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Hispanorromano

La despoblación del campo y la aglomeración en ciudades (Rafael Sánchez Mazas)

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Hablábamos hace poco sobre la despoblación del campo. En el siguiente artículo el escritor falangista Rafael Sánchez Mazas entabla una pequeña polémica con José María Salaverría a cuenta de este tema, que tiene más importancia de la que parece a primera vista. El artículo forma parte de una serie de crónicas que Rafael escribió desde Italia y por ello es una defensa el carácter ruralista del fascismo que entonces gobernaba allí. Pero más allá del interés historiográfico que tiene esa discusión, sirve para ilustrar que en el ámbito falangista siempre se abogó por limitar el crecimiento de las ciudades y repoblar el campo, ya entonces muy despoblado. El artículo:

Cita

ABC EN ITALIA

————

Fascismo, superurbanismo y gran industrialismo. Postdata.

 

Va para siete años que el fascismo fue definido por su creador, Benito Mussolini, «fenómeno rural». Toda Italia y parte de Europa conocen la definición recientemente, a la vuelta de viajes por Italia.

Contestando a mis objeciones —que no le convencen— y a una serie de hechos y de fundamentos legales —que no le desvían de su tesis—, el Sr. Salaverría ha considerado al fascismo «fenómeno granindustrialista» y procedente de centros urbanos e industriales (Milán). Yo afirmé que el fascismo había tomado su fuerza decisiva de regiones agrarias (Toscana y Emilia, sobre todo), prefiriendo la definición consagrada por Mussolini «el fascismo, fenómeno rural» a la definición del Sr. Salaverría. Todo fascista sabe que la roca fuerte del fascismo no han sido los grandes centros industriales. El ilustre escritor afirmaba también que en el fascio se hace la apología antirromana del granindustrialismo y del superurbanismo (rascacielos). Traté (con la mayor objetividad posible) de convencerle que el fascismo hacía, con gran ardor, precisamente todo lo contrario. Me respondió que era yo quien estaba en error, y que el fascismo se ve mejor desde su casa de Madrid que desde mi casa de Roma.

Respeto esta opinión, corno respeto la idea del filósofo griego que, para mejor meditar, se sacó los ojos. Pero, como muestra de apología del granindustrialismo, quiero citar al Sr. Salaverría el recentísimo discurso del secretario general del partido fascista, cuya categoría y responsabilidad equivalen, en el régimen italiano, a las de un ministro de la Corona.

«La despoblación de la campiña —dice Augusto Turati— ha sido consecuencia del periodo inflacionista e industrial de la postguerra. Las grandes industrias han chupado de la campiña la parte mejor de la juventud, haciendo de jóvenes y sanos labradores, obreros enfermos políticamente y casi siempre físicamente. Las grandes industrias han arrancado a la campiña muchedumbres de obreros, que en cuatro o cinco años han dado el mayor contingente a la tuberculosis y a otros morbos graves, cuando no vergonzosos».

En cuanto a la apología del superurbanismo o rascacielos, que el Sr. Salaverría veía brotar del alma del fascio, quiero citar al Sr. Salaverría el último articulo de Benito Mussolini en Il Popólo d'Iltalia.

«Durante  seis años —ha dicho el duce— se han petrificado, hasta la saciedad, millardas a decenas: enteras ciudades han sido creadas en un abrir y cerrar de ojos, y el problema de la vivienda aparece lejano de su solución. Hay hasta cuatro ciudades donde no debería haber hambre de casas, porque no sólo no hay en ellas aumento de población, sino disminución de vivos y aumento de muertos, los cuales tienen necesidad solamente de un modesto subterráneo local...».

Si hay ciudades que crecen, no es por su propia potencia creativa, sino por la ruina del campo. Creo que Mussolini disentiría agriamente del Sr. Salaverría, que consideraba —en su respuesta a mi artículo— puramente «pasiva» la función de la tierra, y únicamente activa la aglomeración supeurbana y granindustrialista. «Echando las cuentas —prosigue Mussolini— se constata que en sólo seis meses, y en ocho ciudades, se han "inurbado" 68.021 personas, cifra que se verá doblada por el próximo semestre. Está cifra no es un signo de potencia, como puede creer algún imbécil, sino un signo certísimo de decadencia, que explica cómo el problema de la vivienda es absolutamente insoluble mientras no se cambie de sistema. Hay un terrible círculo vicioso que romper: cuantas más casas se hacen en la ciudad y cuanta más gente se avecinda en la ciudad —aunque sea tras el infierno preliminar de las barracas—, más casas ocurren. Así se va al infinito, o sea a las ciudades monstruosas, que hoy se ven condenadas a resolver problemas que miran solamente al aspecto elemental, material, animalesco de la vida». (Da la razón a Mussolini en esto J. M. Beck, solicitor general de los Estados Unidos y testigo de mayor excepción en sus conferencias de la Sorbona y de Gray's Inn sobre la civilización noramericana.) «¿Puede Italia —exclama Mussolini—-enterrar decenas de millardas en semejante abismo? ¿No se pueden gastar infinitamente mejor las pocas millardas que tenemos? ¿Hasta cuándo se continuará dilatando el perímetro de las ciudades y cubriendo con cemento armado zonas siempre más y más vastas de fertilísimo terreno?

