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Diego Álvaro de Moncada

Economía Cristiana

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Economía Cristiana.

Carlos X. Blanco.

 

La reivindicación de la Economía como ciencia humana puede parece un ejercicio estéril, un academicismo ritual, una especie de juego floral. No obstante es el empeño de figuras intelectuales de talla enorme, entre las cuales sólo quiero mencionar a Marx, Chesterton o Polanyi. El último de la lista, en concreto, escribió: "La Economía ocupa un lugar cambiante en la sociedad". Esto significa que los problemas que hoy damos en llamar económicos no forman, en puridad, una categoría apartada de los demás problemas humanos. Todo el sistema de la economía de una sociedad, ya sea ésta capitalista, ya sea pre-moderna o primitiva, está "empotrado" en la sociedad misma y no deja de ser parte de la racionalidad inmanente y colectiva de los hombres, con la cual, ellos tratan de adaptarse al entorno y resolver sus propios conflictos.

Ha sido el liberalismo la doctrina pérfida que negó esta evidencia o dato del sentido común. Sólo el liberalismo ha pretendido inventar una teoría de la racionalidad económica universal por encima de las diferencias esenciales que entre los hombres y entre las comunidades se dan. La economía liberal occidental ha ensalzado la propiedad privada, las figuras jurídicas del contrato, la institución de los mercados de libre competencia y de oferta y demanda, etc. como si fueran unas categorías universales, eternas, deseables, supremas. Sin embargo es cierto que los hombres que vivieron antes de Adam Smith, tanto en culturas ajenas a occidente como en nuestra propia cultura, han sobrevivido –muchos muy dignamente- sin esas instituciones o categorías. Incluso en países clave para la Historia de Occidente, como los países católicos, sólo por imposición e influjo extranjero (masonería, liberalismo) fueron éstas categorías prestas a divinizarse por encima de los propios preceptos de comunidad natural cristiana, ordenada al Bien Común y a la salvación de las almas.

La antropología nos enseña que toda sociedad debe encontrar los medios materiales para su propia subsistencia, y en esa búsqueda, cada cultura trata de resolver -a su modo y acorde con su entorno y tradiciones- el problema de la reciprocidad y el de la redistribución. Toda sociedad consta de un "toma y daca", y una sociedad humana no es tal si algún código de amistad, parentesco, intercambio de favores, dones y servicios, no se ve firmemente establecido. La Comunidad, así, tejiendo esta red de reciprocidades, deviene Sociedad, esto es, algo que trasciende lo orgánico y espontáneo. Institucionaliza y, por ende, regula, aquello que cristianamente se denomina "caridad" lo cual supone algo que va mucho más allá de dar limosna a los pobres: incluye el que cada uno se defina a sí mismo como menesteroso y si ha de dar, no será porque le sobre, sino más bien porque le falta. Uno, hasta Rockefeller, Soros y el Tío Gilito, es pobre de entre los pobres si para en mientes en que necesita de los demás. Siempre habrá algo que los demás le tendrán que dar.

Todos somos menesterosos y seguimos el mandato divino de dar para que nos den, esto es, el precepto de la reciprocidad, no ya por "interés", sino porque las propias comunidades orgánicas en que el hombre ha de vivir crean esas redes de cara a su propio mantenimiento. Smith, y toda esa degenerada progenie de liberales anglosajones, siempre parte de un individuo desarraigado, egoísta, que si da es porque le interesa, porque le trae ventajas. Toda la desgravación fiscal y la ingeniería social, política y mercadotécnica da cuenta hoy de toda esa elefantiásica existencia de las Oenegés, de las Fundaciones para la reforma del hombre, esa zombi duplicación de una Iglesia Misionera. El egoísmo sublimado en "solidaridad" será una de las causas del derrumbe de Occidente, y si no, al tiempo.

