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  1. Recojo un brillante discurso que pronunció Pedro Henríquez Ureña , dominicano de nacimiento y argentino adoptivo, en el entonces llamado Día de la Raza. Es un encendido una elogio a la obra de España en América. Pero toca otras cuestiones muy interesantes: el sentido del vocablo raza en aquel contexto, la importancia del idioma como vehículo de la tradición, la unidad esencial de los pueblos hispánicos, la gran responsabilidad que tenemos los españoles como continuadores de la tradición romana, la oposición fundamental entre la tradición romana y la germánica, el problema alemán, etcétera. Marco en negrita algunos párrafos que me parecen especialmente inspirados, aunque verdaderamente recomiendo leerlo entero.
  2. COMENTARIO PREVIO: Hace tiempo vi una discusión en BBJ en la que se debatía sobre el papel de los visigodos en España. Dos foreros nuestros, Gerión y Ariki Mau, limitaban la importancia de los visigodos en la Historia de España ante la protesta de varios contertulios de inclinaciones identitarias. Escaneo un fragmento de J. E. Casariego que les da la razón a esos dos foreros y que puede arrojar algo de luz sobre el tema. Jesús Evaristo Casariego fue un buen escritor e insigne carlista que combatió en la Cruzada de 1936. No era nada sectario; tenía gran simpatía por la Falange y en el libro que cito llega a decir que la Monarquía tradicional era totalitaria. No era persona precisamente refractaria al Eje. El tema planteado es muy interesante. Siempre he creído que los visigodos no tuvieron la importancia que algunos les atribuyen y que lo principal (fe y lengua) se lo debemos a Roma. Estas discusiones sobre la Historia de España tienen más importancia de la que parece, pues algunas concepciones pueden dar lugar a visiones heterodoxas y antipatrióticas. J. E. Casariego se está refiriendo implícitamente a Ortega y Gasset. * * * Reducidas a su basamento, enunciadas en esquema, las dos interpretaciones de nuestra Historia ven a España de este modo: LA ORTODOXA: España es el brazo de Dios. Su genio estriba en su catolicidad. Fue grande por ella; decayó al abandonarla. Su resurgimiento estriba en su vuelta a "lo suyo", a su tradición gloriosa y fecunda. LA HETERODOXA: España tuvo la desgracia de no contar con bastante ingrediente germánico. Su plenitud fue ficticia, y por ello poco duradera. El vincularse a la misión de la Iglesia romana fue su ruina. Para salir de esa postración tiene que abandonar esa directriz tradicional y "europeizarse". [...] "LO ROMANO", "LO GERMANO" Y "LO ISLAMITA" EN LA FORMACIÓN DE "LO ESPAÑOL" No cabe duda de que la evolución histórica de España es la más interesante entre las de todas las nacionalidades occidentales. Como el restante litoral Oeste del Mediterráneo, recibió de manos de los navegantes fenicios los primeros destellos de una civilización que ya empezaba a decaer en el Oriente próximo. Más tarde, Cartagineses, helénicos y otros pueblos dejaron en nuestras riberas la marca de su civilización. Pero fuera de estos primeros contactos con las grandes culturas primitivas, fue la fecunda madre Roma la que, al incorporarnos a su Imperio, nos hizo entrar de lleno en el mundo civilizado. Bajo la ciudadanía latina, España demostró la buena calidad de su elemento humano y su gran capacidad para adaptarse, desde un estado poco menos que paleolítico, a la gran cultura romana. Por eso sólo, España dio a Roma más figuras ilustres que todas las demás provincias juntas de su Imperio, figuras que han perdurado y perdurarán, por los siglos de los siglos, al lado de las más famosas de la Metrópoli. A la mayor jerarquía de la antigüedad clásica organizada por Roma llegaron españoles ilustres, como Trajano el Magnífico, Adriano, Teodosio el Grande y Marco Aurelio el Filósofo, de hispánica estirpe. El primer Cónsul extranjero de Roma fue un español. Y ahí están los nombres de Lucio Anneo, Lucano, Quintiliano, Sitio Itálico, Columela, Moderato de Gades, Marcial y Floro, que eran españoles. Así, asimilada la cultura latina, las provincias