildad, porque a veces los tengo, me di cuenta de que las cosas no pasan para que yo aprenda nada. ¿De verdad necesitaban un terremoto en Haití para aprender? ¿O un tsunami en Tailandia? ¿De verdad necesitan morir ahogados los inmigrantes que intentan llegar a nuestras costas en patera? ¿Necesitan los refugiados aprender de su terrible experiencia? Me temo que la respuesta es no. Y eso no impide que uno pueda aprender de todo lo que le sucede y extraer conocimientos que le conviertan en un mejor ser humano.

En estos días, el miedo irrumpe con suficiencia en las vidas de todos. Percibo su sonido ronco colándose entre nosotros y ocupando los huecos que deja la incertidumbre. Y a pesar de ello, confío en sorprenderme un día frente al espejo mientras me retoco el maquillaje en mitad del caos, el drama y el duelo por todos los que faltan.

Volveremos a la normalidad, pero tendremos que inventárnosla para llamarla así. Y ojalá esta vez nos la inventemos mejor.

Lo normal | Otras Políticas

 

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Sigo con una reflexión de José F. Pelaez que, a pesar de lo descarnado, yo creo que tiene algo de razón. Se trata más que nada de aportar textos para ayudarnos a entender este lío en el que estamos metidos.

Cita

Lo normal era esto

Nos habíamos olvidado de que este es el estado natural de la sociedad. En algún momento nos hemos creído que el bienestar, la libertad, la seguridad y la alegría eran lo normal, la base sobre la que construir, algo asegurado que apenas tiene valor. Nos hemos creído que la prosperidad era el mínimo exigible, que tenemos derecho a Instagram, a un móvil, a una renta garantizada; que es normal tener seguridad social, pensiones, una biblioteca gratuita en cada esquina, internet en cada casa, hospitales en cada pueblo, una farmacia completa y gratuita en cada cocina. Nos hemos acostumbrado a que haya policías, militares, barrenderos, camiones de la basura y mataderos haciéndonos el trabajo sucio para que podamos ver Netflix y pedir comida a domicilio mientras nos quejamos de lo mal que va todo.

Nos hemos creído que la muerte no existe, que lo normal es vivir, disfrutar de una vida larga, segura, feliz, sana y próspera. Nos hemos acostumbrado a que el problema sea que un varón te abra la puerta o te lance un piropo. Nos hemos tragado hasta el fondo que el gran problema de la sociedad occidental es garantizar que una mamarracha llegue a casa sola y borracha. No hemos pasado un problema real jamás y nos hemos creído que la vida es un fuego de campamento. No ha nacido un filósofo desde Wittgenstein. No hemos leído un libro serio y no conocemos la historia de la humanidad. De lo contrario, sabríamos que todo era una anomalía, que lo normal es esto, que lo normal es vivir en crisis, la vida en la frontera, la guerra, las hambrunas, las epidemias, las malas cosechas, el miedo, los terremotos, los volcanes, los depredadores, tener enemigos, estar rodeados de hijos de puta y defendernos como podamos sin dejar de mirar al cielo ni un solo momento, sabiéndonos minúsculos e insignificantes. Esta es la historia de la humanidad, este ha sido el escenario de tus ancestros y ahora te toca a ti asumir que lo normal es el pánico y los problemas de verdad, no los que decimos tener para que nos garanticen la felicidad cuatro palurdos con el puño en alto. No, el piropo no es un problema. Tu felicidad tampoco es un problema para nadie. El único problema es que somos hombres, apenas eso. Frágiles, mortales, rosas.

Nos hemos acostumbrado a no tener responsabilidades, a la soberbia del fracasado, a la insoportable altanería del perdedor. Ya sabemos que tú no recibes órdenes de nadie, que la crítica es una forma de fascismo, y que nadie es quién para exigirte resultados. Y, claro, vienen las consecuencias: ahora no sabemos marcarnos una disciplina, no sabemos sufrir y va a ser hora de ir aprendiendo porque nos va a tocar mirarnos a la cara y compartir el último plato de macarrones con la persona esa que tienes a la izquierda y a la que estás pensando mandar a la mierda en cuanto esto termine. Nos va a tocar también fingir que no tenemos hambre para que puedan comer los pequeños. Esto es la vida y ahora vamos a descubrir de qué estamos hechos.

Nos hemos acostumbrado a no mirar a los ojos a la realidad, a la muerte, al pánico. Nos hemos acostumbrado a no temblar ante cada gesto de amabilidad, ante el milagro de saberse vivo. Nos hemos acostumbrado a hacer el ridículo cada mañana diciendo chorradas en twitter, nos hemos creído dioses y vamos a ver caer Babel. Vamos a ver morir a seres queridos. Vamos también a ver caer a desconocidos por salvarnos la vida mientras jugamos a la play, fingimos que hacemos gimnasia y aplaudimos a la nada a las ocho y nunca de la tarde.

Lo repito: va a morir gente para que no mueras tú y yo no sé si saldremos de esta, pero si lo hacemos, solo le pido a Dios no tener que ver nunca más la cara a los idiotas de los Goya. Creo que no pido demasiado.

(Esta columna se publicó originalmente en El Norte de Castilla el 17 de marzo de 2020 en pleno confinamiento y estado de alarma. Disponible haciendo click aquí).

Que Dios nos proteja.

Lo normal era esto – MAGNÍFICO MARGARITO

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Finalizo por hoy con un texto que procede de la derecha francesa; en concreto, creo que del sector identitario, pese a lo cual formula algunas reflexiones que entiendo acertadas y aprovechables desde una perspectiva católica.

Podéis aportar en este hilo los artículos que queráis y también podéis formular vuestras propias reflexiones. Además de discutir los artículos que voy trayendo yo si coniderais que yerran en algún aspecto.