La palabra de orden —acaba el duce—, que va dirigida indistintamente a todas las categorías del régimen: jerarquías políticas, administrativas, militares, sindicales; a los prefectos, secretarios federales, cónsules de la Milicia, secretarios de Sindicatos, maestros de escuela, periodistas del régimen, a los podestá y a todos aquellos, en fin, que —aun como simples miembros del partido— tienen una responsabilidad moral en el desarrollo y robustecimiento de la revolución fascista; la palabra de orden es ésta: facilitar por todos los medios, y aún —si es necesario— coercitivos, el éxodo de los centros urbanos; dificultar con todos los medios, y aun—si es necesario—con medios coercitivos, el abandono, de los campos; hostilizar con todos los medios la inmigración a oleadas en la ciudad». ¡Buen elogio del urbanismo!

En sucesivos artículos he querido traer a la gran publicidad española de ABC cuantos ejemplos me han sido posibles de las posiciones fascistas contra la inflación urbana y la inflación industrial. No por mero interés informativo. En España la inflación urbana, cómo lo han demostrado estadísticas luminosamente comentadas por El Debate, produce efectos aún mas desastrosos que en Italia. España, la más despoblada de las grandes naciones de Occidente, tiene su futuro ligado al aumento demográfico. Despoblar el campo significa en España un delito de lesa Patria y una hipoteca, terrible sobre las fuentes de nuestra economía. Repoblar el campo es en España cien veces más urgente que en Italia, cuyo campo tiene una población relativa cuatro veces mayor que el nuestro. Poblado y potenciado, nuestro campo sería más rico que el italiano, por traer enormes consecuencias a otros ramos inexplotados de nuestra economía. En segundo lugar, he traído el ejemplo de Mussolini contra la inflación granindustrialista y las industrias artificiales o mendicantes, como en estas mismas columnas lo ha traído también en una brillante y ejemplar campaña Wenceslao Fernández Flórez. También este problema en España es mucho más urgente que en Italia, por ser mayores y más disparatadas las murallas chinas del Arancel protector (el más alto del mundo), y por ser mayor el atraso técnico. En sus editoriales, ABC ha combatido patrióticamente —ayer como hoy— por la reforma de este Arancel, y ha señalado la riqueza agraria como el fundamento de la economía española. No pretendo contradecir a tan querido y admirado escritor y a tan noble y alto amigo como es para mí José María Salaverría. «Admonere voluimus non mordere, prodesse non lae dere, consulere moribus homines non officere». Pretendo llevar, en cuanto mi afán patrio puede, a la conciencia de la opinión y a la conciencia gobernante, un problema gravísimo, al que le bastaría ser de humanidad, de moralidad y de justicia si, además, no fuese el problema de la energía y del porvenir nacionales.

No creo que la tierra sea «pasiva«», como el Sr. Salaverría afirma. No creo que lo deba ser en el mejor futuro de España y de Europa. No lo creía Barrés. No lo creen Spengler, Carlos Benoist y Mussolini. Todos ellos encarnan, ante todo, una doctrina de la actividad maternal del terruño. No es esto, como el Sr. Salaverría afirma, una moda.

La moda es siempre profana. El retorno a la tierra es sacro, y en la Europa de hoy, trágico. La base social de España, de Francia, de Italia, es la tierra. Triste entre todas la época que ha olvidado esta verdad básica y constitucional. «Una consideración —dice Benoist en sus Lois de la polilique française (París, 1927)— debe dominar toda la política económica de Francia. En los términos más generales, puede ser formulada así: «la constitución social de Francia es a base de población naturalmente agrícola. Francia es, "históricamente", una "tierra", y el francés, un "aldeano". Es el fondo del país y de  los hombres. El resto no es sino adventicio y, en cierta medida, que, es cierto, se restringe más cada vez, accesorio. En suma, Francia es rural, y el francés es rural». El Sr. Salaverría comprenderá que se arde por dentro cuando se ve el magnífico ruralismo español, la base de raza más bella e íntegra de Europa, sacrificado a intereses muy inferiores a los que "granindustrialismo" y "superurbanisrno" le podrían oponer en Italia o en Francia. El libro de Benoist no es sino el mejor libro de política realista que se haya producido en toda la postguerra. De sobra, por lo demás, sé que el Sr. Salaverría cuenta entre los escritores que más noblemente han sentido la tragedia de la tierra española. En la misma Inglaterra, en la nación más industrial y mercantil de Europa, se aboga hoy por la «tierra» con mayor calor que en nuestra España. Y es que allí la granindustria empieza a revelarse «pasiva» con 1.500.000 desocupados y todo lo demás que sabemos.

