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España y la independencia de los EE.UU.

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Recojo un interesante artículo que publica ABC, acerca de la ayuda prestada por España a la independencia de los EEUU, y los posibles motivos por los que aquella nación no reconoce hoy aquella ayuda. La tesis del autor es quizás el exceso de prudencia por parte de la Corona española aunque, en todo caso, no viene mal tener a mano estos relatos de la historia, pues documentan bastante bien el origen de un conflicto que con el paso de los siglos llevaría en gran medida a España y a las naciones hispanas, a la situación en la que hoy se encuentran. O al menos esa es la idea que yo tengo. ¿Qué os parece a vosotros?

Cita

Las razones por las que EE.UU. borró de su historia la contribución decisiva de España a su independencia

Carlos III y sus ministros sabían, y no se equivocaban, que insuflar vida a una república de esa entidad y con ADN anglosajón era una mala inversión de cara al futuro para el imperio americano

César CerveraCésar Cervera

Actualizado:

El mito fundacional de EE.UU, que conmemora cada 4 de julio su independencia, reserva un papel protagonista a la ayuda militar que recibieron los rebeldes de Francia e incluso de países con un papel menor como Holanda. Se omite o minimiza, casi siempre, el papel de España, concretamente la campaña de Bernardo de Gálvez en la Florida, para que las Trece Colonias lograran su anhelado deseo. La Leyenda Negra, la preeminencia anglosajona en EE.UU. y la propaganda antiespañola en la Guerra de Cuba tienen buena parte de culpa de este descuido historiográfico, pero, sobre todo, está relacionado con la prudencia (por usar un eufemismo) mostrada por España al reconocer la nueva nación que surgió de la Guerra de Independencia.

Carlos III y sus ministros sabían, y no se equivocaban, que insuflar vida a una república de esa entidad y con ADN anglosajón era una mala inversión de cara al futuro. Especialmente cuando aquella entidad política iba a compartir cientos de kilómetros de frontera con Nueva España. Claro que, entre la prudencia y la tentación de descabezar al Imperio británico, al final el Rey se decantó por lo segundo. Tras el fracaso de la alianza franco-española en la Guerra de los Siete años, el nuevo hombre fuerte de la diplomacia hispánica, el Conde de Floridablanca, abogó por una estratégia más pacifista, una mayor independencia respecto a Francia e incluso un acercamiento a Inglaterra. Solo los nuevos acontecimiento internacionales provocaron un volantazo en la política española.

Un país explotado por la metrópolis

En 1776, las Trece Colonias cruzaron la última línea en su desafío a Inglaterra, que resultaban un obstáculo visible a nivel económico y demográfico para unas colonias cada vez más pujantes gracias a sus plantaciones de algodón del sur y a las incipientes industrias textiles del norte. Lejos de la imagen de los ingleses como abanderados del libre comercio, lo cierto es que solo defendían esta libertad cuando se trataba de los territorios del resto. Gran Bretaña ejercía sobre sus territorios ultramarinos un férreo control comercial, de modo que en 1699 prohibió la producción de textiles y, en 1750, la de metales en Norteamérica. Como señala Elvira Roca Barea en «Imperiofobia y Leyenda Negra» (Siruela), únicamente los navíos ingleses (ni escoceses ni irlandeses) podían atracar en los puertos americanos.

Litografía de 1846 sque representa la imagen clásica del motín del té en Boston
Litografía de 1846 sque representa la imagen clásica del motín del té en Boston

 

Para garantizar este control, la llamada Ley de los Cuarteles determinó que en las colonias inglesas hubiera un ejército permanente de 100.000 hombres pagado por los colonos, en contraste con los 50.000 que tenía España para defender un territorio veinte veces más grande y mucho más poblado. De forma previsible, la asfixia económica de un territorio que habían creado en origen un grupo de «puritanos» (baptistas, congregacionistas, cuáqueros, menonitas, luteranos…), que huyeron de la persecución religiosa en Inglaterra a principios del siglo XVII, derivó en aires de rebelión gracias a las ideas ilustradas que danzaban por ambos lados del charco.

