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Hispanorromano

Una Francia despoblada sustituye a los niños por perritos (Jacinto Miquelarena, 1939)

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18 de junio de 1939

FRANCIA SE DESPUEBLA

Hablemos de habitantes. En 1865, Francia tenía 38 millones y Alemania exactamente los mismos; el Japón, 32 millones; Gran Bretaña, 24 millones, e Italia, 24 millones asimismo.

En 1937, Alemania alcanza los 67 millones (un año después, con las anexiones, llega a los 82); el Japón está bordeando hoy los 72 millones; la Gran Bretaña tiene 47 millones; Italia, 44 millones; Francia, 42 millones.

Una observación: los 44 millones italianos son los italianos de Italia. No es exagerado afirmar que diez millones de italianos más viven en el extranjero: Francia, Inglaterra, Norteamérica, Sudamérica, etcétera.

Otra observación: de los 42 millones de franceses, tres millones no son franceses, sino extranjeros, lo que reduce dicha cifra a 39 millones.

La natalidad regresiva de Francia es evidente en los últimos años.

Hoy, Francia registra 610.000 nacimientos por año; Alemania, 1.450.000; 1.031.000 Italia; la Gran Bretaña, 725.000.

«Si la fecundidad de los franceses disminuye al ritmo medio de los dieciocho últimos años, dentro de diez años registrará un máximum anual de 550.000 nacimientos. Y no tendrá soldados para defender sus fronteras. No se trata de un peligro lejano para Francia, sino inminente». He aquí lo que escribía Benito Mussolini el 26 de agosto de 1934 en el periódico de Londres Sunday Express. El pronóstico del Duce puede ser exacto, si no alcanza una verdad todavía menos optimista en 1944.

————

Hace mucho tiempo que los franceses saben que este problema es el gran problema de Francia. Madame ne veut pas d'enfants. Y monsieur no discute demasiado, porque tampoco los quiere. Ese perro bien jabonado y lleno de lazos, que cena los domingos en el restaurante con la pareja crepuscular, recoge la ternura tardía del matrimonio que ha secado su vida en la voluptuosidad helada del ahorro...

Fracasan todas las campañas en favor de la mayor alegría de la especie. Fracasan todas las fórmulas de atracción —premios en metálico, por ejemplo— para los que se distingan por su generosidad creadora en la repoblación del país. De vez en cuando, la litografía de un torrero de Bretaña, de su mujer y de sus quince hijos, «que serán recibidos por el presidente de la República», provoca algunas bromas cínicas en lugar de la admiración que se perseguía:

—¡Oh, usted sabe, señora Dupont, cuando se vive en un faro y no se sabe lo que hacer durante años y años...! .

«Se quiera o no se quiera —acaba de escribir Emilio Condroyer en el Journal de París—, Italia y Alemania no tienen una natalidad regresiva, sino todo lo contrario, a pesar de que ya no caben en sus límites los ciudadanos de dichas naciones. Nos encontramos frente a un hecho brutal, frente a la verdad pura de un principio físico: la presión demográfica de estos vecinos resquebraja ya los límites de sus tierras y, sobre todo, los puntos de la mínima resistencia. La mínima resistencia somos nosotros, evidentemente; nuestro país, rico e insuficientemente poblado y nuestro imperio, Para los que siguen con algún interés este hecho, el movimiento ha comenzado: Italia tiene un millón de italianos en el Imperio francés».

Queda por desollar el rabo de Rusia y de su monstruoso enigma. El material humano que contiene aún esa unión de tinieblas del Este de Europa es reclamado angustiosamente por los franceses. Para que la señora y el señor de París puedan cenar tranquilamente los domingos con su perrito, necesitan pensar de vez en cuando en la fecundidad de las noches nevadas de Moscú y en sus dantescas promiscuidades. Rusia es tan grande y tiene tal número de habitantes que Stalin, por mucha que sea su actividad carnicera, no podrá degollarlos a todos en muchos años.

He aquí el terrible problema del número para Francia, tan materializada, que todavía no piensa en el problema de la calidad. El mundo será de los más, pero también de los mejores. De los más generosos, por ejemplo.

 

Jacinto Miquelarena, ABC, 18 de junio de 1939, p. 5.