hispanas eran como otras tantas Romas de Occidente, cuando la más grande fuerza espiritual de los siglos apareció entre nuestros antepasados, adueñándose de ellos: el Cristianismo. Cuando el Cristianismo adquiere carta de naturaleza entre nosotros, enraizándose fuertemente en el suelo de España, la gigantesca armazón imperial de Roma se resquebraja y se hunde con fragor y espanto, corroída en sus cimientos por los vicios gentiles de la paganía y empujada por las incontenibles lanzas de los rudos y audaces pueblos nórdicos, bárbaros toscos de ojos azules, rubia pelambrera y miembros poderosos, que a lomo de caballos escuálidos descendieron como torrentera impetuosa por las amplias calzadas que conducían a Roma, volcándose sobre el mundo latino desde las apretadas y melancólicas selvas de Germania y las brumosas y remotas cuencas del Volga. Y España sufrió, como todas las provincias romanas, la desolación del mundo antiguo que naufragaba. En las márgenes verdes del Turia y en las tierras luminosas del Guadalquivir acamparon los escuadrones germánicos, atónitos ante las piedras de nuestras ciudades, labradas por una civilización esplendorosa. Y entonces, ya sin la tutela política de Roma, aislada España de su antigua Metrópoli, y en poder de aquel mare mágnum de pueblos deslumbrados por la orgía de luz de los campos ibéricos, empieza "lo español" a fijar sus características peculiarísimas. El intenso contraste entre lo invasor y lo indígena lo hace resaltar todavía más. El periodo visigodo es en la historia de España un paréntesis casi vacío. Todo lo que hay en él de consistente y de perdurable es nuestro, fruto del genio español, formado por Roma e iluminado por la vivísima luz del Gólgota. La raza dominadora sólo dejó el recuerdo de su ocio y de sus turbulencias. Del vándalo Gunderico, en los primeros años del siglo y, al visigodo Rodrigo, a principios del VIII, los invasores no dejaron, como dice Menéndez y Pelayo, "ni una piedra, ni un libro, ni un recuerdo". Unicamente prevaleció, durante su dominio físico, un pintoresquismo externo y, en cierto modo, un nuevo concepto jurídico. Y aun esa misma organización jurídica de los godos tiene el sello inconfundible de la superioridad del pueblo dominado por la fuerza del músculo, pero dominador por la fuerza incontenible de la cultura. El propio Guizot —el que no quería contar con nosotros al escribir la Historia de Europa— lo reconoce así cuando dice que dicha organización "lleva y presenta en su conjunto un carácter erudito, sistemático y social; descúbrese en ella el influjo del mismo Clero que prevaleció en los Concilios toledanos". ¡Los Concilios toledanos! Muestras admirables del genio y de la fe de España. Ellos encarnan mejor que nada la superioridad de lo hispánico sobre lo bárbaro durante aquel período, superioridad en todo, y en todos los momentos demostrada. Los ensayistas desarraigados que quisieron monopolizar nuestra vida intelectual no hace muchos años, intentan explicar esto por la baja calidad del factor visigótico —lo peor y más adulterado y corrompido de lo germánico—, muy inferior al ingrediente franco que se asenté en las Galias romanizadas y dio nombre a Francia; pero, ¿por qué no explicar eso con la superioridad y la genialidad del elemento autóctono hispánico sobre el elemento gálico? Los Concilios fueron entonces el fuego sagrado de la cultura y el arca santa que salvaguardó las más puras esencias de la nacionalidad. Frente a sus prelados, sabios, previsores y prudentes, la Monarquía visigoda sólo dio ejemplos execrables de asesinatos y de estériles banderías, de las cuales no nos queda más vestigio literario que las cartas de Sisebuto y Bulgaranos. Dios castigó la esterilidad perturbadora de los invasores haciéndoles desaparecer ante el empuje de los pueblos nuevos del Islam, contra los cuales la reacción fue ya pura y bien definidamente hispánica, sobre todo a partir de la revolución castellana. Jesús Evaristo Casariego, Grandeza y proyección del mundo hispánico, p. 29 y pp. 49-52.
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