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  1. Hispanorromano

    Movilidad y desarraigo

    Comparto con vosotros un pasaje de un libro que me ha parecido interesante, aunque puede que no estéis de acuerdo en algunas cosas (no os cortéis en decirlo). Trata sobre la hipermovilidad que caracteriza al mundo actual y el desarraigo que conlleva. Se lee en 3-4 minutos. Destaco en negrita los pasajes que me parecen más acertados. A los que tengáis la paciencia de leerlo, os formulo una pregunta al final. Si habéis tenido la paciencia de leerlo, me gustaría preguntaros dos cosas: 1) ¿Qué grado de acuerdo tenéis con este texto? 2) ¿Situaríais al autor en la derecha o en la izquierda?
  2. Comentario de El Español Me parece un texto interesante con el que coincido en gran medida. De hecho, siempre he destacado en mi grupo de amigos por ser el único al que no le ha interesado apenas viajar, siendo en cambio todos mis amigos unos grandes viajeros y turistas otros. Siempre he considerado que alrededor de uno se extiende de continuo un impresionante espectáculo de acontecimientos, formas, costumbres, sensaciones y realidades diversas, que bastan para llenar el alma con todo aquello que se necesita para vivir e incluso extasiarse abundantemente, y que a menudo son las prisas, afanes y rutinas las que hacen que todo eso nos pase desapercibido, moviéndonos a buscar fuera lo que ya tenemos en nuestra propia casa. Para mi, los grandes viajes son visitar otros lugares de España, tierra que considero mi patria y por tanto esencia de quiénes somos, y por eso casi todos mis viajes han sido en territorio nacional, excepto una vez que viajamos al Pirineo francés con ocasión de una visita al Santuario de Lourdes. Es decir, siempre en casa porque ¿cómo podría yo valorar la creación entera si no conozco siquiera mi propia casa? ¿Cómo podría yo saborear la sustancia de otros lugares si no conozco ni entiendo la sustancia misma de la que estoy hecho? No me interesa viajar al lejano oriente, ni a los grandes territorios del norte o al África salvaje, por citar destinos habituales entre viajeros, y no porque considere que no tienen valor, belleza o que carezcan de interés alguno sino porque siempre he sabido de alguna forma, que todo lo que puedo encontrar en esos lugares, en el ámbito del ser y las emociones, que es lo que me interesa saborear cuando viajo, puedo encontrarlo también en mis alrededores. Hubo una época que nos dio por viajar a las sierras de Cazorla y la Villas, en Jaén, y mi mujer y yo estuvimos viajando ocho años consecutivos allí, hasta que nos llenamos de todo lo que aquel impresionante entorno podía ofrecernos, saboreando intensamente cada pueblo, historia, conversación, recodo, riachuelo, senda o rincón que pudiéramos encontrar. Viviendo en definitiva muy íntimas y exquisitas experiencias, incluso alguna de carácter místico, que en parte han ayudado a forjar nuestras vidas, sin necesidad de trasladarnos a Noruega a visitar sus fiordos. Lo mismo me ha ocurrido con el Pirineo, Castilla, Asturias, Cantabria, toda la costa mediterránea y sus islas, o con la abandonada y preciosa tierra aragonesa. Soy de los que se pueden pasar horas contemplando y saboreando un mismo paisaje, sin moverme del sitio, hasta extraer de él su esencia más profunda, su historia, su ser, pues pienso que el verdadero viaje está en el interior y en la forma en como acogemos y desentrañamos nuestra realidad más inmediata, estemos donde estemos. Recuerdo una anécdota cuando se celebró la Expo de Sevilla en el 92. Fuimos con unos amigos a pasar allí una semana, y recuerdo que en el tiempo que éstos visitaron todos los pabellones, nosotros apenas visitamos una docena, entre ellos por supuesto el español. Esa lentitud nuestra nos llevó a tener una amarga discusión con ellos, pues nos acusaban de ralentizar al grupo e impedirles ver la riqueza de todo lo que había allí, con la consecuencia de que terminamos yendo nosotros por nuestro lado y ellos por el suyo, hasta el punto de que alguno incluso dejó de hablarnos. Era un poco como si tuvieran la necesidad imperiosa de entrar en todos los sitios, de dejar su marca en todas partes como si eso fuera una prueba tangible de su propia universalidad. A