RAFAEL SÁNCHEZ MAZAS

Roma, diciembre, 1928

El artículo tiene dos pegas a mi juicio:

  • Los pasajes que traduce Rafael del italiano y del francés en mi opinión no están del todo bien traducidos, con lo que la idea pierde fuerza.
  • No termina de exponer en toda su amplitud las poderosas razones por las que es necesario evitar la despoblación del campo.

Con todo, el artículo prueba que este tema era de vital interés para el fascismo italiano y para los entonces protofalangistas españoles, y traza un esbozo del problema.

La aglomeración en ciudades de crecimiento ilimitado no trae nada bueno. Históricamente ha precedido a la caída de las civilizaciones. En las macrociudades las masas se entregan a toda clase de inmoralidades y sobre todo se olvidan de procrear. Por lo tanto, para evitar la muerte demográfica de España y para hacer frente a los problemas derivados de la misma (entre ellos la inmigración), es preciso evitar la despoblación del campo y limitar el crecimiento de las ciudades. Por otra parte, la concentración de la población en unas pocas ciudades del territorio nacional es mala para la cohesión nacional y para la economía, además de dejar desprotegido el territorio. Al margen de las razones científicas que pueda haber detrás de esto, a primera vista se intuye que no es bueno que la población se concentre en unas pocas grandes urbes (Madrid, Barcelona, Valencia, Zaragoza, Bibao, Sevilla) mientras el resto va quedando despoblado y desierto. Sería preferible una distribución más homogénea.

Procuraré traer más textos donde se exponga todo esto de una manera más clara. En la Falange de los años 30 se le concedió una especial importancia a este asunto y recuerdo haber leído bastantes textos. Intuyo que en el carlismo también se habrá tratado. Pero la mayoría de las veces no resulta fácil localizar esos textos, por lo que se precisa una revisión paciente.

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Este tema forma para mí parte del tronco del problema al que se enfrenta España. Me gustaría que quedara como hilo permanente en el que ir aportando las ideas que se han venido aportando desde diversos puntos de vista desde el pensamiento pro bien común.

Lo que es indudable es que el medio rural español ha sido históricamente el semillero, la fuente de personas que ha nutrido la nación. Desde los primeros reconquistadores con sus colonos asociados, pasando por los conquistadores a los soldados de tercios hasta la llamada clase obrera en los tiempos más recientes.

Que se seque esa fuente que otrora parecía inagotable es un suceso de verdadera ALARMA NACIONAL. Estamos en un punto histórico gravísimo. Y no solo por la cantidad, que es indiscutible, sino por -y se que esto va a resultar inevitablememnte polémico- también la calidad de esas personas.

Eso por un lado, por el otro el auténtico destrozo nacional. Al mencionado desastre urbano ocasionado por los mastodontes de asfalto y hormigón, la barbarie de la burbuja inmobiliaria más reciente hay que sumarle la desquiciada política de burbujeo con el suelo industrial, con bastantes analogías a la del ladrillo y, cómo no, con la necesaria participación de los gobiernos y su entramado de empresas públicas o semipúblicas.

Quizás podamos ir reuniendo argumentaciones de diversos autores o pensadores. Hace poco leí cosas de Vázquez de Mella muy en la línea.

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Un libro publicado en 1935:

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Por la portada podemos ver que el autor era falangista. Espero hacerme con un ejemplar.

Este otro libro también tiene buena pinta:

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El autor, Emilio Zurano, también era hispanista. Habrá que investigar sobre estos dos autores olvidados.

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La concentración de población en las capitales de provincia y zona periurbana está llevando incluso a casos en que otras ciudades también están perdiendo población (saco esto a colación de un artículo referido al rapidísimo envejecimiento y pérdida de población de la ciudad de Torrelavega, la que se suponía segunda ciudad de Cantabria). También es la que alberga una degradación mayor en sus barrios respecto al tema guettos, problemas de inmigrantes, etc.

 

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No sé si habéis tenido noticia de este libro:

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Yo lo leí hace meses y lo recomiendo. El autor tiene sesgos progres, pero en conjunto es una lectura muy recomendable y muy necesaria, porque aborda uno de los principales problemas de España.

Parece que hay una nueva sensibilidad hacia este tema. Este libro de "La España vacía" fue un éxito de ventas y sigue estando en los primeros estantes de las librerías a pesar de que tiene casi dos años. Y han surgido otros muchos libros que abordan la cuestión. Recojo un artículo que habla de esta nueva literatura:

Cita

Una nueva literatura, al rescate de la España rural

Varios jóvenes autores convierten los libros sobre el abandono y la despoblación del campo en un fenómeno editorial

Miguel Ángel Villena Follow @@mvillenag
23/01/2018 - 21:19h
Sotuélamos (Albacete); casas despobladas / Foto: Javier Robla

Sotuélamos (Albacete); casas despobladas / Foto: Javier Robla

Contra todo pronóstico y por sorpresa irrumpió hace poco más de un año en las librerías La España vacía (Turner), un ensayo cultural narrado a caballo entre la crónica histórica y el reportaje periodístico, escrito por Sergio del Molino (Madrid, 1979). Las buenas críticas en los medios de comunicación, los premios recibidos y, sobre todo, el boca a boca entre los lectores han convertido el libro en una indiscutible referencia y han marcado un antes y un después en la aproximación de las jóvenes generaciones a un mundo que se muere, a una civilización rural que desaparece.