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Coronavirus: el precio de un mundo sin límites

Thibault Isabel 17 de marzo de 2020

El pasado jueves 27 de febrero, mientras Italia se preparaba para decretar la prohibición de todas las concentraciones públicas y el cierre de todas sus escuelas en varias regiones, las autoridades transalpinas todavía incitaban a los turistas extranjeros a visitar sin miedo sus lugares turísticos. A pesar de los quinientos casos ya declarados de infección por el nuevo coronavirus, Luigi Di Maio declaraba con aplomo: "Nuestros hijos van a la escuela. Si nuestros hijos van a la escuela, los turistas y profesionales también pueden venir". Ya conocemos la continuación de la historia. Conviene recordar que el turismo representa el 13% del PIB italiano y que la obsesión contemporánea por el crecimiento no cuadra con semejante pérdida. Cuando uno es un hombre de Estado responsable, debe respetar cueste lo que cueste la economía. ¿A qué precio, entonces? La contaminación de los turistas tan ingenuos como para creer lo que los gobiernos les cuentan.

De la crisis sanitaria a la crisis económica

En el resto de Europa, la actitud es más o menos la misma. El plan de comunicación del gobierno francés pretende dar una de cal y otra de arena para satisfacer a aquellos que están asustados por la proliferación del virus tanto como a los que simulan vivir con normalidad. Pero, en el fondo, todo ha sido planificado para limitar el impacto económico de la crisis sanitaria. Se dejan las fronteras bien abiertas, se intenta incluso prohibir el derecho de retirada a los empleados de los sectores que no son vitales como el turismo y se limitan los tests de diagnóstico para no provocar la "psicosis".

El personal hospitalario tiene mucho de qué quejarse: varios trabajadores han sido contaminados después de haber tratado casos de neumonía sin precaución porque, desde las altas instancias, se había dado la instrucción de no utilizar esos tests mientras el virus no circulara por el territorio. Sin embargo, ya circulaba. Todo circula en una economía mundializada de librecambio.

No es cuestión de subestimar el impacto económico potencial del coronavirus. Cuando se ve la onda de choque planetaria que provoca el menor freno de los flujos en una zona circunscrita del globo, uno no se atreve a imaginar el efecto de una parálisis masiva de la producción y del consumo a escala de los cinco continentes, y con una duración probable de varios meses. La crisis económica que nos espera traerá con probabilidad más muertos que el virus en sí mismo.

Una enfermedad de los flujos

Pero es difícil sacrificar la contención de la crisis sanitaria en nombre del riesgo de crisis económica. Según los expertos, si no se hace nada para controlar la pandemia, podría afectar al final a entre el 30% y el 50% de la población mundial. Con una tasa de letalidad estimada en el 2%, sería cínico comparar la situación a una simple gripe. Las mentes brillantes dicen que el coronavirus afecta en primer lugar a las personas mayores o frágiles, cuya esperanza de vida residual es, de todas maneras, débil. Pero estamos hablando de, al menos, cincuenta millones de seres humanos, contando con una proporción no desdeñable de individuos en perfecto estado de salud. La mayor parte de entre ellos solo se salvarán porque los Estados no se han quedado sin hacer nada, y porque China ha tenido la valentía de sacrificar su economía para poner el freno a una provincia entera.

El coronavirus es una enfermedad de los flujos. El siglo que acaba de pasar conoció, de hecho, varias pandemias más que en ningún otro siglo del pasado. La peste negra del siglo XIV fue, sin duda, ya importada de Oriente por los mongoles con ocasión de importantes movimientos de tropas, en un contexto de guerras coloniales contra el Imperio genovés, por lo tanto en el marco de un primero movimiento de mundialización. La "gripe española" de 1918-1919 fue también transportada por los ejércitos en movimiento al final del primer conflicto mundial de la historia de la humanidad. Ya no se necesitan guerras hoy para intensificar los riesgos de contaminación; el comercio ya se encarga de ello muy bien, incluso en tiempos de paz  militar.

Aquí, todo tiene siempre un precio. Todo exceso conduce a una compensación mortífera en el sentido opuesto. La mundialización de los intercambios y la sociedad de la hiper-comunicación terminan, esporádicamente, en situaciones de crisis donde los intercambios deben interrumpirse brutalmente para reestablecer el equilibrio. Es lo que estamos viviendo ahora mismo. El precio a pagar de la mundialización lleva por nombre "pandemia". Esta que conocemos no será la última. Cuando se comprueban los estragos causados por la viruela hasta el siglo XIX (30% de letalidad), ¿podemos imaginar qué cataclismo provocaría la aparición de una enfermedad del mismo tipo en nuestra época?

Los peligros de una mundialización sin límites

Hoy en día, es menos costoso enviar a fabricar nuestros medicamentos a China, y viajar al otro extremo del planeta en lugar de ir a doscientos kilómetros de nuestra casa. El ecosistema no está hecho para sostener semejante intensidad de desplazamientos. Las consecuencias se notan en cuestiones como la contaminación atmosférica pero también en términos virales –e incluso, por cierto, en desequilibrios económicos, sociales, culturales. El ser humano se ha convertido en un animal fuera de control, un animal parasitario, por la simple razón de que no está encerrado en un entorno, sino que se libera de cualquier forma de límite. La fantasía de un progreso ilimitado y del crecimiento insensato está llevándonos a un abismo, bajo el efecto de un vasto movimiento de regulación natural que intentará compensar nuestra proliferación irrazonable. La naturaleza no es todopoderosa frente a la desmesura humana, pero tiene medios para defenderse. La primera advertencia acaba de llegarnos.

¿Haremos caso? No hay ninguna seguridad. Es estupendo comprar los medicamentos a buen precio –sin preocuparnos de las condiciones de trabajo de los chinos– o de participar todos los años en el carnaval de Venecia. Es una vida muy agradable, de la que nos costará privarnos. Pero nuestros ancestros eran felices sin ello. Ha llegado la hora de discernir entre los progresos técnicos realmente útiles para el bienestar y felicidad de la humanidad –y hay muchos– y aquellos que son inútiles, de los cuales podríamos prescindir. 

