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Hispanorromano

Contra el germanófilo Ortega y Gasset

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Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos:

1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España;

2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange;

3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario.

A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez.

Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece.

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2) El tema de lo «franco»

Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.

Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.

Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146).

Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148).

En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable.

«El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149).

«Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150).

Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal.

Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente.

Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.

Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.

Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.

Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita.

Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo».

No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales.

¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español?

Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2).

También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana.

La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo.

La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta.

Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias.

 

* * *

 

Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico.

De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.

[Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64]

[…]

España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta.

Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida.

Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte.

Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset.

[Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]


Esta publicación ha sido promocionada como contenido independiente

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Ortega fue presa de su tiempo, un barquito intelectual de poca monta en un océano de imperios de rubios. El Reich, Estados Unidos, la URSS... Se dejó llevar y quiso ver en lo rubio al imperio. Un siglo después tenemos imperios de morenos, o morenos queriendo hacer imperio con el ascenso del Tercer Mundo. ¿Qué diría ahora? Seguramente se apuntara a la moda "progre" racial temporal de turno. Un papanatas.

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Se me ha olvidado que comentar que, aunque la edición de Genio de España que manejo es de 1983, este libro se publicó en 1932 y se recomendaba en la prensa falangista. De todas formas, hay infinidad de textos en esta misma línea y procuraré ir aportándolos a medida que los encuentre.

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El difunto García-Trevijano solía zurrarlo de lo lindo, entre muchas otras cosas lo hacía responsable del estado de las autonomías:

 

No sé hasta qué punto exagera pero sí que hay una cosa clara, el prestigio y ascendiente de Ortega entre los huérfanos "pensadores" políticos españoles.

Es paradójico también ese ascendiente entre (supuestamente) patriotas españoles, que creen encontrar en la germanofilia una especie de "depurado" de España. Algo desgraciadamente muy, pero que muy actual. 

 

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Rescato otra interesante crítica al germanófilo Ortega, esta vez de José Pemartín, intelectual poco conocido pero que tuvo gran importancia como ideólogo de la Unión Patriótica del General Primo de Rivera y más tarde en el franquismo de los inicios. Se sitúa en las coordenadas de un tradicionalismo al margen de las organizaciones carlistas. El pasaje que cito procede de un artículo de la revista Acción Española, de la que era asiduo colaborador. Se podría titular perfectamente Maeztu frente al germanófilo y anticatólico Ortega. Espero que os guste, pero también podéis comentar si no estáis de acuerdo en algún punto.

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De entre las ruinas de este grupo del 98 sólo dos valores intelectuales destacan, señeros, en este año de 1934: José Ortega y Gasset y Ramiro de Maeztu.

Ambos proceden de un mismo origen; el más bello libro de Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote, lleva la siguiente dedicatoria: «A Ramiro de Maeztu con un gesto fraternal». Después sus rutas se han separado...

Son los dos escritores de la España de hoy que han tenido mayor influencia sobre mi espíritu. El hecho es sin interés; lo anoto porque lo creo común a muchos de mi generación.

José Ortega y Gasset, siguiendo el camino tradicional en los heterodoxos españoles, fue a buscar más allá de las fronteras el ideal que no supo encontrar en España. Ramiro de Maeztu también. Pero fueron en distintas épocas y por distintos mundos. Y esto puede explicar la divergencia total del resultado.

Maeztu, en su temprana juventud, viajó por América. Estuvo en Cuba en los últimos momentos dolorosos de la separación. Y a través de la tremenda declinación del prestigio español en  América pudo vislumbrar en su alma dolorida por la dura circunstancia la obra civilizadora, humana, cristiana de la España del XVI.

Después Maeztu volvió a salir de España poco antes de la guerra, y durante la guerra, en aquellos años azarosos en que el bisturí sangriento de la lucha terrible ponía al descubierto la médula podrida de la llamada civilización europea: la consecuencia de ese europeismo en el que se han inspirado todos, todos los movimientos antinacionales: el de los enciclopedistas, el de los afrancesados, el de los kraussistas. Y por último el de los germanizantes de la generación del 98, de los discípulos de Cohen, de Natorp, de la escuela de Marburgo, sobre cuyo frente se destaca Ortega y Gasset.