* * *

COMENTARIO

Jacinto Miquelarena era un escritor falangista. Este artículo ilustra varias cosas:

  • La ínfima natalidad en Francia, fruto del hedonismo, y la consiguiente despoblación en fecha tan temprana como 1939.
  • La sustitución afectiva de los niños por mascotas, cosa por desgracia hoy frecuente también en España.
  • La debilidad de Francia y la necesidad de recurrir a extranjeros para llenar los huecos demográficos. Lo que está pasando ahora en Francia ya pasaba entonces y se preveía que iba a empeorar. Varios políticos avisaron de la que se le venía encima a Francia y ofrecieron soluciones, pero nadie hizo caso.
  • La constante preocupación de los falangistas por estos temas que, sin embargo, han sido abandonados por los que hoy se dicen sus herederos, generalmente en favor de consignas gruesas, y la mayoría de veces estúpidas, contra los inmigrantes.

ABC-18.06.1939-pagina_005.jpg

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Pues ya vemos en lo que ha devenido el problema demográfico francés y lo que en no muchos años nos espera en España.

Aún nos quedan unos pocos años para revertir esto totalmente. Pero para eso debería suceder un hecho excepcional que girara las tornas 180º. E inesperado,  porque no se está fraguando ideológicamente ni en acción nada importante ni con calado social que apunte en esa dirección.

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Algunos creen [especialmente las derechas] que el problema demográfico llanamente pertenece a una equivocada política migratoria que se dio tras la llegada de la V República Francesa cuando esto no es así [este artículo lo demuestra y doy las gracias a nuestro compañero Hispanorromano por ello], el problema demográfico en Francia se ha dado debido a el enraizamiento de unos pensamientos [véase el hedonismo] que poseen un origen claro; la Revolución Francesa y lo que siguió tras de ello.

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Justo ahora, Pius dijo:

Algunos creen [especialmente las derechas] que el problema demográfico llanamente pertenece a una equivocada política migratoria que se dio tras la llegada de la V República Francesa cuando esto no es así [este artículo lo demuestra y doy las gracias a nuestro compañero Hispanorromano por ello], el problema demográfico en Francia se ha dado debido a el enraizamiento de unos pensamientos [véase el hedonismo] que poseen un origen claro; la Revolución Francesa y lo que siguió tras de ello.

El FN se trataría de un partido auténticamente pro-sistema, en el sentido de identificado con los elementos centrales revolucionarios. Y desde luego, uno de esos que enarbolan la bandera identitaria respecto a temas tan "nacionales" como  la defensa del destape femenino, el bikini y esas cosas, como si fueran elementos centrales de la identitad europea.

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hace 1 minuto, don Fernandito dijo:

El FN se trataría de un partido auténticamente pro-sistema, en el sentido de identificado con los elementos centrales revolucionarios. Y desde luego, uno de esos que enarbolan la bandera identitaria respecto a temas tan "nacionales" como  la defensa del destape femenino, el bikini y esas cosas, como si fueran elementos centrales de la identitad europea.

Efectivamente el FN es el partido «revolucionario» por excelencia. Tened por seguro que si hoy Robespierre viviese, sería un militante del FN. 

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Artículos similares a este que publiqué aquí hay muchos y de fechas muy anteriores. Sobre todo en la prensa carlista, católica y falangista, que siempre tuvo entendimiento preclaro de esta cuestión. Desde finales del siglo XIX se sabe que en Francia hay una natalidad muy baja que no cubre la tasa de reposición y, por tanto, llama a la inmigración. Primero cubrieron ese hueco con italianos, españoles y polacos, que sufrieron la xenofobia (de esto tengo un conocimiento personal, pero buscad "xenofobia" en cualquier hemeroteca histórica y casi siempre os devolverá resultados relacionados con Francia). Luego, cuando se secaron esos manantiales europeos, acudieron a países extraeuropeos. La gente cree que lo de Francia viene de Mayo del 68 cuando es una cosa que lleva  siglos gestándose.

En Cataluña sucedió una cosa similar. Desde principios del siglo XX hay noticias de una natalidad muy baja que se cubre con inmigración interior, principalmente de andaluces y murcianos, que sufrieron las iras de los catalanes. Cuando se seca ese manantial, se acude al extranjero. Ya desde la época final del franquismo hay noticias de que existe un importante contingente de trabajadores musulmanes en Cataluña. Nos venden que es una cosa de los últimos 15 años, pero es un fenómeno mucho más profundo.

Si os interesa el tema, ya iré publicando cosas relacionadas.

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Claro que interesa el tema.

Es bastante esclarecedor la cadena:

renuncia a procrear-me veo obligado a reponer con extranjeros-rechazo y culpo a extranjeros de los problemas de la inmigración masiva.

Tenemos esto muy bien palpable hoy con nuestros "amigos" los indigenistas.