Hacia una vuelta del orden natural

En este mundo de flujos ilimitados, de comunicación permanente y de intercambios generalizados, las pandemias nos obligan, durante algunos meses, a vivir en la distancia, el confinamiento y la soledad. Así pues, soportamos un movimiento de péndulo en sentido inverso. Pero ¿quién puede decir que no es ese, en el fondo, nuestro día a día? Aunque las sociedades modernas permiten que todo circule, el anonimato urbano no ha sido nunca tan grande. Aunque nuestros móviles nos conectan con el mundo, no sabemos ya cómo se llama nuestro vecino. La pandemia no hace más que revelar la otra cara de los tiempos modernos: el aislamiento. El punto medio implica que volvamos a aprender el sentido del vecindario. La economía de proximidad, la vida ciudadana local, la acción asociativa, el arraigo familiar: estos valores nos protegen del anonimato, y nos disuaden de ceder a la quimera de un mundo sin límites.

Es cierto que los seres humanos siempre han viajado. Pero el viaje, en tiempos, era un largo camino iniciático a través del mundo, reservado para los más curiosos de entre nosotros. Cuando se inventaron las vacaciones pagadas, no teníamos en mente hacer reventar nuestra huella de carbono en trayectos aéreos de bajo coste. ¿Qué paisajes vamos a descubrir cuando estamos estabulados en clubs de vacaciones en Egipto o en cruceros por la costa de San Francisco o de Japón?

Hemos querido la mundialización, y con ella ha venido al mismo tiempo el individualismo, el calentamiento climático, el dumping social, la igualación de la cultura, el mercantilismo, la guerra por conseguir segmentos de mercado, el terrorismo, la ganadería industrial o la devastación de los suelos sobreexplotados –y ahora tenemos también el SARS-CoV-2. Esta cura forzada de cuarentena va a obligarnos a meditar, como unos monjes en ascesis, sobre el mundo que estamos creando. En unas condiciones dramáticas, tristemente. A pesar de las medidas profilácticas y los progresos de la técnica médica, vamos a perder a seres cercanos. Algunos de entre nosotros no estaremos ya para extraer las consecuencias, que deberían ya ser evidentes. Todo tiene una lógica. El orden natural de las cosas termina por recuperar sus derechos. Y siempre hay un precio que pagar.

Coronavirus: el precio de un mundo sin límites | El Manifiesto

 

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Muy buenos los tres artículos, aunque discrepo un poco con el último en cuanto a que percibo en el autor cierta tendencia a alinearse en esa teoría moderna que presenta al ser humano como una especie más sobre el planeta, protagonista de todo mal, y a la pandemia como mecanismo de defensa de la naturaleza. Últimamente estoy viendo demasiados memes que van en esa línea apocalíptica de la hipótesis Gaia, que por supuesto no comparto, pero por lo demás estoy de acuerdo en que estamos viviendo las consecuencias de haber quebrado gravemente el orden natural y moral.

MI impresión es que estamos tan solo ante la punta del iceberg, y que como consecuencia de esta pandemia, van a producirse muchos cambios sociales, políticos y económicos que, probablemente acaben reordenando el mundo de alguna manera que todavía no alcanzamos a ver. Pero al mismo tiempo, también estoy convencido de que, a pesar de la tribulación, al final acabaremos dándonos cuenta, aunque sea por desgaste, de lo errado de nuestro empeño actual, y con el tiempo aceptaremos el verdaderi orden natural y moral que nos hace más sensatos, justos y verdaderos, quizás también con un renacimiento de la espiritualidad y el sentido de lo trascendente que de nuevo nos oriente hacia la santidad. En realidad debería decir que pienso que estamos ante el inicio del fin del materialismo, aunque el proceso va a ser largo y doloroso.

En referencia al descarnado artículo que has subido de José F. Pelaez, en estos días andaba pensando yo también, en ese no querer saber nada del sufrimiento y la muerte que caracteriza nuestra sociedad, y me daba cuenta de que en estos tiempos,  paradógicamente esa realidad artificiosa está siendo excepcionalmente abrumadora. En los medios oficiales solo se ven noticias relacionadas con cifras y estadísticas, imágenes de políticos haciendo promesas, gente bailando en hospitales, aplausos en balcones o algunas otras formas de exorcizar el miedo, que no están mal pero en definitiva, ocultan la cruda realidad de lo que está sucediendo, que no es otra cosa que el sufrimiento y la muerte que acompañan a la vida y la transforman en algo superior, trascendente.

Se habla mucho de mortandad, es cierto, pero siempre maquillada en terminos estadísticos, "tantos han muerto, tal es la tasa de mortalidad, etc," como si no hubiera una historia humana detrás de cada cifra, o como si el sentido de la vida fuera aplaudir desde un balcón o dominar una curva estadística para esquivar la muerte. No se ven apenas imágenes de las UCIS, cadaveres, cementerios o crematorios. Se oculta en fin toda imagen de muerte y sufrimiento que pueda poner en cuestión muchas cosas que damos por sentadas, como si conocer la realidad fuese una pecado grave contra el sistema. Se habla en cambio de amenazas y soluciones, semejantes a las que han generado la crisis, es decir, más crispación, más deuda o en definitiva más intereses por encima de todo.

Se ha convertido la tragedia y el sufrimiento en una fría estadística, combinada con el dulzor empalogoso de miles de imágenes y frases emocionales, y muchas dosis de amargura contra el prójimo y promesas falsas, que en conjunto son el maná de las urnas y las finanzas. Como si la realidad humana no fuera otra cosa que una de esas obras de arte moderno, reveladoramente caras y transgresoras pero carentes de belleza y significado auténtico. En definitiva una realidad distópica de diseño, carente de la sustancia auténtica que nos hace irrepetibles y sobre la que verdaderamente deberíamos reflexionar.

Se oculta el sufrimiento y la muerte hasta en tiempos de muerte y sufrimiento, porque vivimos en una sociedad anestesiada que no debe pensar en lo que ocurre para que no deje de producir dividendos, plusvalías, votos ni intereses, pero la verdad de la vida es más profunda y tozuda, y conforme nos vayamos adentrando en la nueva realidad que se genere a partir de ahora, cada día será más dificil ocultar todo ese sufrimiento porque lo iremos teniendo cada vez más cerca,  hasta que nos haga cambiar a todos, y quiera Dios que eso ocurra cuanto antes pues de otro modo esto puede llegar a ser extremadamente largo y doloroso.