La escenificación de la ruptura fue arrojar las cajas de té de la Compañía de las Indias Orientales al mar, muestra de que los colonos se negaban a seguir pagando tantos impuestos y a ser una mera colonia comercial. A la represión británica, los colonos respondieron convocando el Congreso de Filadelfia, que sentó las bases para el futuro estado independiente y para crear un ejército que George Washington dirigió contra las tropas enviadas por Londres. En junio de 1776, Virginia tomó la iniciativa y, un mes después, el Congreso declaró la independencia de las colonias. Thomas Jefferson redactó una Constitución con clara vocación ilustrada. Así nacieron los Estados Unidos de América, al menos en el plano de la teoría. Faltaba confirmarlo en los campos de batalla.

Floridablanca se negó a reunirse personalmente con el enviado norteamericano, Arthur Lee, pues temía que ello significaría un reconocimiento oficial de la independencia de estas colonias.

Los franceses, que acababan de perder sus colonias a manos inglesas, no dudaron en apoyar a los rebeldes, a pesar de que aquel hermanamiento abrió un peligroso flujo revolucionario en el país de cuna de los Borbones. Los españoles, en cambio, se dividieron entre los partidarios de debilitar a Inglaterra y los que preferían no sentar malos precedentes en este continente. John Jay, primer presidente de la Corte Suprema de los Estados Unidos, contactó con Madrid, mientras el Conde de Aranda abría conversaciones en París y el comerciante Juan Miralles hacía lo propio en La Habana. Grimaldi, primero, y luego Floridablanca adoptaron una posición precavida ante esta petición de ayuda que, sin embargo, tornó en 1777 a un compromiso en firme, pero secreto, para intervenir en varios frentes.

Floridablanca se negó a reunirse personalmente con el enviado norteamericano, Arthur Lee, pues temía que ello significaría un reconocimiento oficial de la independencia de estas colonias. La discreción y la ambigüedad de los españoles enmascaraban las dudas que seguía habiendo en la corte sobre cuánto debían mancharse las manos en una causa así.

La entrada de Gálvez en la guerra

Incluso tras la importante victoria rebelde de Saratoga, Floridablanca siguió abogando por una mediación entre Londres y los rebeldes. Pesaba en su desconfianza hacia el conflicto el miedo a un contagio a Hispanoamérica, así como la creencia de que una rebelión de esas características alteraba «los sagrados derechos de todos los soberanos en sus respectivos territorios».

El fracaso de la mediación ofertada empujó al ministro de Carlos III a entrar, sin otra opción, con todo en el conflicto. El 12 de abril de 1779, Carlos suscribió en secreto la Convención de Aranjuez e inició las operaciones militares con Inglaterra. El centro de la ofensiva española estuvo en el Golfo de México. En 1779, el gobernador español de Luisiana, Bernardo de Gálvez, realizó varias incursiones por la orilla izquierda del río Misisipi destruyendo las fortificaciones británicas que controlaban la desembocadura, conectando con los colonos y estableciendo, a la española, pactos con los indios de la zona.

Granaderos españoles y el batallón de La Habana entran en Fort George
Granaderos españoles y el batallón de La Habana entran en Fort George

Gálvez aportó su vasta experiencia en la zona, grandes recursos materiales y 7.000 hombres (fuerza reseñable si se tiene en cuenta que no fue un conflicto con ejércitos de envergadura), de los cuales 1.500 eran indígenas, la mayor parte semínolas hispanizados, y todos bien adiestrados. En paralelo al avance por el Misisipi, el general Cagigal tomó en un rápido golpe de mano la Isla de Nueva Providencia, un enclave fundamental para los ingleses en las Bahamas.

En 1781, el propio Gálvez puso sitio a la plaza de Pensacola y recuperó el dominio completo de La Florida. Esta acción, a su vez, sirvió de distracción para los ingleses cuando se produjo la decisiva batalla de Yorktown, lo que supuso el fin militar de la Guerra de Independencia en América.

La impresionante campaña de Don Bernardo de Gálvez en Florida situó al Imperio español en una posición ventajosa que Aranda se encargó de certificar vía diplomática

La guerra también estuvo presente en el Viejo Continente, con el enésimo intento por revertir lo acordado en el Tratado Utrecht medio siglo antes y con una intentona franco-española de desembarcar en la Isla de Wight. Al final, Gibraltar siguió en manos británicas y la nueva «Armada Invencible» fracasó, pero, por lo demás, la guerra que dio lugar a la Independencia de las Trece Colonias concluyó en el resto de frentes con un éxito sin igual para Carlos III.

