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  1. Hispanorromano

    Movilidad y desarraigo

    Comparto con vosotros un pasaje de un libro que me ha parecido interesante, aunque puede que no estéis de acuerdo en algunas cosas (no os cortéis en decirlo). Trata sobre la hipermovilidad que caracteriza al mundo actual y el desarraigo que conlleva. Se lee en 3-4 minutos. Destaco en negrita los pasajes que me parecen más acertados. A los que tengáis la paciencia de leerlo, os formulo una pregunta al final. Si habéis tenido la paciencia de leerlo, me gustaría preguntaros dos cosas: 1) ¿Qué grado de acuerdo tenéis con este texto? 2) ¿Situaríais al autor en la derecha o en la izquierda?
  2. Hispanorromano

    La soledad en la gran ciudad

    El lado oscuro de la recuperación española: te quedarás solo y no sabrás por qué Cada vez son más los jóvenes que manifiestan que se sienten solos. Individualismo, precio de la vivienda, malos empleos o inestabilidad son solo algunos factores de esta ecuación Es Valdeluz, pero podría ser cualquier lugar: todos los desarrollos urbanísticos se parecen. (Reuters/Susana Vera) Héctor G. Barnés Tiempo de lectura7 min 23/12/2018 05:00 - Actualizado: 23/12/2018 12:06 Salgo del metro de Manuela Malasaña y lo que antes era campo, ahora son viviendas de protección oficial. No esa Malasaña de bares de viejos para pijos y galerías que venden aire a precio de oro. Me refiero a la Malasaña de Móstoles, hace 15 años un páramo en mitad de la nada y que hoy es un minipueblo que ha acogido a jóvenes recién independizados e inmigrantes. Casi nadie se refiere a ella por ese nombre. Es el PAU, que aunque evoque a Gasol, en realidad revela el origen modesto del barrio: Programa de Actuación Urbanística. Un barrio a las afueras de esa afuera que es Móstoles. Por algún designio arquitectónico que desconozco, el PAU es como uno de esos edificios de los suburbios londinenses que salen en las pelis de chavs ingleses, pero sin chavs. Por no haber, no hay ni mostoleños. La piscina está tapada, los columpios vacíos y los apartamentos parecen macroataúdes en un cementerio que se extiende ante un descampado que, si cruzásemos, llegaríamos a aquel templo bakala que era la Fabrik. Al PAU se acaba de mudar un amigo que agradece que haya gastado más de una hora en el metro para llegar a su casa. Lo he escrito alguna vez: ya se sabe que Móstoles está mucho más lejos de Madrid que Madrid de Móstoles. Entre cortezas y cervezas, me cuenta que está contento por haberse independizado —matiz: por tercera vez—, pero que no está siendo fácil. A la periferia de la periferia nadie quiere ir, así que es él el que se desplaza continuamente. Primer problema: trabaja desde casa, así que siente que el ritmo de su vida va al revés que el del resto. Él quiere salir de esas cuatro paredes cuando los asalariados desean llegar cuanto antes a casa a descansar. Segundo problema: ha pasado un año trabajando fuera de España, y a la vuelta se ha encontrado con que sus amigos —nosotros— le respondemos con evasivas. Su compañero de piso no pasa mucho por casa así que, básicamente, puede pasar días sin hablar con casi nadie. Su biografía no tiene nada de especial ni su carácter es extraño. Ni es el único. A lo largo del último año, me he cruzado con bastantes personas que pertenecen a una amplia generación —generosamente, de los 25 a los 45 años— y que experimentan en mayor o menor grado una soledad inesperada. Es el "hoy no salgo porque no me apetece" que en realidad encubre el "no salgo porque no tengo con quién". Se suele hablar (tampoco demasiado) de la soledad de los ancianos, y quizá esta derivada tan solo sea la antesala de lo que nos espera en una sociedad en la que la salida del hogar familiar conduce a una diáspora vital marcada por relaciones (amorosas y amistosas) temporales, fragmentadas y que pueden desaparecer en cualquier momento. La teoría española del amor Un resbalón y te quedas solo. Hay distintos factores que quizá expliquen esta situación. La precariedad, que obliga a adoptar horarios cada vez más exóticos fuera del tradicional de oficina. Las largas jornadas laborales. El autoempleo, que atomiza a los trabajadores o, como mucho, los reúne en centros de 'coworking' donde cada día cambian las caras. La diáspora urbana por los precios de la vivienda, que obligan a abandonar el barrio o el pueblo de siempre y probar sitio en lugares donde no se conoce a nadie. La migración a las ciudades para encontrar empleo, que obliga a romper los lazos con los orígenes. La amistad en el 'coworking' es efímera. (EFE/Julio Muñoz) Algunos de estos factores aparecen recogidos en el último estudio sobre Pobreza Juvenil del Consejo de la Juventud de España, que recuerda que los jóvenes son también población en riesgo: su tasa de temporalidad casi se sale del cuadro. Otros parecen más coyunturales, y no sé si son una