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Recogía en este hilo artículos que aborden esta crisis del coronavirus y cuestiones existenciales adyacentes desde una perspectiva más bien metafísica. Van otros tres artículos sobre el tema.

El primer artículo es largo y por ello sólo voy a recoger algunas partes. Trata de cómo la mediación de la máquina nos vuelve a todos más agresivos:

Cita

Robocop y la ciberguerra civil

La violencia fratricida digital en el confinamiento obedece a una conocida deriva de nuestro talante: si median la máquina y la máscara, nos convertimos en energúmenos; cuando nos quitan el parapeto, nos amansamos y civilizamos

Robocop y la ciberguerra civil Fotograma de Robocop, de Paul Verhoeven (Universal Pictures)
04/05/2020 01:15 | Actualizado a 04/05/2020 03:11

Hay una guerra civil en ciernes en las redes sociales. La pandemia ha exacerbado una bronca despolitizada, desprovista de contenido político en el sentido estricto, más allá de la culpabilización sanguinaria e infantil del adversario y las consignas partidarias. Su argumento más potente es el sintagma “gobierno asesino”, es decir, la atribución al Ejecutivo de la muerte deliberada de una parte de la población: asesinar, según el diccionario, es “matar con alevosía, ensañamiento o por una recompensa”. Estamos a pocos meses y algunos muertos de oír hablar de “genocidio”. Y hay susto, porque la tradición belicosa de la política española, plasmada en los garrotazos de Goya, la convierte en susceptible de contagiarse por esta contienda digital de certezas castrenses, malos modales y peor ortografía. Hay a quien le vendría bien enviar de nuevo a la inteligencia al corredor de la muerte. Pero conviene ser prudentes al interpretar lo que ocurre en el ágora digital y sosegarse antes de desembocar en un pesimismo tétrico.

En las redes existen varias versiones de un comportamiento animal muy elocuente sobre la naturaleza de nuestros litigios digitales. Dos perros separados por una valla se ladran y enseñan sus colmillos con una virulencia feroz, dispuestos, se diría, a arrancarse la carne si no mediera barrera. Cuando la portilla se abre y ambos se encuentran de frente, sin obstáculos, de súbito se amansan y se dan media vuelta. Incluso, en una versión de la misma dinámica, hay un vídeo en el que la portilla está inadvertidamente abierta y los cánidos se retan con fiereza a través de la cerca hasta que reparan que nada les impide cruzar al otro lado para convertir toda esa violencia potencial en agresión. Y cuando ven el paso expedito para su pendencia, enmudecen y se retiran como si acabaran de recordar que tienen las lentejas en el fuego.

Somos nosotros al volante. Da igual cuánto de sosegado y cabal sea un ciudadano pues conduciendo un vehículo de motor experimentará todos los estadios de la irritación, el desespero y la agresividad. Y si el vehículo al que increpamos se detiene o el azar hace que coincidamos con nuestro adversario en una gasolinera, fuera del vehículo tendemos a actuar como los perros que ladran: somos incapaces de repetir los ademanes y epítetos proferidos confiadamente desde detrás del salpicadero. Es cierto que los hay dispuestos a bajarse del coche y convertir la fogosidad verbal en golpes pero son muy pocos los que darían ese paso, al menos comparativamente con los que estamos prestos a maldecir agarrados al volante en términos que jamás usaríamos de no mediar la máquina.

Por eso como peatones somos infinitamente más amables que como conductores. Si alguien se nos cruza y tropezamos, pedimos perdón aun cuando sea del otro la responsabilidad del contacto. Lo contrario de lo que hacemos si alguien nos obliga a reducir la velocidad al incorporarse a la autovía delante de nosotros.

En ese principio de la deshumanización mecánica descansa el potente terror que inspira El diablo sobre ruedas (1971), de Steven Spielberg, en la que la ausencia de un rostro humano al volante del Peterbilt 281 oxidado era la base sobre la que descansaba la condición demoníaca a la que alude el traductor del título español. Por ser precisos, cuando la película pasó de la televisión al cine hubo que añadir metraje para alcanzar los 90 minutos y se usó para ello un Peterbilt 351 (la diferencia es que el 281 tiene un eje de tracción en la parte trasera de la cabina, y el 351, dos ejes; pueden divertirse buscando qué planos son de uno u otro modelo). Un barbilampiño pero intuitivo Spielberg acertó con la clave que eleva este telefilme soleado a clásico del terror y que no es tanto el montaje, la planificación o la música como la escrupulosidad con la que se escamotea el rostro del agresor, forzando a que antropomorficemos el famosísimo morro del camión fabricado en Oakland, conocido, desde el inicio de su producción, en 1954, como Needlenose (“Nariz de aguja”), por su peculiar frontal alargado y su capó de alas de mariposa. Y convertido aquí en abstracción de un mal puro, el que carece tanto de propósito como de causa, que acomete a un atribulado David Mann (Dennis Weaver), que interpreta a cualquier incauto que entra en Twitter sin conocer la fauna local.

Fotograma de El diablo sobre ruedas, de Steven Spielberg Fotograma de El diablo sobre ruedas, de Steven Spielberg (MGM)

Es una modulación del comportamiento que nos resulta invisible de tan asumida como está, tan paradójica que gritamos a la televisión y decidimos odiar a personajes a los que solo conocemos por el vínculo mediático, gentes con las que, sin embargo, en carne y hueso podríamos muy bien compartir mesa y mantel sin mayor inconveniente. A menudo, cedemos el paso en la cola del súper o nos interesamos por las dificultades de quien va demasiado cargado de bolsas o se ha perdido. Sin la mediación de la máquina, sin pantalla, somos ciudadanos. Si el artefacto nos separa, podemos comportarnos como auténticos camorristas, pero si lo eliminamos de la ecuación bajamos la voz y sonreímos: salimos a aplaudir al balcón y saludamos a los vecinos de enfrente, al margen de cuál fuera la bandera que tuvieran colgada en el balcón hace dos años, cuando los territorialistas de distintos contornos se encendieron unos contra otros.