Tras la estela de La España vacía han aparecido o se han reeditado títulos con el denominador común de estar escritos por autores jóvenes que se han aventurado por los caminos de esa enorme región de nuestro país azotada por el abandono, la emigración y el envejecimiento de sus poblaciones. En una lista que podría ser mucho más larga podemos destacar Los últimos. Voces de la Laponia española, de Paco Cerdá; Palabras mayores, de Emilio Gancedo; Vidas a la intemperie, de Marc Badal (estos tres en la editorial Pepitas de calabaza, una editorial radicada en La Rioja); o El viento derruido (editorial Almuzara), de Alejandro López Andrada.

Pero La España vacía ha ido más allá del éxito editorial al poner nombre literario a un territorio, al definir tanto una idea como un sentimiento. Sergio del Molino explica de esta manera a eldiario.es las claves del fenómeno: "Creo que la sensibilidad actual de la sociedad española estaba esperando un libro así. Podríamos decir que este ensayo ha conectado con un ambiente, un estado de ánimo, que estaba aguardando ese debate pendiente sobre la España rural".

Muy lejos tanto de las idealizaciones de los paraísos perdidos como de los desprecios hacia la cultura campesina, Del Molino y los otros autores citados han abordado el tema desde la perspectiva de unos jóvenes nacidos en una España urbana y pretendidamente moderna, pero que ansían conocer el mundo que vivieron sus padres y sus abuelos.

Aquellas fueron unas generaciones que, en muchas ocasiones, no pudieron o no supieron contar los cambios inmensos que experimentó este país en la segunda mitad del siglo XX y cuyos efectos llegan hasta hoy mismo. Decía el antropólogo e historiador Julio Caro Baroja, una autoridad incuestionable, que durante 3.000 años la civilización apenas se transformó en sus aspectos esenciales hasta que llegó el paso de un mundo rural a otro urbano. Del Molino subraya que intentó, sobre todo, emprender un viaje cultural con La España vacía, "una aproximación de explorador" a un mundo que no había vivido pero que representa sus raíces y sus señas de identidad. Ahora bien, estos autores nacidos en los años setenta u ochenta reconocen que han bebido en la tradición reciente que arranca en un maestro como Antonio Machado, sigue con la brillantez de un Miguel Delibes y llega hasta Julio Llamazares que en 1988 publica La lluvia amarilla, una impresionante novela sobre el último superviviente en una aldea del Pirineo aragonés.

Imagen que ilustra la portada del libro 'La España vacía'

Imagen que ilustra la portada del libro 'La España vacía'

Si bien Llamazares (Vegamián, León, 1955) cultiva diversos géneros y temáticas, que van de la novela al periodismo pasando por la poesía, los nuevos exploradores literarios de la España rural señalan al escritor leonés como su referencia más cercana. "Cuando publiqué La lluvia amarilla o Luna de lobos a finales de los ochenta", comenta, "me consideraron un tipo raro, un friki, que se interesaba por historias extrañas. Pero siempre he pensado y sigo pensando que la España real, en la que incluyo por supuesto a ese mundo rural alejado de la costa y de las grandes ciudades, guarda poca relación con el país que aparece en los solemnes debates políticos o en las informaciones de muchos medios de comunicación. Así pues, existe una España callada que se preocupa por temas con fibra emocional como la memoria histórica o la despoblación del campo, unas historias muy importantes alejadas del eterno conflicto en Cataluña o de la corrupción interminable que ocupan toda la atención de la política o del periodismo".

En una línea similar se manifiesta el editor Javier Santillán, responsable de Gadir, uno de los sellos que más ha publicado en los últimos años a clásicos contemporáneos que han narrado esa España marginada (Antonio Ferres, Abel Hernández, Dionisio Ridruejo…). A juicio de Santillán, varios factores están contribuyendo a que este género se abra un hueco entre los lectores. "Han coincidido", afirma, "una cierta añoranza por la vida en el campo, una saturación urbana plagada de posmodernidad y de artificio, un libro que ha actuado de detonante como La España vacía y el apoyo de escritores y críticos de primera fila. Tampoco cabe olvidar que la literatura de viajes en este estilo es capaz de suscitar, por un motivo u otro, la empatía de un sector de lectores".