Su alternativa, como podemos imaginar, es echar extranjeros para acabar con el dumping y que se doblen los sueldos, por su cara bonita y su piel clara.

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Terrible esta noticia:

Cita

Ya hay más hogares con mascota que con bebé. Según los datos aportados por la consultora Nielsen, el 40% de las familias españolas tiene perro o gato frente a apenas un 11% con niños pequeños (de cero a seis años), un dato que no sorprende si tenemos en cuenta que la natalidad se ha desplomado un 25% en la última década. El INE registró más muertes (423.643) que nacimientos (391.930) el año pasado, con una diferencia récord (31.713) entre ambos.

En paralelo, el número de hogares unipersonales con solteros, divorciados o ancianos que se han quedado viudos sigue creciendo año tras año, hasta alcanzar los 4,7 millones en 2017 (un 1,1% más respecto al año anterior). Ya representan un 25,4% del total, según la última Encuesta continua de hogares elaborada por el INE.

Hay casi dos millones de viviendas con personas mayores que viven solas (+1,4% frente a 2016), casi cuatro millones de parejas sin hijos (+1,7%), y casi tres millones de menores de 65 que no comparten piso con nadie (+0,8%). En ese contexto, los perros pequeños -sobre todo- se han convertido en el acompañante ideal para mucha gente y constituyen el mayor mercado para las compañías de piensos que operan en España.

Abandono de perros: Más perros que bebés: los singles disparan las ventas de comida para mascotas

El identitario Mateo Salvini es de los que se siente más a gusto con los perros que con las personas:

Matteo_Salvini.png

 

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    • By Hispanorromano
      En el tomo II de las Vidas Paralelas de Plutarco, dedicado a Pericles, se encuentra este premonitorio texto:
      Recuerdo a los recién llegados que en el foro hemos rescatado muchos textos antiguos que relatan situaciones similares:
      Una Francia despoblada sustituye a los niños por perritos (Jacinto Miquelarena, 1939) - Debate de actualidad - Corazón Español
      Hacia un mundo de viejos (Agustín de Foxá, 1948) - Memoria de las Españas - Corazón Español
      Sobre la baja natalidad. Dos textos clásicos que sorprenden por su vigencia - Debate de actualidad - Corazón Español
      El tema del antinatalismo y de la baja natalidad española, a veces asociada a cierto animalismo, lo hemos tocado en infinidad de hilos:
      Antinatalismo ¿Se está gestando un nuevo ataque cultural contra la vida humana? - Debate de actualidad - Corazón Español
      "Prefiero oír ladrar a un perro que a un bebé". El empoderamiento femenino lleva a esto - Debate de actualidad - Corazón Español
       
    • By Hispanorromano
      Creo interesante compartir este artículo sobre el gran tema de nuestro tiempo. Mucho mejor orientado que la mayoría de artículos que abordan esta cuestión, acierta al explicar que el problema es antropológico y no económico. Dos pegas le pongo: 1) que no acuda a la raíz religiosa del problema, aunque la barrunte al decir que sólo rompen la norma los fieles católicos y musulmanes; 2) que sitúe el origen del problema en mayo de 1968, cuando en mi opinión es muy anterior. Pero el artículo es de lo mejor que se ha escrito sobre este tema en la prensa, así que lo recomiendo. Las negritas son mías.
       
    • By Hispanorromano
      Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos:
      1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España;
      2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange;
      3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario.
      A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez.
      Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece.
      _________________________________________________
       
      2) El tema de lo «franco»

      Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.
      Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.

      Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146).

      Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148).

      En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable.
      «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149).


      «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150).

      Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal.
      Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente.
      Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.
      Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.

      Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.
      Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita.

      Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo».
      No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales.
      ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español?

      Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2).
      También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana.
      La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo.

      La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta.
      Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias.

       
      * * *

       
      Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico.
      De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64]
      […]
      España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta.

      Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida.

      Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte.
      Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]
    • By Hispanorromano
      Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos:
      1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España;
      2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange;
      3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario.
      A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez.
      Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece.
      _________________________________________________
       
      2) El tema de lo «franco»

      Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.
      Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.

      Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146).

      Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148).

      En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable.
      «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149).


      «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150).

      Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal.
      Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente.
      Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.
      Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.

      Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.
      Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita.

      Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo».
      No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales.
      ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español?

      Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2).
      También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana.
      La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo.

      La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta.
      Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias.

       
      * * *

       
      Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico.
      De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64]
      […]
      España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta.

      Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida.

      Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte.
      Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]

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    • Antes que nada quería remarcar que me estoy refiriendo al contexto de estado liberal que disfrutamos/padecemos.