Nuestra evolución biológica tiene mucho que decir respecto a por qué nos amansamos cara a cara y nos enajenamos desde detrás del parapeto de la careta o de la máquina, y eso explica que veamos simpáticamente repetida esa conducta tan boba en otros mamíferos superiores de inteligencia destacada, como son los perros. El psicoanálisis, con sus añagazas de pesimismo moral, acostumbra a señalar que hay algo de la expresión de un “verdadero yo” en esas actitudes enmascaradas –seguramente algo relacionado con una pulsión oral u anal reprimida–, lo peor de nosotros siempre ha de ser lo auténtico, pero hoy es conocido que unos aspectos de nuestro comportamiento no son más ni menos genuinos ni verdaderos que otros. Todos somos muchas cosas a la vez –“todos somos los demás y además, nosotros mismos”, advierte el escritor David Remartínez– y hay pocas evidencias de que unos catálogos de nuestro desempeño gocen de una mayor verdad o elocuencia que otros a la hora de dilucidar quiénes somos.

A renglón seguido el artículo se extiende sobre el mundo de los videojuegos, cuya violencia sostiene que no se traslada a la vida real. Así que la conclusión del artículo es optimista.

Cita

Pero el sentido común apunta que la violencia digital que observamos estas semanas se acomodará más bien a nuestra querida metáfora de los perros furiosos. En parte también porque buena parte de esos feroces torquemadas que pululan por las redes ni siquiera existen. Son los PNJ de las redes, figurantes puestos ahí para provocar nuestras reacciones menos ejemplares, como los robots de Westworld. Con lo cual, por otro lado, ejercer violencia verbal contra ellos es tan inocuo como disparar a los paseantes de San Andreas, pero también tan improductivo, salvo como desahogo en una partida al solitario.

El artículo completo es de lo más interesante, pero no coincido con esa conclusión optimista de que la violencia mediada por la máquina no se trasladará al mundo real. Tal vez porque soy un pesimista, o sea, un optimista informado :) Pero conviene recordar que todos llevamos en el bolsillo una máquina que hace de intermediario con la realidad, el famoso smartphone, con lo que va a ser difícil escapar de esas turbulencias generadas por la máquina.

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El segundo artículo de esta tanda es una especie de resumen que hace un bloguero de los paralelismos del coronavirus con el relato que hace Manzoni de la peste en la siglo XVII.

Las similitudes en algunos aspectos son sorprendentes. Pongo el artículo completo, aunque aconsejo no prestarle mucha atención a la parte de "diferencias", en la que el autor muestra un gran desconocimiento de lo que está haciendo la Iglesia actualmente en este tema  y sólo quiere saciar su particular vendetta contra ella.

Cita

I promessi sposi

No había leído la obra de Manzoni. Por su título - Los novios- imaginaba una novela de desencuentros amorosos y lágrimas nupciales. Pero aprovechando el encierro, me decidí a leerla y admito que tiene muy bien ganado el galardón de clásico de la literatura italiana. Las desventuras amorosas de Renzo y Lucía son apenas una tenue excusa para retratar la sociedad italiana del siglo XVII. 
 
Manzoni dedica varios capítulos hacia el final del voluminoso libro, a describir la peste de Milán de 1630. Se trató nuevamente de la peste bubónica que llegó a la ciudad portada por soldados alemanes que se dirigían a tomar la ciudad de Mantua. Duró dos años: de 1629 a 1631, y murió casi la mitad de la población de Milán. En otras ciudades lombardas y del Véneto, las cifras fueron similares o aún mayores. Esas sí que eran pestes.
 
Comparando con la situación actual, encuentro una serie de similitudes y diferencias.
 
Similitud: No fue fácil a los milaneses admitir que tenían nuevamente la peste. La anterior, la de San Carlos Borromeo (y de la que hablamos aquí), ya se había borrado de sus memorias. Primero la negaron, luego dijeron que era solamente una gripe un poco más fuerte que las habituales, y cuando se decidieron a cerrar la ciudad, ya era tarde.
 
Similitud: Se impuso una cuarentena muy estricta. Nadie podía salir de sus casas. Los únicos que recorrían la ciudad eran los encargados de llevar los cadáveres a la fosa común, y los enfermos al lazareto.
 
Similitud: Hasta el fin mismo de la peste existió un grupo de conspiranoicos que, sin poder negar lo evidente, le adjudicaban una causa tortuosa. En ese caso los culpables no fueron Bill Gates o el doctor Fauci. Eran los “untadores”. Se afirmaba que la peste había sido esparcida en el milanesado por los enemigos de ese ducado, que “untaban” las casas con una sustancia venenosa, o arrojaban polvos emponzoñados a los transeúntes.
 
Similitud: Las “libertades personales” estaban más limitadas aún que las actuales. No solamente no se podía circular por la ciudad, sino que para aventurarse fuera de ella, o para entrar a cualquier otro pueblo, debía portarse, en ausencia de un chip, el “certificado de sanidad”, que atestiguaba que el portador estaba sanado o inmune por haber contraído el virus y haberse curado. 
 
Similitud: El culto público estuvo suspendido durante meses, casi los dos años que duró la peste. Más aún, cuando la ciudad comenzó a darse cuenta de la gravedad de la situación, no tuvieron mejor idea que organizar una gran procesión rogando la finalización de la peste. Como una especie de 8M madrileño, la romería provocó que los días siguientes las muertes y contagios aumentaran exponencialmente.
 
Similitud: El sistema sanitario estuvo saturado durante meses. Los enfermos eran conducidos quisieran o no, al lazzaretto, un gran hospital construido en las afueras de la ciudad y que se fue agrandando con cabañas y barracas. Llegó a albergar a diecisiete mil enfermos. Los familiares sabían que cuando alguien iba allí, lo más probable era que nunca más lo vieran: nadie podía ingresar a visitarlos, y los muertos eran conducidos en carros a fosas comunes, donde se perdía su registro.
 