cuestión generacional o histórica. Algunas de las personas de las que hablo han dado el paso en los últimos años, cuando la supuesta recuperación económica se lo ha permitido (la media de edad de independencia en España es de 29,3 años), quizá para verse abocados a una nueva inestabilidad donde las certezas del mundo laboral y el personal se desvanecen. Un documental que se puso de moda hacer un par de años, 'La teoría sueca del amor', contaba cómo el triunfo del eficientísimo Estado de bienestar escandinavo había fragmentado las relaciones personales. Uno de cada tres ancianos muere solo, la tasa de suicidios es una de las más altas de Europa y la mayoría de la gente vive sola. Lo que la película ponía de manifiesto es que la autonomía del individuo, la posibilidad de vivir, trabajar e incluso disfrutar sin ayuda de nadie, había provocado una epidemia de soledad. Y no olvidemos que el suicidio es la principal causa de muerte juvenil: como señalaba Diana Díaz, la directora del servicio de auxilio telefónico de la Fundación Anar, la mayoría de los jóvenes que les llaman se sienten solos. Es posible que en España haya ocurrido algo semejante: la recuperación económica ha dado para disfrutar de un poco más de independencia, pero no para mejorar de verdad nuestra calidad de vida. Así dicho, puede sonar a que la solución se encuentra en la familia o la pareja, que eran las instituciones que antiguamente se daban paso la una a la otra y evitaban que la persona cayese en ese vacío de los 20 a los 30. Lo dudo. La soledad moderna es más insidiosa y puede experimentarse en cualquier lugar, incluso rodeado de gente; de hecho, una de las razones más habituales por las que estos jóvenes se sienten solos es porque la relación con sus padres no es buena. Ni hablemos del amor y de las soledades metafísicas que puede llegar a producir. Uno de los aislamientos más peligrosos es el de las parejas que rompen lazos con los demás, conformándose con su presencia mutua. Están tan solas que únicamente se tienen el uno al otro. Querías anonimato, tienes olvido Yo también lo he hecho, yo también he utilizado el término "epidemia" para referirse a esta acumulación de soledades. A uno de los pocos a los que aparentemente no les parece bien es al sociólogo Eric Klinenberg. En 'The New York Times', argumentaba que, a pesar de la disolución de viejas instituciones que creaban lazos sociales como las organizaciones vecinales, los sindicatos o las parroquias, en realidad casi ningún dato corroboraba esta tendencia. El pánico, argumentaba el director del Instituto de Conocimiento Público de la Universidad de Nueva York, es mal consejero para atajar problemas. Pero que la gente se sienta sola si no lo está más que en otras épocas nos dice mucho acerca de la naturaleza de nuestras relaciones sociales. Las nuevas formas de comunicación nos han facilitado el derecho a sentirnos completamente solos mientras mantenemos conversaciones con veinte personas diferentes repartidas por todo el planeta. Uno puede sentirse así en un concierto, rodeado de miles de personas; en el trabajo, cuando los superiores que te han dando órdenes durante años ni siquiera recuerdan tu nombre; en el metro, lleno de personas tan solas como tú. Amamos el anonimato pero tenemos que soportar su efecto secundario, el olvido. Iconos del capitalismo tardío. (Foto: Héctor G. Barnés) Vuelvo al metro del PAU, acompañado por mi amigo, y admiramos los edificios que rodean la boca del metro. Me confiesa que la primera vez que llegó a su nueva casa, le sacó una foto, así que saco el móvil del bolsillo y le muestro la que yo he hecho lo mismo antes de quedar con él. No sé qué hay en esos edificios en forma de panal de abejas que resulta tan hipnótico. Quizá son tan fantasmagóricos como esas fábricas abandonadas que forman parte esencial del imaginario de la era postindustrial, otro de los grandes iconos de las contradicciones del capitalismo tardío, casas pensadas para vivir donde parece que no habita nadie. Antes de despedirme, le prometo que volveré pronto. Una semana más tarde, me pregunta si quiero quedar. Le doy largas, la periferia de la periferia está muy lejos y yo me siento demasiado solo. https://blogs.elconfidencial.com/alma-corazon-vida/mitologias/2018-12-23/amigos-soledad-lado-oscuro-recuperacion_1720082/