      Soy uno de esos que en su día cayeron en la moda de meter en el mismo saco a todos los funcionarios y hacerlos deudores de los más diversos agravios.

      Pero he ido modificando mi opinión y llegado a la conclusión de que  gran parte de lo decente en nuestro país ha entrado bajo ese manto y, en buena parte, está dormitando por desmotivación pero que seguro podrían ser, de forma relativamente sencilla, reactivados y recuperados para el bien de España.

      Os pongo aquí un video a una conferencia de un tipo al que le tengo bastante respeto, Alfonso Nieto, un gran experto en derecho administrativo (sé que no os tragaréis la conferencia pero ahí lo dejo y me gustaría hacer unos extractos de la misma con algunas observaciones que me parecen interesantes).

       





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    • Post in Observatorio contra la Hispanofobia y la Leyenda Negra
      Ataque hispanófobo esta vez desde México.

      López Obrador olvida la fundación hispánica del país y vuelve a caer en el indigenismo más ramplón que lleva arrasando el país desde hace ya un par de siglos.¿Quiere volver a sacar a la extracción de corazones a lo azteca, a miles y en vivo?

      El presidente cae definitivamente como opción hispánica.

      Hay que decir que muchísimos mexicanos se están manifestando en las redes sociales en contra de esta estupidez. Aguanta, México.
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    • El terrorismo estocástico y el atentado de Nueva Zelanda
      El pasado octubre se produjo una cadena de sucesos que me hizo pensar que estamos ante una nueva era de terrorismo inducido a través de internet. El día 23 de octubre, George Soros y otros adversarios de Trump empezaron a recibir cartas bomba que no llegaron a causar ninguna víctima. El 27 de octubre un sujeto abrió fuego contra una sinagoga de Pittsburgh y dejó 11 muertos y 7 heridos. El anterior día 26 se produjo otra noticia de la que no se informó en España: Gregory Bush asesinó a dos transeúntes negros; minutos antes había intentado entrar en una iglesia negra para perpetrar una matanza. En cuestión de una semana se produjeron tres acciones terroristas de inspiración identitaria y se dio la casualidad de que los tres terroristas tenían una intensa actividad en internet, donde difundían teorías de la conspiración típicas de la nueva ultraderecha: el Gran Reemplazo, el Plan Kalergi, el Genocidio Blanco, Soros llena EEUU de inmigrantes hispanos, etcétera.

      (...)Hace tiempo alguien habló de terrorismo estocástico para referirse a este nuevo fenómeno en que las comunicaciones masivas, especialmente las redes sociales, inspiran actos de violencia al azar que son estadísticamente predecibles pero individualmente impredecibles. Es decir, cada acto y cada actor es diferente, y nadie sabe quién lo cometerá ni dónde ocurrirá el próximo acto, pero es probable que algo termine ocurriendo. No puedo programar a nadie para que cometa un atentado en tal fecha y lugar, como a veces se decía fantasiosamente en algunas películas de espías, pero sí puedo inundar esa mente colmena que es internet con la suficiente intoxicación como para que alguien termine cometiendo una acción terrorista contra los enemigos que voy designando. No sé cuándo ocurrirá el acto terrorista ni dónde se llevará a cabo, pero es probable que termine ocurriendo un acto terrorista que a su vez facilite los siguientes actos, pues el terrorismo es ante todo propaganda. 
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    • Masacre en Nueva Zelanda ¿Son las redes sociales culpables?
      Como imagino que todos sabréis ya, ayer se produjo una matanza en Christchurch, una pequeña población de Nueva Zelanda donde, un supremacista blanco entró armado con rifles y escopetas en dos mezquitas y comenzó a disparar a todos los que se encontraban dentro, ocasionando 49 muertos y otros tantos heridos de bala, entre ellos mujeres y niños.

      Lo más grave del asunto es que el tipo retransmitió en directo su salvajada a través de Facebook, como si fuera un stream de un videojuego, logrando viralizarse a los pocos minutos de comenzar la matanza. Fue la policía la que tuvo que pedir a esa red social que cortase la emisión ya que durante casi veinte minutos, el asesino estuvo emitiendo impunemente sus crímenes.
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    • La diversificación de la propaganda rusa: PACMA, Podemos y ultraderecha
      La maquinaria rusa de desestabilización política parece que comienza a calentar motores de cara a las próximas citas electorales. Analizamos algunas cuentas en Facebook, bajo bandera de Rusia, que estarían apoyando toda la amalgama de ideologías y movimientos radicales, desde el animalismo hasta la extrema derecha.





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