Maeztu salió a Europa a buscar respuesta a esta pregunta: «¿En qué consiste la superioridad de los anglo-sajones?». Y se encontró con que esa superioridad, esa civilización superior no es sino aparente, y debida principalmente a ciertas circunstancias y coincidencias pasajeras, de tipo económico: vapor y minas de carbón, industrialismo liberal y dominios de ultramar explotables, etcétera. Civilización que se derrumba estrepitosamente —ejemplos actualísimos y decisivos: Norteamérica, Irlanda, la India— cuando las circunstancias materiales varían. Maeztu encontró también que la civilización católico-hispánica ha creado un admirable tipo social: la familia cristiana en la «Romanía» europea, Portugal, España, Francia, Italia, Rumania, parte de Bélgica y Suiza. Y en las irradiaciones de esta extensa zona sobre Alemania, Austria, Inglaterra y los países del Norte. Y en toda Sud-América. Con ello la civilización romano-cristiana ha construido, en el fondo sustancial humano del mundo, un edificio moral de altísimo valor espiritual y vital, infinitamente superior al de esa pretendida civilización anglo-sajona, fundada en la desviación de soberbia y de rebeldía de Lutero y del puritanismo...

La doctrina esencial de Maeztu es el dogma cristiano de la salvación por el apostolado; la creencia en la misión histórica, providencial, de España, de llevar la Gracia de Cristo y de la Redención por todo el orbe.

La doctrina esencial de Ortega y Gasset (1) es precisamente la supresión del Catolicismo como parte fundamental de la Historia de España. Esto, que parece un monstruoso absurdo, una pura exageración por mi parte, es la verdad exacta. No podemos detenernos en esta rápida crónica todo lo que esta inconcebible actitud cultural merece. Pero a continuación se verá un extracto de la concepción histórica de la cultura europea, y por ende española, resumido en media docena de párrafos tomados todos ellos de Ortega y Gasset:

«Grecia ha inventado los temas substanciales de la cultura europea...»

«Hay, no una cultura latina, sino una cultura mediterránea...»

«Roma no es más que un pueblo mediterráneo...»

«Aparecen semejanzas entre las instituciones de los pueblos norte-africanos y los sur-europeos...»

«La cultura de Roma es, en los órdenes superiores, totalmente refleja...»

«Una vez rota la cadena de tópicos que mantenía a Roma anclada en el Pireo, las olas del mar Jónico, de inquietud tan afamada, la han ido removiendo hasta soltarla en el Mediterráneo, como quien arroja de casa a un intruso.»

«Europa comienza cuando los germanos entran plenamente en el organismo unitario del mundo histórico...»

«Germanizadas Italia, Francia y España, la cultura mediterránea deja de ser una realidad pura y queda reducida a un más o menos de germanismo...»

«Los pensamientos nacidos en Grecia toman la vuelta de Germania. Después de un largo sueño, las ideas platónicas despiertan bajo los cráneos de Galileo, Descartes, Leibnitz y Kant, germanos. El dios de Esquilo, más ético que metafísico, repercute toscamente, fuertemente, en Lutero; la pura democracia ática de Rousseau y las musas del Partenón, intactas durante siglos, se entregan un buen día a Donatello y Miguel Ángel, mozos florentinos de germánica prosapia.»

La tesis de Ortega y Gasset es, pues, muy sencilla. Suprimir en absoluto la influencia de la Roma cristiana en la civilización europea. Roma, el cristianismo romano del año 100 al año 800 no ha existido, según esta concepción de la cultura europea. Se borran de la historia los ocho primeros siglos de nuestra era, y ya está.