La impresionante campaña de Don Bernardo de Gálvez en Florida situó al Imperio español en una posición ventajosa que Aranda se encargó de certificar vía diplomática. Por lo firmado en septiembre de 1783, España recuperó Menorca, conquistada previamente en un rápido golpe de mano, la costa de América Central y Florida.

Dos imperios para un solo continente

España alcanzó con esta victoria su máxima expresión territorial y sirvió a Carlos III para desquitarse por lo ocurrido en la Guerra de los Siete años. Sin embargo, como relata el historiador Roberto Fernández en su libro «Carlos III: Un monarca reformista» (Espasa, 2016), las tres consecuencias negativas del conflicto, la letra pequeña, es que el país quedó con las arcas públicas vacías, la revolución resultó un espejo en el que mirarse las minorías criollas en el futuro y, ante todo, contribuyó al nacimiento de una nación peligrosa para los intereses del Imperio español.

Retrato de Bernardo de Gálvez
Retrato de Bernardo de Gálvez

Con la independencia se pudieron desarrollar plenamente las Trece Colonias, de manera que, si en 1775 tenían 2,5 millones de habitantes, en 1817 habían pasado a 8,5 millones. La expansión hacia el oeste y el sur, controlados por España, resultó más pronto que tarde una parada obligada para EE.UU.

Tras la firma de la Paz de Versalles, España aún tardaría mucho en reconocer la nueva soberanía de los EE.UU, cuyo nacimiento tanto había alimentado. En el futuro inmediato, los enfrentados intereses comerciales y territoriales de ambos países impidieron una buena vecindad entre EE.UU. y España. La libre circulación por el Misisipi y la salida de los estadounidenses al golfo de México y al Caribe fueron los principales motivos de choque, pues los barcos de la nación de George Washington aspiraban a lucrarse mediante el contrabando en estos mares. Las relaciones no se normalizaron algo hasta el reinado de Carlos IV, mediante el Tratado de San Lorenzo de 1795.

El afán expansionista de EE.UU. y su vocación republicana eran incompatibles con la existencia de un gigantesco imperio europeo y monárquico enclavado en aquel continente. Así quedó claro, en 1848, cuando tras una guerra desigual entre México y EE.UU. el primero tuvo que ceder la mitad de su territorio, esto es, la mitad de Nueva España, al segundo por medio del Tratado de Guadalupe Hidalgo. Como bien avisó la Doctrina Monroe: «América para los americanos». Pero, más bien, para los americanos más blancos y más al norte.

 


No te preguntes si lo que haces es pecado, pregúntate si al hacerlo estás amando.

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Un tema que no se nombra mucho es que la entrada de España globalizó el conflicto. Las mayores batallas en la Guerra de la Independencia de los EEUU se dieron fuera de sus fronteras, por ejemplo en Centroamérica (la expedición a San Juan en Nicaragua, el mayor desastre en número de hombres del ejército británico en toda la guerra, comparable a la defensa de Cartagena décadas antes), la captura del doble convoy inglés en medio de la inmensidad del Océano Atlántico, un golpe terrible que hundió sus finanzas o el larguísimo asedio de Gibraltar (esta fue una derrota francoespañola finalmente).

En todos estos sitios la Corona Británica estuvo obligada a desviar recursos.

Visto con perspectiva, se puede decir que los EEUU acabaron siendo una mayor amenaza para España que el Imperio británico sin ninguna duda, y que la intervención fue un fallo. Gran Bretaña nos quitó Jamaica, Gibraltar, Menorca, Malvinas, Belice o Guyana, apoyó a los libertadores y nos fracturó con las independencias hispanoamericanas, pero si hablamos de cómputos materiales puros y duros, no entró hasta en la cocina en México ni nos robó 7 millones de kilómetros cuadrados en Norteamérica (todos los territorios al Oeste del Misisipí) o la presencia entera en Asia (Filipinas) como sí ha sido el caso de EEUU. Gran Bretaña fue rival para la España peninsular, pero EEUU ha sido la némesis de la España americana. EEUU ha usurpado y agotado el papel histórico que estaba destinado a cumplir la España americana, como verdadero eje entre dos Océanos y centro de Continentes.