El otro aspecto de la fraternidad, además de la reciprocidad, que no es exclusivamente cristiana sino una constante antropológica, se llama "redistribución". Todo un monto de bienes, dones, favores, servicios, puede acudir a un centro en función de necesidades cambiantes, de urgencias y de otras sobrevenidas coyunturas. Los despotismos antiguos de Egipto y Mesopotamia, por ejemplo, eran en buena parte regímenes centralizadores que hacían afluir el grano para las provincias y comunidades en riesgo de perecer por hambre, víctimas de sequías, guerras o catástrofes varias. El emperador o faraón providente, que controla el grano, el agua u otro recurso concentrable, acumulable, se hacía pasar así como un ser pródigo y providente ante un pueblo que debía ver en él un duplicado del dios intangible. En cambio, la civilización cristiana debe velar porque sea la propia familia y la comunidad natural inmediata la que ahorre y, en red, redistribuya al más necesitado, no porque sensibleramente sea éste una persona que "nos dé lástima" sino sencillamente porque es un hermano cuyas necesidades están entretejidas con las mías y las de los míos, y que el ahorro y patrimonialización de las comunidades naturales del hombre son, per se, el único y legítimo mecanismo de redistribución, los demás serán derivados de éste. Todos esos monstruosos organismos internaciones que "dan ayudas" sin delegar in situ en las propias redes locales –familias, parroquias, asociaciones campesinas- deberían ser mirados con lupa. Es fácil que sean brazos armados (armados con instrumentos financieros de soborno) de monstruos más grandes e invisibles aún. La lluvia de millones y de misioneros laicos que cae sobre determinados países menesterosos a cambio de que en ellos se aborte, se mutilen tradiciones, se controle la población o modifiquen hábitos, forma parte de lo que todo cristiano lúcido debería ver como pecado. Al menos, antes, a la puerta de la iglesia, las viejecitas decían al pobre mendigo bebedor: "tenga, y no se lo gaste usted en vino". Ahora, no son precisamente viejecitas con un real en la mano las que lanzan admoniciones, sino entidades invisibles que amenazan con cortar el grifo "humanitario" si no adecúan su desarrollo a la planificación mundialista.

Una Economía cristiana debe velar porque el interés individual de la persona, legítimo siempre que caiga dentro de lo honesto y no resulte perjudicial al prójimo, pueda hallar su satisfacción siempre dentro de los límites morales de su Comunidad. El Mercado, más allá de ser un "mecanismo" no puede ser hipostasiado ni elevado a un Bien en sí mismo. Puede haber, y las hubo perfectamente, economías fraternas, esto es, basadas en la reciprocidad y la redistribución: vale decir, Economías cristianas. En la medida en que la propiedad (antes que el mercado) es un derecho natural para el desarrollo individual de la persona y de las comunidades (familiar y local, principalmente), esta institución de la propiedad es mucho más importante, jerárquicamente se halla más cerca de la voluntad de Dios, que el propio mercado. Polanyi, de forma mucho más exacta y actualizada que Marx, subrayó que el mercado estaba llevando a cabo una verdadera usurpación de las relaciones sociales, de todas aquellas que más allá de la compra y la venta. Relaciones éstas que por naturaleza no son mercantiles sino dimensiones y funciones connaturales a la persona, como la amistad, el amor, la propia fraternidad, hoy pervertida como "negocio solidario". El liberalismo quiso injertarnos en el cerebro la idea de que siempre, desde que hay hombres civilizados, hubo mercados, y por siempre, incluso bajo la máscara de colectivismos despóticos como el  soviético, hubo y habrá mercados, todo lo distorsionados que se quiera. Pero los mercados antiguos, o los socialistas, no eran "libres", justo como las personas que vivieron en civilizaciones anteriores o paralelas a la cristiana tampoco lo eran. Eran instituciones muy menores y "empotradas" en la cultura donde actuaban. La sobredimensión de la cual el Mercado ha sido y es objeto bajo el dictado del liberalismo parte de la idea de que no existen personas a tener en cuenta, siempre entretejidas con otras personas en una Comunidad orgánica, a la que se deben, de la misma manera en que la mano se le debe al brazo y al cuerpo entero que la sustenta. El individuo puede y debe desarrollar sus intereses como persona de una forma directa y más esencialmente por medio de las redes de reciprocidad y redistribución que toda Comunidad orgánica teje si es que vive cristianamente. Y la pertenencia o arraigo de las personas se logra antes por la propiedad que por el mercado, pues la propiedad engendra obligaciones y compromisos que exceden todo interés mercantil. La casa que perteneció a nuestros padres y abuelos, el terreno donde se alzan árboles sembrados por ellos, la heredad que soñamos con que también la cuiden nuestros hijos y nietos... Quien desee formar parte de esta Comunidad e "integrarse" en ella no debería venir a la busca de paguitas y subsidios, sino a la búsqueda de propiedad por medio de la cual entrar en reciprocidad y compromisos con los otros.