Los fundamentos históricos de la cultura europea son, pues, para Ortega y Gasset: 1.º La filosofía griega. 2.º Las invasiones germánicas, «que modelan a Europa medieval según el derecho germánico». 3.º El platonismo del Renacimiento y el racionalismo subsiguiente, a los que Ortega, con un desparpajo que asombra, pretende dar una tonalidad exclusivamente germánica. La cultura romano-cristiana, la cultura post-imperial y cristiana, la que dio a Francia, a España, a Italia, a Portugal, a la «Romanía» sus idiomas, su religión; el Derecho romano, las ciudades latinas de Occidente, el Imperio Cristiano de Oriente, los Concilios, la Patrística, toda aquella lenta pero radical transformación del germanismo bárbaro entre el siglo VI y el X bajo la influencia civilizadora del Cristianismo romano; toda esta formación cultural de la que la filología románica nos va marcando la labor civilizadora admirable; todo lo que han escrito Fustel de Coulanges y Gastón Boissier, Schultze y Ferdinand Lot... Todo esto Ortega lo borra de un trazo de su pluma dogmática. Constantino, Teodosio, Tertuliano, San Jerónimo, San Agustín, San Isidoro y San Hermenegildo, San Remigio y Clodoveo, Gregorio VII y Enrique IV, la filosofía aristotélica medieval, San Alberto Magno, Santo Tomás de Aquino, Dante... Y después la Contrarreforma, el Concilio de Trento, San Ignacio de Loyola, el divino Impaciente, la Evangelización de los indios, la civilización de América... Todo esto no existe... Tan sólo cuentan, en la civilización europea, según Ortega, Grecia con su pensamiento en el siglo V antes de Jesucristo, y después Germania y sus filósofos, a partir del siglo XV, después de Jesucristo. Todo lo demás es «cultura mediterránea», pseudo africana...

Esta es, en suma, la absurda, la radicalmente antiespañola concepción del mundo occidental por José Ortega y Gasset (2).

Semejante concepción de la Historia es sencillamente una negación de España. Porque borrar al Catolicismo y a Roma de la cultura europea es borrar de ella a España. Ortega y Gasset suscribe, pues, íntegra la necia frase del pretencioso doctrinario hugonote Guizot: «España no influyó en la civilización del mundo».

Por eso, a pesar de su talento innegable, a pesar de la elegancia de su estilo, bien puede decirse que D. José Ortega y Gasset ha clavado su bandera en el castillo de popa del buque Fracaso. Y con él se hunde en el descrédito como político y como pensador español. Como filósofo, no es este el lugar ni el tiempo para el comentario. Señalemos tan sólo que puede decirse de él lo que él dice de Roma: que es un reflejo...

Ramiro de Maeztu tomó decididamente una posición antigermánica —en el sentido filosófico, se entiende— cuando en su célebre libro La Crisis del Humanismo, publicado en el año 1919, hizo notar que la terrible guerra europea había sido una consecuencia directa de la concepción hegeliana del Estado, en contraposición con la concepción cristiana. Y cuando, contra el antiguo humanismo, contra el racionalismo kantiano, descendiente de la Reforma, afirmó la trilogía de los Valores morales: el Poder, el Saber y el Amor. Más tarde, su pensamiento se afirma más y más en sentido positivo, en el sentido español y católico, hasta llegar a esos admirables estudios sobre el Ser de la Hispanidad, con los que tanto ha honrado e ilustrado a nuestra Revista.

_______________

(1) Me refiero a su concepción histórica; su concepción filosófica, de contornos tan esfumados, resulta, por lo menos para mí, indescriptible.

(2) No se crea que esta concepción de Ortega y Gasset —cuyos párrafos citados los tomo todos del Apartado VI, Cultura mediterránea (páginas 76 a 83), de Meditaciones del Quijote (tercera edición)—, es una ligereza pasajera de esas que algunas veces se escapan a nuestro meditador nacional; no. En otros muchos párrafos de su variada obra, su germanismo radical vuelve testarudamente a querer eliminar de la cultura europea toda influencia cristiano-romana.

 

Vida cultural – Filosofía – Maeztu en la Academia Española, José Pemartín, Acción española, Madrid, 16-2-1934, n.º 47, pp. 1138-1142.

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¡¡¡Excelente tema!!! Felicidades.


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En el foro Hispanismo publican un artículo muy interesante. Procede de una publicación carlista e integrista que tuvo cierta relevancia en las postrimerías del franquismo y en los primeros años de la Transición. El artículo es una respuesta a la conmemoración de Ortega y Gasset que organizó la recién legalizada FE-JONS en 1980. Estamos hablando de una de las neofalanges que, a la muerte Franco, rehicieron y manipularon el legado de José Antonio hasta hacerlo irreconocible.

La crítica del artículo está bien orientada y está formulada desde la mejor fe. Hay un párrafo en el que humildemente creo que se equivoca: aquel en el que le atribuye a José Antonio cierta influencia inicial por parte de Ortega y Gasset. Pero entiendo que no hay maldad en esta opinión (posiblemente parte del equívoco que han fomentado las neofalanges) y el resto del artículo me parece de gran mérito. Pues, además de formular una crítica muy necesaria a Ortega y Gasset, defiende la honra y la integridad de la Falange como deberían haber hecho los falangistas.

