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  1. La hipocresía secular Lo paradójico de nuestra sociedad actual es que. siendo atea en principio, pretende exigir del hombre de hoy la práctica de las virtudes cristianas. Y esta hipocresía me repugna» (El crepúsculo de los viejos) Por Juan Jesús Priego Rivera Un día de 1931 un periodista de apellido Lefèvre preguntó al escritor francés Georges Bernanos (1888-1948): «¿Le parece justo, señor, que la Iglesia se entrometa en lo temporal? ¿No es esto un contrasentido, sobre todo cuando ella misma asegura que su reino no es de este mundo?». Sin dudar un instante, Bernanos le respondió así: «No escupo sobre la desdicha de nadie. Sólo quiero que se juegue limpio. Lo paradójico de nuestra sociedad actual es que, siendo atea en principio, pretende exigir del hombre de hoy la práctica de las virtudes cristianas. Y esta hipocresía me repugna» (El crepúsculo de los viejos). ¡Qué bien captó el novelista francés la contradicción esencial de nuestra época! Por un lado, se hace todo para que los hombres se olviden de Dios, pero por el otro se les pide que se comporten con la mansedumbre de un San Francisco de Asís; por un lado, se promueve la más abierta irreligión, y por el otro se pide a los ciudadanos que sean dulces, honrados, caritativos y generosos, que nos den de su tiempo, que nos sonrían al pasar y nos cuiden desinteresadamente cuando nos ponemos enfermos. ¿Cómo resolver semejante contradicción? Pues bien, es preciso decirlo: tal contradicción no puede resolverse, pues éstas que se piden al ciudadano son virtudes cristianas, y en un suelo abonado por el ateísmo tan bellas rosas sencillamente no pueden florecer. Cristo lo dijo con claridad: «Yo soy la vid, ustedes los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, como el sarmiento, se seca» (Juan 15, 5ss). Estas palabras del Señor valen también para las virtudes: si se las arranca de Cristo para luego secularizarlas —como se quiere hacer hoy, como de hecho se hace hoy—, ¿durante cuánto tiempo vivirán todavía? Su suerte, indudablemente, será la de las hojas que se han separado de la rama que los nutría. En su libro Por un orden católico (1934), el filósofo francés Étienne Gilson (1884-1978) habló largamente sobre este asunto, y, entre otras cosas, dijo también esta verdad irrebatible: «Es absurdo querer descristianizar un país sin desmoralizarlo… El error fatal del radicalismo francés (y también del mexicano, añado yo) consiste en haber querido conservar la moral cristiana, haber ensayado mantener una sociedad fundada sobre las virtudes cristianas sin conservar el Cristianismo, porque sólo él había introducido en el mundo esas virtudes y sólo él puede hacerlas vivir... Libertad, igualdad, fraternidad: éstas son tres virtudes cristianas y es en vano querer hacerlas vivir fuera de la única doctrina que posee el secreto de su aparición». Sin embargo, no nos limitemos sólo a las virtudes; tomemos también, por ejemplo, los llamados derechos humanos, de los que hoy se habla hasta el cansancio. Bien, ¿dónde está escrito que haya que respetar al hombre, dónde que haya que casi venerarlo? No nos engañemos: en la Biblia, ese libro del que ha abjurado la Modernidad. Dios es el garante de la dignidad del hombre, es Él quien ha dicho: «No matarás» (Éxodo 20, 13), pues la vida es sagrada; pero si no hay Dios, ¿quién lo defenderá de los que quieren acabar con él? «El que mate a Caín, lo pagará siete veces» (Génesis 4, 15). En un mundo gobernado por Dios, hasta Caín tiene derecho a vivir; pero si no hay Dios, ¿quién protegerá a Caín de los asesinos? ¿Y quién, sobre todo, a Abel? Y, por lo demás, ¡cómo causan risa esas campañas que de cuando en cuando suele emprender el Estado mexicano para animar a los ciudadanos a practicar la honestidad! Hace unos años llenó las calles de cartelones con fotos de hombres y mujeres cuyos nombres eran, verbigracia, Justo Pérez, Honesto Mendoza, Laboriosa Ortiz. Y uno, al verlos, se preguntaba: «¿Creen de veras los autores de este despliegue publicitario que con cosas como éstas van a hacer de nosotros gente más justa, honesta y laboriosa? ¡Qué ilusos son y qué mal conocen el corazón humano! ¡Para ser justo, honesto y laborioso se necesita algo más que unas pancartas! Se necesita un Dios que premie las buenas acciones y castigue las malas. Ya es hora de decirlo: sin una base teológica se hace muy difícil, si no imposible, defender ciertos valores. ¿Cuáles? Precisamente esos que nuestros Estados ateos quieren que pongamos en práctica para que pueda al menos sobrevivir la especie humana en esta vasta jungla en la que se ha convertido el universo. Dijo una vez Max Horkheimer (1895-1973), el famoso —y ateo— pensador alemán: «Sin una base teológica, la afirmación de que el amor es mejor que el odio resulta absolutamente inmotivada y carente de todo sentido». Y añadió: «¿Por qué tendría que ser el amor mejor que el odio? Después de todo, aplacar el propio odio causa a menudo más satisfacción que aplacar el propio amor». Claro, claro, así es. Si Dios no existe —como muy bien afirmó Dostoievski—, todo está permitido. Y si todo está permitido, hay más de tres razones para echarse a temblar. En un ensayo de 1929, Gilbert K. Chesterton hizo la siguiente advertencia: «El hecho es éste: que todo el mundo moderno, con sus modernas agitaciones, está viviendo de su capital, que es católico. Está usando y malgastando las verdades que le quedan del viejo tesoro de la Cristiandad… No está produciendo cosas nuevas que pueda llevar lejos en lo futuro. Por el contrario, está recogiendo cosas viejas que no puede llevar a ninguna parte. Porque éstos son los dos signos de los modernos ideales morales: primero, que han sido encontrados y arrancados de manos antiguas o medievales; y segunda, que se marchitarán pronto en manos modernas… (La modernidad) sacó leños encendidos la hoguera inmortal; pero la verdad es que aunque sus herejes blandieron las antorchas furiosamente, como si quisieran quemar con ellas el mundo entero, la verdad es que se les apagaron muy pronto entre las manos». ¡No nos engañemos! Sin el cristianismo, el mundo se convertirá pronto en una selva. Por lo cual es preciso decir lo siguiente, aunque parezca pedante: el mundo del futuro será cristiano o simplemente no será (porque ya no existirá). La hipocresía secular
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