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Tal como enseña la Doctrina Social de la Iglesia, el mercado, la propiedad privada y en general la producción y distribución de los bienes, debe estar subordinada al bien común de la sociedad, que debe primar sobre cualquier otro valor y servir para la dignificación de la persona. Desde estos puntos se puede estructurar cualquier economía que pretenda ser un bien para la sociedad donde se practique.

El problema del liberalismo es que subordina todo a la obtención del deseo individual, desestimando así a la persona del prójimo y a la de Dios, y creando un mayor individualismo. Y otro tanto de lo mismo ocurre con el socialismo y sus diferentes variables, que pretenden subordinar todo al deseo del colectivo, desestimando así la necesidad y dignidad de la persona, individual y divina. Ambas visiones no son otra cosa que el fruto de un materialismo desestructurante de la dignidad del hombre que ha descartado a Dios de la esfera de lo humano y por tanto ha desechado de esta forma lo fundamental de su economía.

En teología existe lo que se ha dado en llamar "economía de la gracia"o "economía de la salvación" que es de donde se derivaría, en teoría, la economía de las cosas y como se entiende al conjunto y destino de los bienes que Dios ha dispuesto en orden a la salvación de los hombres.

A la administración de los bienes espirituales y de la gracia, confiados a la Iglesia, la Tradición la llama "Economía sacramental", que es la comunicación de los frutos gratuitos del misterio pascual de Cristo en la celebración de la liturgia sacramental de la Iglesia. Todo ello se entiende en el marco del plan de Dios -La Providencia- y la ejecución del mismo para nuestra salvación.

“Tal es el Misterio de Cristo, revelado y realizado en la historia según un plan, una ‘disposición’ sabiamente ordenada que san Pablo llama ‘la Economía del Misterio’ y que la tradición patrística llamará ‘la Economía del Verbo encarnado’ o ‘la Economía de la salvación’. (Catecismo de la Iglesia Católica, 1062).

La economía de la gracia es la administración cristiana de los bienes bajo la acción de la gracia, es decir, por decirlo de alguna manera, bajo la administración de Cristo quien nos ha dado todo, su ser incluido, de forma gratuita y eterna para nuestra salvación.

La Promesa hecha a Abraham inaugura la Economía de la Salvación, al final de la cual el Hijo mismo asumirá ‘la imagen’ y la restaurará en ‘la semejanza’ con el Padre volviéndole a dar la Gloria, el Espíritu ‘que da la Vida’. (Catecismo de la Iglesia Católica, 705).

La finalidad de la economía por tanto, desde este punto de vista, es hacer posible el plan redentor de Dios en el que cada hombre y mujer, aspirando a lo eterno, por la gracia de Cristo puede hacerse valedor de ese destino universal perseverando en la gracia. Esta Economía o designio de salvación, será lo que conozcamos en el Juicio Final:

“Entonces Él pronunciará por medio de su Hijo Jesucristo, su palabra definitiva sobre toda la historia. Nosotros conoceremos el sentido último de toda la obra de la creación y de toda la economía de la salvación, y comprenderemos los caminos admirables por los que su Providencia habrá conducido todas las cosas a su fin último. El Juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa de todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte.” (CIC, 1041).