Cita

Fuente: ¿Qué Pasa?, Números 694-695, 1-31 Diciembre de 1980, páginas 14 – 15.

ORTEGA Y GASSET Y JOSÉ ANTONIO

Por Julián Gil de Sagredo

Para trazar un paralelo entre estas dos figuras representativas, tomo como puntos de referencia dos aspectos cualificativos: el religioso y el patriótico.

ASPECTO RELIGIOSO

«Yo, Señores –dice Ortega y Gasset– no soy católico, y desde mi mocedad he procurado que hasta los humildes detalles de mi vida privada queden formalizados acatólicamente» (Lira. O. C., pág. 212).

A confesión de parte, sobran pruebas. En confirmación, sin embargo, de su ateísmo, reproduzco algunos de sus textos:

«El ser más auténtico de Dios es la arbitrariedad» (La idea de Principio en Leibniz).

«Hay en mí una antipatía y una suspicacia radicales hacia el misticismo». Califica de mixtificador a San Juan de la Cruz (Arte de este mundo y del otro).

«Lo que nos dicen los místicos es de una trivialidad y monotonía insuperables» (Defensa del teólogo frente el místico).

«Los dogmas y los mandamientos son absurdos, pero son un hecho bruto con el que tenemos que contar» (En torno a Galileo).

«El mundo en que vivimos no se compone de cosas, ni materiales, ni espirituales, por la sencilla razón de que no hay materia ni hay espíritu» (Pasado y porvenir del hombre actual).

«Dios es un ingrediente del cosmos» (En torno a Galileo).


Ortega y Gasset niega a Dios como causa final del hombre en «Ideas y creencias».

El sentido fundamental de su doctrina, es radicalmente incompatible con la Fe católica. Niega el concepto de un Dios Personal, niega la creación, niega nuestra dependencia respecto a Dios, niega Su soberanía sobre la sociedad. (En torno a Galileo).

Ortega, frente a lo sobrenatural, se altera, pierde la calma, y trata de desprestigiar al Catolicismo, de demostrar que constituye un obstáculo para el progreso científico.

Hacia los valores del Catolicismo –que son innegables–, adopta un tono de despreocupación elegante, mezclada de velado menosprecio. En todas sus obras procura sembrar el descrédito sobre aquellos valores que, de un modo o de otro, sobrepasan los límites del mundo natural. En su desdén hacia lo sobrenatural, es donde aparece su incompatibilidad fundamental con las verdades del Catolicismo, pues, para él, el fin de esta vida reside en ella.

Ortega y Gasset, defensor de la escuela laica, de Pablo Iglesias y de Giner de los Ríos, amigo de todos los enemigos de la Iglesia Católica, se dedicó a vaciar mentalmente, a la juventud universitaria, de fe religiosa y de sentido patrio. Es la figura cumbre de la Institución Libre de Enseñanza, que le aupó como ídolo de las juventudes universitarias y le envolvió con la aureola de la leyenda. Ortega y Gasset murió como había vivido, sin Fe y sin sacramentos. ¡Dios le haya perdonado!

JOSÉ ANTONIO PRIMO DE RIVERA es el reverso de la medalla. Profesa la Fe católica, practica la Religión católica, y muere por la Fe católica y por España, acribillado a balazos entre un falangista y un requeté, después de haberse confesado.

Ortega y Gasset y José Antonio son la antítesis en el aspecto religioso. Veamos ahora el

ASPECTO PATRIÓTICO

En el desdén que siente Ortega y Gasset contra la España católica y mística, reside su visión de España.

El caso más claro de infidelidad a los principios hermenéuticos que él mismo formuló, es su actitud sistemática y permanente ante la realidad española, tanto pasada como presente. Sus juicios sobre España son siempre despectivos, especialmente cuando recaen sobre su época más esplendorosa de los siglos XVI y XVII. Desprecia a una de nuestras glorias más preclaras: Santa Teresa y sus Moradas. La Mística especulativa doctrinal, que España presenta como una de las dimensiones fundamentales de su cultura, es combatida por Ortega. Desconoce y ataca la Teología profunda y opulenta de la España del siglo XVI, a pesar de superar en amplitud y profundidad a la cultura teológica de todas las naciones. Desconoce y menosprecia la conquista, colonización y civilización de América, el hecho más grandioso de la Historia Universal.