Sin lanzar las campanas al vuelo y pese a sus temores de que este fenómeno se diluya como una moda más, el editor de Gadir reivindica las miradas inteligentes y sensibles sobre la España rural. Dentro de su catálogo cita El canto del cuco, un agridulce diario del escritor y periodista Abel Hernández nacido en 1937 en Sarnago, un pueblo de Soria deshabitado desde hace años y que un grupo de vecinos ha comenzado a reconstruir y habitar a temporadas en una respuesta popular que enlaza con movimientos como el de Teruel Existe.

La visibilización del abandono

Pero más allá del éxito literario, la pregunta que planea sobre este fenómeno apunta al revulsivo que pueda significar para los poderes públicos, asentados en las poltronas de lejanas urbes, y también para los propios habitantes de esa España vacía. ¿La carga reivindicativa de estos títulos puede colocar el problema en la agenda política? ¿Está provocando reacciones para impedir esta demotanasia (una muerte pacífica de la población), un término acuñado por la investigadora María Pilar Burillo? "Estamos observando ya algunos efectos, aunque sean escasos y con frecuencia oportunistas", opina Del Molino, "y antes o después aumentará la exigencia a los políticos para que atiendan las necesidades de una parte abandonada de nuestro país donde viven gentes que son consideradas como ciudadanos de segunda".  

El autor de La España vacía no olvida que muchos habitantes de urbes como Madrid o Barcelona creen sentirse más cercanos a la vida en Hong Kong que a sus compatriotas de Cuenca o de Huesca, a apenas un par de horas de coche.

Tras décadas de lucha por visibilizar los problemas de esos territorios abandonados, Llamazares se declara escéptico, pero con un punto de esperanza. "La España rural", concluye, "no es rentable políticamente porque representa pocos votos. Ahora bien, estamos viendo que los desequilibrios territoriales en nuestro país significan un lastre insoportable del que surgen otros desequilibrios políticos, económicos o sociales. ¿Acaso los incendios forestales no son más devastadores porque ya casi nadie cuida los bosques? ¿Acaso las nevadas no generan más dificultades porque ya no queda gente en los pueblos para retirar la nieve?".

Una y otra vez sobrevuela sobre la España rural una lúcida y magnífica novela de Miguel Delibes, escrita en los años setenta, en plena euforia de recuperación de la democracia. Todavía hoy El disputado voto del señor Cayo se alza como una insuperable metáfora de la mirada paternalista y despectiva del poder hacia una España rural de la que procedemos todos. Aunque a veces lo ignoremos.

https://www.eldiario.es/cultura/libros/nueva-literatura-rescata-Espana-rural_0_732477586.html

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    • By Hispanorromano
      Creo interesante compartir este artículo sobre el gran tema de nuestro tiempo. Mucho mejor orientado que la mayoría de artículos que abordan esta cuestión, acierta al explicar que el problema es antropológico y no económico. Dos pegas le pongo: 1) que no acuda a la raíz religiosa del problema, aunque la barrunte al decir que sólo rompen la norma los fieles católicos y musulmanes; 2) que sitúe el origen del problema en mayo de 1968, cuando en mi opinión es muy anterior. Pero el artículo es de lo mejor que se ha escrito sobre este tema en la prensa, así que lo recomiendo. Las negritas son mías.
       
    • By Hispanorromano
      Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos:
      1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España;
      2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange;
      3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario.
      A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez.
      Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece.
      _________________________________________________
       
      2) El tema de lo «franco»

      Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.
      Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.

      Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146).

      Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148).

      En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable.
      «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149).


      «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150).

      Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal.
      Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente.
      Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.
      Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.

      Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.
      Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita.

      Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo».
      No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales.
      ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español?

      Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2).
      También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana.
      La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo.

      La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta.
      Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias.

       
      * * *

       
      Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico.
      De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64]
      […]
      España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta.

      Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida.

      Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte.
      Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]
    • By Hispanorromano
      Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos:
      1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España;
      2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange;
      3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario.
      A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez.
      Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece.
      _________________________________________________
       
      2) El tema de lo «franco»

      Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior.
      Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco.

      Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146).

      Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148).

      En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable.
      «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149).


      «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150).

      Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal.
      Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente.
      Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día.
      Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo.

      Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros.
      Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita.

      Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo».
      No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales.
      ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español?

      Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2).
      También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana.
      La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo.

      La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta.
      Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias.

       
      * * *

       
      Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico.
      De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64]
      […]
      España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta.

      Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida.

      Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte.
      Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset.
      [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]