Dado que la economía de la "gracia" se deriva de la "gratuidad" del ser donde nos movemos y existimos, la economía de las cosas debería responder a esa misma realidad "gratuita" que ha puesto a nuestra disposición tanta riqueza, permitiendo una justa distribución de las cosas de manera que las necesidades que impiden la salvación, esto es, el disfrute de la gracia y el logro de la felicidad eterna, fuesen superadas sin que la economía misma llegase a suponer un quebranto de la misma. Por tanto, desde la perspectiva cristiana, toda economía que no se subordine a esa gratuidad y destino universal es una impostura ante la que estamos obligados a responder.

 

 


No te preguntes si lo que haces es pecado, pregúntate si al hacerlo estás amando.

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      Soy uno de esos que en su día cayeron en la moda de meter en el mismo saco a todos los funcionarios y hacerlos deudores de los más diversos agravios.

      Pero he ido modificando mi opinión y llegado a la conclusión de que  gran parte de lo decente en nuestro país ha entrado bajo ese manto y, en buena parte, está dormitando por desmotivación pero que seguro podrían ser, de forma relativamente sencilla, reactivados y recuperados para el bien de España.

      Os pongo aquí un video a una conferencia de un tipo al que le tengo bastante respeto, Alfonso Nieto, un gran experto en derecho administrativo (sé que no os tragaréis la conferencia pero ahí lo dejo y me gustaría hacer unos extractos de la misma con algunas observaciones que me parecen interesantes).

       





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    • Post in Observatorio contra la Hispanofobia y la Leyenda Negra
      Ataque hispanófobo esta vez desde México.

      López Obrador olvida la fundación hispánica del país y vuelve a caer en el indigenismo más ramplón que lleva arrasando el país desde hace ya un par de siglos.¿Quiere volver a sacar a la extracción de corazones a lo azteca, a miles y en vivo?

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    • El terrorismo estocástico y el atentado de Nueva Zelanda
      El pasado octubre se produjo una cadena de sucesos que me hizo pensar que estamos ante una nueva era de terrorismo inducido a través de internet. El día 23 de octubre, George Soros y otros adversarios de Trump empezaron a recibir cartas bomba que no llegaron a causar ninguna víctima. El 27 de octubre un sujeto abrió fuego contra una sinagoga de Pittsburgh y dejó 11 muertos y 7 heridos. El anterior día 26 se produjo otra noticia de la que no se informó en España: Gregory Bush asesinó a dos transeúntes negros; minutos antes había intentado entrar en una iglesia negra para perpetrar una matanza. En cuestión de una semana se produjeron tres acciones terroristas de inspiración identitaria y se dio la casualidad de que los tres terroristas tenían una intensa actividad en internet, donde difundían teorías de la conspiración típicas de la nueva ultraderecha: el Gran Reemplazo, el Plan Kalergi, el Genocidio Blanco, Soros llena EEUU de inmigrantes hispanos, etcétera.

      (...)Hace tiempo alguien habló de terrorismo estocástico para referirse a este nuevo fenómeno en que las comunicaciones masivas, especialmente las redes sociales, inspiran actos de violencia al azar que son estadísticamente predecibles pero individualmente impredecibles. Es decir, cada acto y cada actor es diferente, y nadie sabe quién lo cometerá ni dónde ocurrirá el próximo acto, pero es probable que algo termine ocurriendo. No puedo programar a nadie para que cometa un atentado en tal fecha y lugar, como a veces se decía fantasiosamente en algunas películas de espías, pero sí puedo inundar esa mente colmena que es internet con la suficiente intoxicación como para que alguien termine cometiendo una acción terrorista contra los enemigos que voy designando. No sé cuándo ocurrirá el acto terrorista ni dónde se llevará a cabo, pero es probable que termine ocurriendo un acto terrorista que a su vez facilite los siguientes actos, pues el terrorismo es ante todo propaganda. 
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