Diferencia: El cardenal arzobispo de Milán era Federico Borromeo, primo de San Carlos. El presidente de la Conferencia Episcopal Argentina es Mons. Oscar Ojea. La diferencia es cósmica. Así como el primero se preocupó, tal como lo había hecho su tío, que todas las almas que le habían sido confiadas recibieran los auxilios espirituales, el segundo, nuestro Ojea Quintana, se preocupa que “todos los argentinos puedan lavarse las manos”.
 
Diferencia: Una de las primeras decisiones que tomó el cardenal Borromeo fue formar una especie de “cuerpo sacerdotal de elite”, destinado a atender a los enfermos. La gran mayoría de ellos fueron capuchinos, que estuvieron a cargo de la gestión del lazareto. En nuestros días, los capuchinos se enorgullecen del P. Puigjané y de haber tenido varios años entre sus filas a quien luego sería Mons. Zanchetta, no conocido por sus desvelos en favor de los desahuciados, sino por sus acosos a jovenes seminaristas salteños.
 
Diferencia: El cardenal arzobispo dispuso que los sacerdotes que quisieran, visitaran las casas y, desde la puerta, confesaran y dieran de comulgar a los fieles. Mons. Ojea y buena parte de los obispos argentinos, prohibieron a sus sacerdotes administrar los sacramentos, aún cuando se respetaran todos los protocolos de seguridad y se tuviera el permiso de las autoridades civiles.
 
Similitud: Uno de los protagonistas de la novela es don Abbondio, el cura del pueblecito donde vivían Renzo y Lucía. Cómodo, cobarde y melindroso, cuando llegó la peste solamente pensó en no enfermar, despreocupándose de su rebaño. Lo mismo que hoy ha hecho buena parte de los sacerdotes que conocemos.
 
¿Similitud?: Relata Manzoni que la peste terminó abruptamente. Luego de un fuerte aguacero que duró varios días, los contagios comenzaron a disminuir, los nuevos enfermos presentaban síntomas leves y se curaban rápidamente, y pronto el virus bubónico desapareció. Quiera Dios que también sea el caso del Coronavirus. Eso es al menos lo que se está observando en el sistema de salud italiano.
 
 

Estoy también con algún libro que trata este tema de las pestes y la verdad es que muchos comportamientos son de un parecido sorprendente. Igual me animo a traer algún párrafo.

Pero quisiera preguntar a los foreros:

Aunque biológicamente no sean lo mismo ni produzcan la misma proporción de muertes, ¿el impacto sobre la sociedad, sobre nuestras mentes y sobre nuestras vidas de la peste y del coronavirus os parecen similares? ¿Veis algún paralelismo entre la peste y el coronavirus o consideráis que estos fenómenos no guardan relación ?

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El tercer y último artículo de esta tanda que he seleccionado para el foro aborda un aspecto derivado de esta crisis: el confinamiento, que por lo general no soportamos muy bien ninguno de nosotros, aunque algunos lo soportan especialmente mal. El artículo tiene un tonillo que no me agrada del todo y desaconsejo por completo el blog donde lo he encontrado, pero me parece que acierta bastante en el análisis de este fenómeno, que seguramente se nos pueda aplicar a todos como hombres modernos que somos.

Cita

¿Por qué al hombre moderno le es tan incómodo el confinamiento?

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Tras la ya declarada oficialmente pandemia del COVID-19, muchos gobiernos están adoptando medidas de confinamiento forzoso para evitar la expansión del virus. No obstante, aparte de la mortalidad y las cifras de infectados, las "políticas de contención" están teniendo un efecto colateral no esperado que aunque haya pasado desapercibido para los Mass Media, resulta muy interesante analizarlo.

La insoportabilidad de la modernidad sin alienaciones

 
Suspendidos actos deportivos, y separado el hombre moderno de poder ostentar de logros materiales pasajeros, el confinamiento se convierte en un ejercicio súmamente complicado de supervivencia para el hombre moderno, en primer lugar porque ha de asumir la levedad de su existencia, su fugacidad en este mundo y como el dinero queda relegado a un segundo plano, hecho que es en sí para una persona que ha rendido culto al oro como "modus vivendi" un trauma.

El síndrome del esclavo del trabajo y la obsesión por el hedonismo

 
Cuando el hombre moderno se enfrenta a una situación pseudo-eremítica comienza a hacer aguas, ya que uno de los peores enemigos del hombre moderno es este mismo, su vacío interior que antes se ocupaba con ostentosos logros en redes sociales y alardes de logros laborales y viajes se ve truncado y se debe de enfrentar a su propio vacío que permaneció cubierto parcialmente por todo tipo de alienaciones, no es de extrañar que en muchos casos el hombre moderno experimente neurosis y hasta eche de menos volver a su "rutina laboral" de la cual en una situación normal se quejaría y ansiaría las vacaciones.

Otra de las flaquezas del hombre moderno, actualmente es su hedonismo endémico, y es que el deporte que fue antaño un ejercicio noble y con un profundo sentido espiritual, actualmente se ha mercantilizado o convertido directamente en ostentación de hedonismo como consecuencia de la pansexualización masiva del globalismo. El shock pues puede ser traumático por eso vemos a "runners" en situaciones ridículas, intentando correr "clandestinamente" con el fin de seguir saciando su ego. Ya que el sentido de su existencia espiritual es nulo y lo han sustituido por un culto al cuerpo del que han hecho centro de su reputación social. Esta reputación necesita la aprobación constante a modo de limosna.