Realmente más que la intervención, que fue impecable, lo que ocurrió es que la diplomacia británica se alió rapidísimamente con los recién independizados EEUU (entregándoles en negociación secreta y a espaldas de Francia y España todo el territorio entre los Apalaches y el Misisipí, territorio que la misma Gran Bretaña había reservado a los indios para que sus Colonias no crecieran y se le rebelaran), y en el mismísimo año 1783 ya contaba con ellos como una nación amiga contra España. Ocurrió que el Imperio británico en vez de dividirse, multiplicó sus cabezas por dos, como si de una Hidra se tratara. Tuvimos que esperar hasta 1950 para deshacernos de uno, dos Guerras Mundiales mediante, y a saber cuánto tendremos que esperar para deshacernos del otro.


Esta publicación ha sido promocionada como contenido independiente

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      Soy uno de esos que en su día cayeron en la moda de meter en el mismo saco a todos los funcionarios y hacerlos deudores de los más diversos agravios.

      Pero he ido modificando mi opinión y llegado a la conclusión de que  gran parte de lo decente en nuestro país ha entrado bajo ese manto y, en buena parte, está dormitando por desmotivación pero que seguro podrían ser, de forma relativamente sencilla, reactivados y recuperados para el bien de España.

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    • Post in Observatorio contra la Hispanofobia y la Leyenda Negra
      Ataque hispanófobo esta vez desde México.

      López Obrador olvida la fundación hispánica del país y vuelve a caer en el indigenismo más ramplón que lleva arrasando el país desde hace ya un par de siglos.¿Quiere volver a sacar a la extracción de corazones a lo azteca, a miles y en vivo?

      El presidente cae definitivamente como opción hispánica.

      Hay que decir que muchísimos mexicanos se están manifestando en las redes sociales en contra de esta estupidez. Aguanta, México.
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    • El terrorismo estocástico y el atentado de Nueva Zelanda
      El pasado octubre se produjo una cadena de sucesos que me hizo pensar que estamos ante una nueva era de terrorismo inducido a través de internet. El día 23 de octubre, George Soros y otros adversarios de Trump empezaron a recibir cartas bomba que no llegaron a causar ninguna víctima. El 27 de octubre un sujeto abrió fuego contra una sinagoga de Pittsburgh y dejó 11 muertos y 7 heridos. El anterior día 26 se produjo otra noticia de la que no se informó en España: Gregory Bush asesinó a dos transeúntes negros; minutos antes había intentado entrar en una iglesia negra para perpetrar una matanza. En cuestión de una semana se produjeron tres acciones terroristas de inspiración identitaria y se dio la casualidad de que los tres terroristas tenían una intensa actividad en internet, donde difundían teorías de la conspiración típicas de la nueva ultraderecha: el Gran Reemplazo, el Plan Kalergi, el Genocidio Blanco, Soros llena EEUU de inmigrantes hispanos, etcétera.

      (...)Hace tiempo alguien habló de terrorismo estocástico para referirse a este nuevo fenómeno en que las comunicaciones masivas, especialmente las redes sociales, inspiran actos de violencia al azar que son estadísticamente predecibles pero individualmente impredecibles. Es decir, cada acto y cada actor es diferente, y nadie sabe quién lo cometerá ni dónde ocurrirá el próximo acto, pero es probable que algo termine ocurriendo. No puedo programar a nadie para que cometa un atentado en tal fecha y lugar, como a veces se decía fantasiosamente en algunas películas de espías, pero sí puedo inundar esa mente colmena que es internet con la suficiente intoxicación como para que alguien termine cometiendo una acción terrorista contra los enemigos que voy designando. No sé cuándo ocurrirá el acto terrorista ni dónde se llevará a cabo, pero es probable que termine ocurriendo un acto terrorista que a su vez facilite los siguientes actos, pues el terrorismo es ante todo propaganda. 
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    • Masacre en Nueva Zelanda ¿Son las redes sociales culpables?
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