Han podido más en Ortega, sus prejuicios antirreligiosos, que su cultura histórica. Para él, España ha vivido en una permanente decadencia, no tiene categoría de nación (personas, obras y cosas), y, acentuando su desvío, añade:

«España no posee una enfermedad, sino que es una enfermedad» (España invertebrada).

«Los disparates de Ortega, la explicación que da a la Historia de España –dice Claudio Sánchez Albornoz (Lira. C. c. t. 11, pág. 341)– no pueden comprenderse sino como fruto amargo de una crisis psicológica, que algún día habrá de ser investigada».

José Antonio es considerado, con cierta razón, como el símbolo de amor a la Patria. Deslumbrado por el barroquismo literario de Ortega, fue en su primera juventud víctima de algunos de sus errores: entre otros, su postura frente a las relaciones entre la Moral y el Derecho, que equivocadamente desvincula y encierra en órbitas diversas (Discurso a los universitarios); así como la afirmación que atribuye al Estado (como misión propia y específica): la de educar a la infancia y juventud española.

Pero José Antonio era, ante todo, católico, español y poeta, y por esos tres conceptos reaccionó esencialmente de la visión de Ortega, se apartó de su magisterio, y encaminó su rumbo hacia la Tradición española, cuyos valores adivinó y asimiló de modo sustancial, aunque careció de tiempo para penetrarlos en su integridad y reproducir con ellos la única estructura político-social que, por ser connatural a la esencia misma de España, tiene la garantía de su autenticidad y de su permanencia.

Ortega y Gasset y José Antonio, son igualmente la antítesis en el aspecto patriótico.

En este artículo sólo he tratado de poner de relieve la contradicción religiosa y patriótica que existe entre dos figuras: la de José Antonio, realzada por su sentido católico y patriótico; y la de Ortega, caracterizada por su espíritu acatólico y extranjerizante.

Por ello, no comprendo que la Falange tribute un homenaje al maestro que, desde su cátedra universitaria, influyó mentalmente en nuestra juventud para vaciarla de espíritu religioso y de sentido patriótico. Y mucho menos comprendo todavía, que pueda hallarse en él la raíz intelectual de la Falange, que es católica y española.

http://hispanismo.org/politica-y-sociedad/25773-distintas-opiniones-en-torno-la-influencia-de-ortega-y-unamuno-en-falange.html

 

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Como estudioso del tema que eres, no estaría de más que algún día nos regalases un resumen más o menos amplio que recogiese la estructura esencial del falangismo original de Primo de Rivera, libre de los condicionantes y modas de aquella época, y de los cambios posteriores que ha sufrido dicha ideología a consecuencia de su historia.

Y lo mismo podría decirse del Carlismo, a quien tenga buen conocimiento de ello. A los que somos legos en esas materias a veces nos cuesta diferenciar el origen, sentido, contexto o incluso veracidad de muchos textos, materiales y opiniones que circulan en torno a estas dos formas de pensamiento, que creo han sido muy importantes en nuestra historia y aún hoy podrían responder a muchas cuestiones actuales por beber de la tradición que ha dado forma a España.


No te preguntes si lo que haces es pecado, pregúntate si al hacerlo estás amando.

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      Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos:
      1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España;
      2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange;
      3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario.
      A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez.
      Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece.
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      2) El tema de lo «franco»

      Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.
      Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.

      Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146).

      Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148).

      En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable.
      «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149).


      «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150).

      Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal.
      Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente.
      Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.
      Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.

      Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.
      Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita.

      Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo».
      No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales.
      ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español?

      Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2).
      También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana.
      La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo.

      La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta.
      Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias.

       
      * * *

       
      Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico.
      De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64]
      […]
      España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta.

      Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida.

      Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte.
      Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]
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    • Antes que nada quería remarcar que me estoy refiriendo al contexto de estado liberal que disfrutamos/padecemos.

      Soy uno de esos que en su día cayeron en la moda de meter en el mismo saco a todos los funcionarios y hacerlos deudores de los más diversos agravios.