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    • By Hispanorromano
      Yo no quiero ser madre
      Tres mujeres de tres generaciones explican por qué tener hijos no es una prioridad: "Prefiero oír ladrar a un perro que a un bebé"
      Un artículo de Miriam Cos
      Es una de las partes más cruciales en la vida de una mujer. Tener un hijo lo cambia todo, o eso dicen. La vida, la forma de ver las cosas... aunque el problema viene cuando una mujer totalmente fértil decide descartar esta opción. Al cierre de 2018, la natalidad en España había descendido un 5,8%, según datos del Instituto Nacional de Estadística. El crecimiento vegetativo de la población presentó un saldo negativo de 46.590 personas durante la primera mitad del año y el número de matrimonios disminuyó un 5,7% respecto al mismo periodo de 2017. En total, hubo 179.794 nacimientos, el 20% de ellos de madres extranjeras. Pero, ¿cuál es la razón de este declive de la natalidad? ¿Puede ser la economía, la tardía independencia o el empoderamiento de la mujer una razón?
      Rostros conocidos del mundo del cine o la televisión ya han puesto sobre la mesa las razones por las que probar con la maternidad no es una opción en sus vidas."Ser mujer no es sinónimo de madre. Ser madre es una opción, no una obligación. La gente debería dejar hacer al otro lo que le da la gana sin entrometerse en su vida, ya quiera tener siete, dos o ningún hijo", sentenciaba en declaraciones a la prensa la actriz Maribel Verdú. "Hay gente que necesita tener esa experiencia en su vida pero yo no, lo he tenido clarísimo siempre", decía Alaska en el programa de Bertín Osborne, 'En tu casa o en la mía', hace unos meses."Vivo una época de plenitud y, sin embargo, lo que más he oído cuando me he convertido en cuarentañera es 'todavía estás a tiempo de tener un hijo'. ¿Pues sabes qué te digo? Que me declaro en rebeldía ante toda esa gente que te marca el camino. En el tema de las mujeres y los hijos hay muchísimo machismo, indiscreción y osadía. Estoy harta de preguntas impertinentes y prejuicios", aseguraba la periodista Mamen Mendizábal durante una entrevista. El listado se engrosa si se mira al otro lado del charco Cameron Díaz, Jennifer Anniston, Oprah Winfrey, Khloé Kardashian o Ashley Judd son algunas de las caras conocidas.

      "Nunca he querido tener hijos. Todas las razones y motivos por las que los demás me instaban a tenerlos o me avisaban de que ya los tendría, sencillamente no han surtido efecto en mí", asevera Elisa Coca, bailarina y animadora de tiempo libre de 45 años. "Nunca he sentido el instinto maternal, no me entusiasma la tarea de cuidar de otros en ese sentido tan básico de alimentar y limpiar, mi cuerpo no me ha reclamado nunca llenar ningún vacío ni físico ni emocional, no me ha afectado ni he sentido el llamado reloj biológico. Y aún podría tenerlos de modo natural, soy perfectamente fértil, pero no me gusta la idea. Y lo dejaré pasar. Seré la última de mi saga. Tampoco tengo sobrinos", recalca.
      Su decisión no viene de ahora, es algo que ha pensado y sentido durante toda su vida, al igual que Andrea Abasolo, periodista de 27 años, y Alicia Navascuez, socióloga y responsable de recursos humanos de 33, que asegura que "nunca he querido tener descendencia, no lo veo como una necesidad para ser feliz o para sentirme realizada".
      En el caso de Coca, achaca las razones de su decisión a cosas que van más allá que una simple opción personal. "Mis mayores creen que la precariedad laboral y la falta de estabilidad económica hacen que nunca llegue el momento adecuado y se acabe perdiendo la ilusión de ampliar la familia. En este país no hay suficientes alicientes, garantías o ayudas a la maternidad. Si eliges mal el momento y no cuentas con una solidez mínima, puedes llegar a caer en la ruina y nadie te levantará de allí, te remiten al Banco de Alimentos y a Cáritas, y eso da escalofríos", dice. "Si no tienes apoyo familiar -abuelos que cuiden de su nieto mientras tú sigues trabajando, o un marido que os mantenga a los dos-, una mujer lo pasa francamente mal. Y yo no soy una heroína, la situación podría superarme y estaría sola", concreta.
       
      "La gente que no entiende mi decisión tampoco entiende que viva sola. ¿No pasas miedo por la noche?, me dicen"
      Andrea Abasolo - 27 años
      Abasolo se aferra a algo mucho más personal. "Nunca he tenido esa sensibilidad de acercarme a niños pequeños... no sé cómo actuar, no los entiendo. Para mí son máquinas creadoras de residuos, mocos y ruido. Puede que lo que digo suene muy fuerte, pero los veo así. A mí me molesta más un niño llorando que un perro ladrando. ¿Por qué? No tengo ni idea. Y es desde siempre", afirma sin tapujos para dilucidar que "puede que sea algo genético. Nunca he tenido esa psicología infantil para entenderlos o tratarlos. Con 18 años aguanté un mes como niñera. Nunca más. Porque no los entiendo, me desquician, no me sale hacerles tonterías".
      En el caso de Navascuez, las cosas también están más que claras. "Creo que la sociedad y, sobre todo, las mujeres que sí han decidido ser madres, te intentan persuadir contándote todas las ventajas y la felicidad que ser madre te reporta, sin embargo, no te hablan de los muchos problemas a los que te tienes que enfrentar, y de cómo la sociedad y ellas mismas se exigen ser 'super mamás'; profesionales en el ámbito laboral que inviertan tiempo de "calidad" con sus hijos; que vayan siempre a la última moda, que trabajen sus relaciones sociales y por supuesto que no desatiendan su relación de pareja".
      Presión social
      En este sentido, las tres mujeres opinan lo mismo, sobre todo señalando directamente la presión que la propia sociedad ejerce sobre sus decisiones. Sobre todo, Abasolo, aún muy joven, y que tiene que aguantar todo tipo de comentarios por, supuestamente, anticiparse. "Es mi vida y decido hacer lo que me dé la gana. Por no tener hijos no considero que vaya a ser peor persona. Hay gente que me entiende perfectamente y otros tantos que no, y es sorprendente saber que los que menos me entienden son personas de mi edad. Que tampoco se explican que viva sola y llegan a preguntarme cosas como: ¿No pasas miedo tú sola en casa? ¿Cómo te vas tú sola a esquiar?".
       