En definitiva, el hombre moderno occidental ha dado muestras que es un "gigante con pies de barro" en el caso de España han bastado 20 días de confinamiento y con internet y aún sin racionamiento se ven síntomas de personas profundamente desquiciadas, las cuales no tienen inquietud por aprovechar el tiempo aprendiendo y que al menos en algunos casos han experimentado shocks, y es que el peor enemigo del hombre moderno es, él mismo, solo si este se reencuentra con su espiritualidad descubrirá la futilidad de las cosas materiales y por consiguiente podrá valorar la trascendencia espiritual de su existencia, mientras que eso no pase, solo podremos apreciar a un hombre desnudo ante un espejo que se ruboriza e intenta engañar a imagen y semejanza del cuento del "Emperador desnudo"

Lo curioso de este estado de cosas, es que no hemos ni llegado al límite real de lo que puede ser un confinamiento real y calificándolo real refiriéndome con ello al confinamiento en toda su crudeza,sin internet con cortes de agua y luz y sin televisión alienante. Sin embargo las antaño "patas del gigante" son tan frágiles que aún con unas "privaciones" no esenciales, la moral colectiva cae estrepitósamente, ya que el hombre moderno se encuentra en una situación similar a la del famoso "Síndrome de Estocolmo" por lo tanto siente un insano amor a todo aquello que daña su esencia espiritual y hasta una adicción.

Concluyendo este texto, no hay que olvidar que lejos de ser una situación desesperada, el hombre desde tiempos de la edad media ya se enfrentó a asedios prolongados y cercos que duraban meses y años, lejos de venirse abajo o abatirse la moral muchas veces sus fortalezas espirituales reforzaban su capacidad de resistencia, desgraciadamente vemos como en el caso de España 20 días de confinamiento han bastado para dejar al desnudo todas las flaquezas inseguridades e hipocresías del hombre moderno y por consiguiente en desmentir su supuesta fortaleza, la cual solo se manifiesta en guerras lejanas que salen por la televisión con soldados pagados con sus impuestos a modo de mercenarios y como meros espectadores pasivos de un "espectáculo" a modo de producción de Hollywood.

Guillermo Fernández González

 

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hace 10 horas, Hispanorromano dijo:

El tercer y último artículo de esta tanda que he seleccionado para el foro aborda un aspecto derivado de esta crisis: el confinamiento, que por lo general no soportamos muy bien ninguno de nosotros, aunque algunos lo soportan especialmente mal. El artículo tiene un tonillo que no me agrada del todo y desaconsejo por completo el blog donde lo he encontrado, pero me parece que acierta bastante en el análisis de este fenómeno, que seguramente se nos pueda aplicar a todos como hombres modernos que somos.

 

Es cierto que ha habido gente montando unos dramones exageradísimos como si estuviésemos en el asedio de Jerusalén, pero no creo que hayan sido la mayoría. 

La mayoría de la gente está preocupada por la economía, pero eso es lógico y no tiene nada que ver con la cuarentena en sí, sino con sus consecuencias futuras.

Lo que pasa es que en España hay mucha cultura de salir a hacer cosas fuera, y al no estar acostumbrada la gente a estar en su casa al principio les costó adaptarse, pero luego lo han ido haciendo en su mayoría por lo que he podido ver.

Yo particularmente no he tenido ningún problema, quizás por la forma de tomarme las cosas, no he podido quedar con nadie pero bueno para eso está WhatsApp y Skype, lo peor ha sido no poder ir a preparar las oposiciones, pero bueno, se estudia en casa como buenamente se pueda y se hacen flexiones, abdominales, sentadillas y dominadas, obviamente no es lo mismo pero algo se puede hacer. Luego una partida al Fortnite para descansar y a seguir estudiando, y en los descansos me meto a foros como este, y ya está.

El problema viene por la gente que tenga un familiar enfermo o lo esté él mismo, las pérdidas de trabajo, los ertes, la gente que no sabe si va a cobrar, los autónomos, las empresas que puedan quebrar, los que estamos preparando oposiciones, etcétera,la economía en definitiva, y es completamente normal que la gente esté preocupada por eso.

Edited by Isaac Peral

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yo he visto tres grandes tendencias, dos desquiciadas y una tercera que creo que es la positiva.

las dos desquiciadas se han dado en quienes han sido muy afectados por el encierro aunque en sentido diferente o contrario, unos han visto en los demás a potencial fuente de peligro de contagio, invasores, irresponsables, etc, y se han puesto en modo vigilante delator-persecutor, otros se consideran víctimas del Estado que quiere coartar su libertad, destruir la economía etc,  y ven a los del primer grupo como sus cómplices.

un tercer grupo, simplemente ha aceptado la situación resignadamente, ha levantado el pie del acelerador, ha buscado cómo acercarse más a los suyos, reflexionar, buscar mejorar y mejorarse, replantearse cosas.

hay zonas intermedias pero eso serían los tres principales polos

yo no se lo que depara el futuro pero creo que -obviando esas vairables- salgo con incluso un refuerzo con la familia -aunque a base de telefono y whattsapp-  con un mejor estado de salud por mejor alimentación, etc, y con un refuerzo en la parte profesional donde he hecho autoformación en un tema estratégico.

ahora bien, es innegable que he percibido en mi entorno gente a la que la situación le ha superado totalmente, especialmente la gente que se ha angustiado más de la cuenta (una vecina por ejemplo ha sufrido un infarto, en mi opinión por dicha ansiedad) y ha mostrado gran fragilidad en gente a la que tenía por más sólida... cada vez tengo más claro que el factor miedo dinamita cualquier posibilidad de puente entre personas.

el miedo lleva inmediatamente a identificar culpables/enemigos y lo siguiente es atacarlos, situaciones así permiten "entender" sucesos de la historia que en condiciones de paz parecen inimaginables.

si luego tuviera que extraer una enseñanza a nivel de estadismo político, me quedaría con la primera gran aparición pública de la canciller alemana soltando a tiempo, crudamente pero sin dramatizar, sus pronósiticos y prevenciones a toda la nación en marzo, además todo ello después de importantes medidas previas para no aparecer de forma tan dura en público sin un plan.

(cuando todo se tranquilice un poco miraré a ver si hes posible detectar si he pasado el virus, lo cual no descarto)

 

 

 

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    • https://www.mundorepubliqueto.com/2020/05/01/no-todo-lo-que-brilla-es-oro/

      Una vez más, por aprecio a estos amigos dejo solo el enlace para enviar las visitas a la fuente.