      Pero he ido modificando mi opinión y llegado a la conclusión de que  gran parte de lo decente en nuestro país ha entrado bajo ese manto y, en buena parte, está dormitando por desmotivación pero que seguro podrían ser, de forma relativamente sencilla, reactivados y recuperados para el bien de España.

      Os pongo aquí un video a una conferencia de un tipo al que le tengo bastante respeto, Alfonso Nieto, un gran experto en derecho administrativo (sé que no os tragaréis la conferencia pero ahí lo dejo y me gustaría hacer unos extractos de la misma con algunas observaciones que me parecen interesantes).

       





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    • Post in Observatorio contra la Hispanofobia y la Leyenda Negra
      Ataque hispanófobo esta vez desde México.

      López Obrador olvida la fundación hispánica del país y vuelve a caer en el indigenismo más ramplón que lleva arrasando el país desde hace ya un par de siglos.¿Quiere volver a sacar a la extracción de corazones a lo azteca, a miles y en vivo?

      El presidente cae definitivamente como opción hispánica.

      Hay que decir que muchísimos mexicanos se están manifestando en las redes sociales en contra de esta estupidez. Aguanta, México.
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    • El terrorismo estocástico y el atentado de Nueva Zelanda
      El pasado octubre se produjo una cadena de sucesos que me hizo pensar que estamos ante una nueva era de terrorismo inducido a través de internet. El día 23 de octubre, George Soros y otros adversarios de Trump empezaron a recibir cartas bomba que no llegaron a causar ninguna víctima. El 27 de octubre un sujeto abrió fuego contra una sinagoga de Pittsburgh y dejó 11 muertos y 7 heridos. El anterior día 26 se produjo otra noticia de la que no se informó en España: Gregory Bush asesinó a dos transeúntes negros; minutos antes había intentado entrar en una iglesia negra para perpetrar una matanza. En cuestión de una semana se produjeron tres acciones terroristas de inspiración identitaria y se dio la casualidad de que los tres terroristas tenían una intensa actividad en internet, donde difundían teorías de la conspiración típicas de la nueva ultraderecha: el Gran Reemplazo, el Plan Kalergi, el Genocidio Blanco, Soros llena EEUU de inmigrantes hispanos, etcétera.

      (...)Hace tiempo alguien habló de terrorismo estocástico para referirse a este nuevo fenómeno en que las comunicaciones masivas, especialmente las redes sociales, inspiran actos de violencia al azar que son estadísticamente predecibles pero individualmente impredecibles. Es decir, cada acto y cada actor es diferente, y nadie sabe quién lo cometerá ni dónde ocurrirá el próximo acto, pero es probable que algo termine ocurriendo. No puedo programar a nadie para que cometa un atentado en tal fecha y lugar, como a veces se decía fantasiosamente en algunas películas de espías, pero sí puedo inundar esa mente colmena que es internet con la suficiente intoxicación como para que alguien termine cometiendo una acción terrorista contra los enemigos que voy designando. No sé cuándo ocurrirá el acto terrorista ni dónde se llevará a cabo, pero es probable que termine ocurriendo un acto terrorista que a su vez facilite los siguientes actos, pues el terrorismo es ante todo propaganda. 
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    • Masacre en Nueva Zelanda ¿Son las redes sociales culpables?
      Como imagino que todos sabréis ya, ayer se produjo una matanza en Christchurch, una pequeña población de Nueva Zelanda donde, un supremacista blanco entró armado con rifles y escopetas en dos mezquitas y comenzó a disparar a todos los que se encontraban dentro, ocasionando 49 muertos y otros tantos heridos de bala, entre ellos mujeres y niños.

      Lo más grave del asunto es que el tipo retransmitió en directo su salvajada a través de Facebook, como si fuera un stream de un videojuego, logrando viralizarse a los pocos minutos de comenzar la matanza. Fue la policía la que tuvo que pedir a esa red social que cortase la emisión ya que durante casi veinte minutos, el asesino estuvo emitiendo impunemente sus crímenes.
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    • La diversificación de la propaganda rusa: PACMA, Podemos y ultraderecha
      La maquinaria rusa de desestabilización política parece que comienza a calentar motores de cara a las próximas citas electorales. Analizamos algunas cuentas en Facebook, bajo bandera de Rusia, que estarían apoyando toda la amalgama de ideologías y movimientos radicales, desde el animalismo hasta la extrema derecha.





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