      "Cuando digo que no quiero tener hijos la gente le pregunta a mi pareja y antes de que conteste me tachan de egoísta"
      Alicia Navascuez - 33 años
      El machismo, la cultura social y lo establecido son las principales cortapisas para que las mujeres con poder de decisión se tengan que ver continuamente cuestionadas. Algo que reafirma más, si cabe, la opción de estas féminas de no tener descendencia. "En parte me gusta escandalizar a esta gente que se cree que por ser mujer no puedes hacer cosas tú sola por tu cuenta y deberías tener hijos. Desde pequeña ya me decían que era un poco chico y, hoy en día, sigo siendo un poco chico, frase considerada machista ahora mismo. Esto lleva implícito el hecho de vivir sola, no querer tener hijos, no necesitar a nadie para nada€ y es muy triste", asevera Abasolo.
      "Llevo 13 años con mi pareja, por lo que es una etapa que ya hemos superado. Sin embargo, antes de llegar a este punto he tenido que tolerar comentarios de todo tipo. Gente que decía que no entendía como una mujer no quería ser madre, que diesen por supuesto que no me gustan los niños o incluso ver como al decir que yo no quería ser madre, se giraban hacia mi pareja y le preguntaba si él no quería ser padre, a la par que me calificaban de egoísta por privarle a él de ello sin tan siquiera esperar a la respuesta", añade Navascuez.
      En opinión de Coca, "ya no hay ese estigma de la solterona de antaño, pero sí es verdad que la familia saca el tema con lástima, como si les estuvieras defraudando. También los grupos de amistades cambian y acabas fuera del círculo de madres con sus historias de potitos y pañales. Eres la rara, la inadaptada. Por qué no tendrás hijos, será que nadie te aguanta; ah, que tienes pareja... entonces será por algún problema de fertilidad. ¿No? Pues qué egoísta".
       
      "Darle una educación como me gustaría se me antoja también imposible, por caro y por las imposiciones y restricciones del sistema actual"
      Elisa Coca - 45 años
      Los residuos de la crisis económica, los sueldos limitados, la conciliación laboral son otros muchos de los factores que hacen que personas en edad de concebir no se lancen a la aventura de la maternidad. No tener un trabajo estable o sí tenerlo también influye. "Dudo que mi vida laboral se estabilice, y si es así, ¿qué tiro de los abuelos? La gente de hoy en día no tiene tiempo para sus hijos y cuando están con ellos el cansancio hace que no les eduquen como es debido", afirma Abasolo.
      "Me cuesta mantenerme y cuidarme a mí y no sé cómo podría hacerlo con mayor mimo con otro ser dependiente. Y darle educación como me gustaría se me antoja también imposible, por caro y por las imposiciones y restricciones del sistema actual", comenta Coca. "Jamás he dudado de mi decisión", concluye Navascuez.
      Fuente: https://www.lne.es/sociedad/2019/03/01/quiero-madre/2434534.html
    • By Hispanorromano
      En otro hilo publiqué un mensaje de Jérôme Bourbon sobre el sector patriótico que me pareció acertado. Comentamos que es un poco inestable en sus opiniones y que por su tendencia al complotismo frecuenta compañías no demasiado recomendables. Pero no me resisto a traducir una serie de tuits que ha publicado sobre la inmigración, pues creo que arrojan mucha luz sobre el problema:
      Es un intento de traducción, así que agradecen correcciones o mejoras.
      Me parece muy acertado todo lo que expone Jérôme Bourbon. De hecho, me parece lo más acertado que se ha escrito dentro del sector patriótico, siempre dado a las consignas fáciles y tramposas. Y tampoco he leído nada así dentro del sector católico, del que se ha apoderado la locura hace mucho tiempo. En esas páginas católicas dicen que los del Aquarius vienen a destripar españoles. (La conclusión inevitable es que debemos destriparlos nosotros antes de que nos destripen.) Un carlista de la CT decía el otro día que había que hundir las pateras a cañonazos. Después me conecté a la página de la CTC y estaban hablando del Plan Kalergi para acabar con la raza blanca. Y eso que éstos parecían los más moderados, con la pinta de seminarista modosito que gasta Garisoain. Se ha perdido el norte desde hace mucho tiempo. Por eso estas palabras de Jérôme Bourbon son tan necesarias. Ponen la cuestión de la inmigración en su justo término.
      Si no estáis de acuerdo, comentadlo sin problema.
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    Spanish Heart

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    • Antes que nada quería remarcar que me estoy refiriendo al contexto de estado liberal que disfrutamos/padecemos.