mi modo de ver se trataba de lo contrario, era yo el que podía enriquecerse con todo lo que había allí, y por tanto debía saborearlo despacio para extraer la esencia que se encontraba en lo que cada país quería mostrar. Por supuesto es una anécdota y en una exposición así, tampoco iba yo a conocer la verdadera esencia de los países expositores, pero es una imagen válida para entender cómo viajamos actualmente por el mundo, buscando dejar nuestra huella, como el perro que marca su esquina, en lugar de procurar alimentarnos de las esencias, historias y señales que hay en el mundo. para mí el turismo es eso, gente corriendo de aquí para allá en la búsqueda casi enloquecida de emociones rápidas que nos alejen de nuestra realidad, y que tan pronto pasan como se cambia mentalmente de destino, más por el objeto de presumir sobre dónde hemos estado y lo grandes que somos por ello, que por enriquecernos con lo que hayamos encontrado. Es un poco el reflejo de una vida alegre pero sin sustancia, consumista, que apenas tiene otra utilidad final que la económica. La finca donde vivimos tiene apenas una hectárea, emplazada en una tranquila zona de pinares y cultivos, donde el tiempo se detiene a cada instante para dar paso a esos pequeños acontecimientos que son toda una historia y verdaderamente enriquecen la propia vida. Una conversación con el vecino acerca de la cosecha de olivas de este año; el zorro que viene a comer de lo que le ponemos a los gatos; las tórtolas y pajarillos que a diario vienen a hurtar el grano de las gallinas; un pequeño árbol que trata de hacerse sitio en un roquedal junto a la casa; el águila que se lanza a la caza de una culebra que luego ves colgar de sus garras en las alturas; el caminante que pasa junto a la casa y te cuenta sus historias; el panadero que viene los sábados a traer el pan de toda la semana y te narra sus últimas conquistas de caza o el problema de salud que tiene su hijo; el pastor que pasa con su rebaño bajo la lluvia por la cresta de la sierra desafiando el temporal para poner a salvo sus ovejas; el camino hasta el pueblo donde te cruzas con algún conejo asustadizo o con una familia de codornices atareada en buscar comida; la conversación amable en la parroquia sobre cómo organizar la próxima recogida de alimentos; el ratillo en la tienda de piensos animales conversando con Carlos de los últimos chismes del pueblo; el campanario del pueblo y las historias que te cuenta al pensar en las horas y acontecimientos que ha marcado su reloj; la señora que pasa ya encorvada tirando de su carrito recordando seguramente los tiempos que ha vivido; el viaje semanal a la ciudad para saborear la riqueza del beso y el encuentro con la familia... La vida está llena de preciosas historias cercanas que acontecen a cada momento, llenas de mensajes de esperanza, sentimientos, pasión y fuerza, y que ocurren en el día a día sin que para la mayoría pasan advertidas. A veces pienso que el olvido de la religión, de esa religión profunda que mueve al hombre a buscar en cada cosa el vínculo o señal que le comunique con lo eterno, ha traído la consecuencia de que hemos olvidado vivir, entender y saborear la vida. Dejándonos ciegos ante todas esas historias profundas y maravillosas que marcan el ritmo de los días. Incapaces de entender las señales que el Eterno nos regala en cada instante. Mancos para abrazar la cercanía de los nuestros y cojos para recorrer el verdadero camino de la vida, que sin embargo buscamos ansiosamente en un avión, en tierras lejanas que visitamos no más que para dejar allí nuestra orina, como gatos en celo que marcan sus territorios para decirle al mundo ¡Aquí estoy y mando yo! Pero no se trata de estar sino de ser. Ese es el verdadero viaje. Ignoro la afinidad ideológica del autor de ese texto, pero por lo que yo siento y percibo, intuyo que se trata de alguien que se cuestiona las inercias y dogmas de este mundo y por tanto deduzco que es alguien cercano al tradicionalismo o perteneciente en cambio a esas izquierdas que yo denomino "semiconversas" al estilo de Elvira Roca, Gustavo Bueno, etc, que se plantean si los dogmas modernos en los que han creído, merecen realmente la pena.
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