      Solo comento la foto que ponen de un congreso internacional identitari que hubo un México. Ahí se plasma el cáncer que han supuesto y parece que aún sigue suponiendo aquella enfermedad llamada CEDADE. En dicha foto veo al ex-cabecilla de CEDADE, Pedro Varela -uno de esos nazis que se dicen católicos- junto a Salvador Borrego -que si bien no era nazi, de hecho es un mestizo que además se declara hispanista y favorable a la mezcla racial propiciada por la Monarquía Católica,  sí que simpatizó con ellos por una cuestión que quizá un día podamos comentar- uno de los "revisionistas" más importante en lengua española, así como el también mexicano Alberto Villasana, un escritor, analista, publicista, "vaticanista" con gran predicamento entre los católicos mexicanos, abonado totalmente a la errática acusación contra el papa Francisco... posando junto a tipos como David Duke, ex-dirigente del Ku Kux Klan, algo que lo dice todo.

      Si mis rudimentarias habilidades en fisonomía no me fallan, en el grupo hay otro español, supongo que también procedente del mundillo neonazi de CEDADE.

      Imaginemos la corrupción de la idea de Hispanidad que supone semejante injerto, semejante híbrido contra natura.

      Nuestra querido México tiene la más potente dosis de veneno contra la hispanidad, inyectado en sus venas precisamente por ser un país clave en ella. Es el que otrora fuera más próspero,  el más poblado, también fue y en buena parte sigue siendo muy católico, esta en la línea de choque con el mundo anglo y... los enemigos de nuestra Hispanidad no pueden permitir una reconciliación de ese país consigo mismo ni con la misma España, puente clave en la necesaria Reconquista o reconstrucción. Si por un lado está infectado por el identitarismo amerindio -el indigenismo- por el otro la reacción está siendo narcotizada por un identitarismo falsohispanista, falsotradicionalista o como queramos verlo, en el cual CEDADE juega, como vemos, un factor relevante.

      Sin más, dejo ahí otra vez más mi sincera felicitación al autor de ese escrito. Enhorabuena por su clarividencia y fineza, desde luego hace falta tener personalidad para ser capaz de sustraerse a esa falsa polarización con que se está tratando de aniquilar el hispanismo.

       





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    • La libertad sexual conduce al colapso de la cultura en tres generaciones (J. D. Unwin)
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    • Traigo de la hemeroteca un curioso artículo de José Fraga Iribarne publicado en la revista Alférez el 30 de abril de 1947. Temas que aborda: la desastrosa natalidad en Francia; la ya muy tocada natalidad española, especialmente en Cataluña y País Vasco; las causas espirituales de este problema, etc.

      Si rebuscáis en las hemerotecas, hay muchos artículos de parecido tenor, incluso mucho más explícitos y en fechas muy anteriores (finales del s. XIX - principios del s. XX). He traído este porque es breve y no hay que hacer el trabajo de escanear y reconocer los caracteres, que siempre da errores y resulta bastante trabajoso, pues ese trabajo ya lo ha hecho la Fundación Gustavo Bueno.

      Señalo algunos hechos que llaman la atención:

      1) En 1947 la natalidad de Francia ya estaba por los suelos. Ni Plan Kalergi, ni Mayo del 68, ni conspiraciones varias.

      2) Pero España, en 1947 y en pleno auge del catolicismo de posguerra, tampoco estaba muy bien. En particular, estaban francamente mal regiones ricas como el País Vasco y Cataluña. ¿Será casualidad que estas regiones sean hoy en día las que más inmigración reciben?

      3) El autor denuncia que ya en aquel entonces los españoles estaban entregados a una visión hedonística de la existencia, que habían perdido la vocación de servicio y que se habían olvidado de los fines trascendentes. No es, por tanto, una cosa que venga del Régimen del 78 o de la llegada al poder de Zapatero. Las raíces son mucho más profundas.

      4) Señala que el origen de este problema es ético y religioso: se ha perdido la idea de que el matrimonio tiene por fin criar hijos para el Cielo. Pero también se ha perdido la idea del límite: las personas cada vez tienen más necesidades y, a pesar de que las van cubriendo, nunca están satisfechas con su nivel de vida.

      Este artículo antiguo ilumina muchas cuestiones del presente. Y nos ayuda a encontrarle solución a estos problemas que hoy nos golpean todavía con mayor fuerza. Creo que puede ser de gran provecho rescatar estos artículos.
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    • En torno a la posibilidad de que se estén usando las redes sociales artificialmente para encrespar los ánimos, recojo algunas informaciones que no sé sin son importantes o son pequeñas trastadas.

      Recientemente en Madrid se convocó una contramanifestación que acabó con todos los asistentes filiados por la policía. Militantes o simpatizantes de ADÑ denuncian que la convocó inicialmente una asociación fantasma que no había pedido permiso y cuyo fin último podría ser provocar:

      Cabe preguntarles por qué acudieron a una convocatoria fantasma que no tenía permiso. ¿Os dais cuenta de lo fácil que es crear incidentes con un par de mensajes en las redes sociales?

      Un periodista denuncia que se ha puesto en marcha una campaña titulada "Tsunami Español" que pretende implicar a militares españoles y que tiene toda la pinta de ser un bulo de los separatistas o de alguna entidad interesada en fomentar la discordia:

      El militar rojo que tiene columna en RT es uno de los que difunde la intoxicación:

      Si pincháis en el trending topic veréis que mucha gente de derechas ha caído en el engaño.

      Como decía, desconozco la importancia que puedan tener estas intoxicaciones. Pero sí me parece claro que con las redes sociales sale muy barato intoxicar y hasta promover enfrentamientos físicos con unos cuantos mensajes bien dirigidos. En EEUU ya se puso en práctica lo de citar a dos grupos contrarios en el mismo punto para que se produjesen enfrentamientos, que finalmente ocurrieron.
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    • Una teoría sobre las conspiraciones
      ¿A qué se debe el pensamiento conspiracionista que tiene últimamente tanto auge en internet? Este artículo baraja dos causas: la necesidad de tener el control y el afán de distinguirse de la masa.
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