      Soy uno de esos que en su día cayeron en la moda de meter en el mismo saco a todos los funcionarios y hacerlos deudores de los más diversos agravios.

      Pero he ido modificando mi opinión y llegado a la conclusión de que  gran parte de lo decente en nuestro país ha entrado bajo ese manto y, en buena parte, está dormitando por desmotivación pero que seguro podrían ser, de forma relativamente sencilla, reactivados y recuperados para el bien de España.

      Os pongo aquí un video a una conferencia de un tipo al que le tengo bastante respeto, Alfonso Nieto, un gran experto en derecho administrativo (sé que no os tragaréis la conferencia pero ahí lo dejo y me gustaría hacer unos extractos de la misma con algunas observaciones que me parecen interesantes).

       





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    • Post in Observatorio contra la Hispanofobia y la Leyenda Negra
      Ataque hispanófobo esta vez desde México.

      López Obrador olvida la fundación hispánica del país y vuelve a caer en el indigenismo más ramplón que lleva arrasando el país desde hace ya un par de siglos.¿Quiere volver a sacar a la extracción de corazones a lo azteca, a miles y en vivo?

      El presidente cae definitivamente como opción hispánica.

      Hay que decir que muchísimos mexicanos se están manifestando en las redes sociales en contra de esta estupidez. Aguanta, México.
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    • El terrorismo estocástico y el atentado de Nueva Zelanda
      El pasado octubre se produjo una cadena de sucesos que me hizo pensar que estamos ante una nueva era de terrorismo inducido a través de internet. El día 23 de octubre, George Soros y otros adversarios de Trump empezaron a recibir cartas bomba que no llegaron a causar ninguna víctima. El 27 de octubre un sujeto abrió fuego contra una sinagoga de Pittsburgh y dejó 11 muertos y 7 heridos. El anterior día 26 se produjo otra noticia de la que no se informó en España: Gregory Bush asesinó a dos transeúntes negros; minutos antes había intentado entrar en una iglesia negra para perpetrar una matanza. En cuestión de una semana se produjeron tres acciones terroristas de inspiración identitaria y se dio la casualidad de que los tres terroristas tenían una intensa actividad en internet, donde difundían teorías de la conspiración típicas de la nueva ultraderecha: el Gran Reemplazo, el Plan Kalergi, el Genocidio Blanco, Soros llena EEUU de inmigrantes hispanos, etcétera.

      (...)Hace tiempo alguien habló de terrorismo estocástico para referirse a este nuevo fenómeno en que las comunicaciones masivas, especialmente las redes sociales, inspiran actos de violencia al azar que son estadísticamente predecibles pero individualmente impredecibles. Es decir, cada acto y cada actor es diferente, y nadie sabe quién lo cometerá ni dónde ocurrirá el próximo acto, pero es probable que algo termine ocurriendo. No puedo programar a nadie para que cometa un atentado en tal fecha y lugar, como a veces se decía fantasiosamente en algunas películas de espías, pero sí puedo inundar esa mente colmena que es internet con la suficiente intoxicación como para que alguien termine cometiendo una acción terrorista contra los enemigos que voy designando. No sé cuándo ocurrirá el acto terrorista ni dónde se llevará a cabo, pero es probable que termine ocurriendo un acto terrorista que a su vez facilite los siguientes actos, pues el terrorismo es ante todo propaganda. 
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    • Masacre en Nueva Zelanda ¿Son las redes sociales culpables?
      Como imagino que todos sabréis ya, ayer se produjo una matanza en Christchurch, una pequeña población de Nueva Zelanda donde, un supremacista blanco entró armado con rifles y escopetas en dos mezquitas y comenzó a disparar a todos los que se encontraban dentro, ocasionando 49 muertos y otros tantos heridos de bala, entre ellos mujeres y niños.

      Lo más grave del asunto es que el tipo retransmitió en directo su salvajada a través de Facebook, como si fuera un stream de un videojuego, logrando viralizarse a los pocos minutos de comenzar la matanza. Fue la policía la que tuvo que pedir a esa red social que cortase la emisión ya que durante casi veinte minutos, el asesino estuvo emitiendo impunemente sus crímenes.
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    • La diversificación de la propaganda rusa: PACMA, Podemos y ultraderecha
      La maquinaria rusa de desestabilización política parece que comienza a calentar motores de cara a las próximas citas electorales. Analizamos algunas cuentas en Facebook, bajo bandera de Rusia, que estarían apoyando toda la amalgama de ideologías y movimientos radicales, desde el animalismo hasta la extrema derecha.





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