  3. Comentario de El Español Me parece un texto interesante con el que coincido en gran medida. De hecho, siempre he destacado en mi grupo de amigos por ser el único al que no le ha interesado apenas viajar, siendo en cambio todos mis amigos unos grandes viajeros y turistas otros. Siempre he considerado que alrededor de uno se extiende de continuo un impresionante espectáculo de acontecimientos, formas, costumbres, sensaciones y realidades diversas, que bastan para llenar el alma con todo aquello que se necesita para vivir e incluso extasiarse abundantemente, y que a menudo son las prisas, afanes y rutinas las que hacen que todo eso nos pase desapercibido, moviéndonos a buscar fuera lo que ya tenemos en nuestra propia casa. Para mi, los grandes viajes son visitar otros lugares de España, tierra que considero mi patria y por tanto esencia de quiénes somos, y por eso casi todos mis viajes han sido en territorio nacional, excepto una vez que viajamos al Pirineo francés con ocasión de una visita al Santuario de Lourdes. Es decir, siempre en casa porque ¿cómo podría yo valorar la creación entera si no conozco siquiera mi propia casa? ¿Cómo podría yo saborear la sustancia de otros lugares si no conozco ni entiendo la sustancia misma de la que estoy hecho? No me interesa viajar al lejano oriente, ni a los grandes territorios del norte o al África salvaje, por citar destinos habituales entre viajeros, y no porque considere que no tienen valor, belleza o que carezcan de interés alguno sino porque siempre he sabido de alguna forma, que todo lo que puedo encontrar en esos lugares, en el ámbito del ser y las emociones, que es lo que me interesa saborear cuando viajo, puedo encontrarlo también en mis alrededores. Hubo una época que nos dio por viajar a las sierras de Cazorla y la Villas, en Jaén, y mi mujer y yo estuvimos viajando ocho años consecutivos allí, hasta que nos llenamos de todo lo que aquel impresionante entorno podía ofrecernos, saboreando intensamente cada pueblo, historia, conversación, recodo, riachuelo, senda o rincón que pudiéramos encontrar. Viviendo en definitiva muy íntimas y exquisitas experiencias, incluso alguna de carácter místico, que en parte han ayudado a forjar nuestras vidas, sin necesidad de trasladarnos a Noruega a visitar sus fiordos. Lo mismo me ha ocurrido con el Pirineo, Castilla, Asturias, Cantabria, toda la costa mediterránea y sus islas, o con la abandonada y preciosa tierra aragonesa. Soy de los que se pueden pasar horas contemplando y saboreando un mismo paisaje, sin moverme del sitio, hasta extraer de él su esencia más profunda, su historia, su ser, pues pienso que el verdadero viaje está en el interior y en la forma en como acogemos y desentrañamos nuestra realidad más inmediata, estemos donde estemos. Recuerdo una anécdota cuando se celebró la Expo de Sevilla en el 92. Fuimos con unos amigos a pasar allí una semana, y recuerdo que en el tiempo que éstos visitaron todos los pabellones, nosotros apenas visitamos una docena, entre ellos por supuesto el español. Esa lentitud nuestra nos llevó a tener una amarga discusión con ellos, pues nos acusaban de ralentizar al grupo e impedirles ver la riqueza de todo lo que había allí, con la consecuencia de que terminamos yendo nosotros por nuestro lado y ellos por el suyo, hasta el punto de que alguno incluso dejó de hablarnos. Era un poco como si tuvieran la necesidad imperiosa de entrar en todos los sitios, de dejar su marca en todas partes como si eso fuera una prueba tangible de su propia universalidad. A mi modo de ver se trataba de lo contrario, era yo el que podía enriquecerse con todo lo que había allí, y por tanto debía saborearlo despacio para extraer la esencia que se encontraba en lo que cada país quería mostrar. Por supuesto es una anécdota y en una exposición así, tampoco iba yo a conocer la verdadera esencia de los países expositores, pero es una imagen válida para entender cómo viajamos actualmente por el mundo, buscando dejar nuestra huella, como el perro que marca su esquina, en lugar de procurar alimentarnos de las esencias, historias y señales que hay en el mundo. para mí el turismo es eso, gente corriendo de aquí para allá en la búsqueda casi enloquecida de emociones rápidas que nos alejen de nuestra realidad, y que tan pronto pasan como se cambia mentalmente de destino, más por el objeto de presumir sobre dónde hemos estado y lo grandes que somos por ello, que por enriquecernos con lo que hayamos encontrado. Es un poco el reflejo de una vida alegre pero sin sustancia, consumista, que apenas tiene otra utilidad final que la económica. La finca donde vivimos tiene apenas una hectárea, emplazada en una tranquila zona de pinares y cultivos, donde el tiempo se detiene a cada instante para dar paso a esos pequeños acontecimientos que son toda una historia y verdaderamente enriquecen la propia vida. Una conversación con el vecino acerca de la cosecha de olivas de este año; el zorro que viene a comer de lo que le ponemos a los gatos; las tórtolas y pajarillos que a diario vienen a hurtar el grano de las gallinas; un pequeño árbol que trata de hacerse sitio en un roquedal junto a la casa; el águila que se lanza a la caza de una culebra que luego ves colgar de sus garras en las alturas; el caminante que pasa junto a la casa y te cuenta sus historias; el panadero que viene los sábados a traer el pan de toda la semana y te narra sus últimas conquistas de caza o el problema de salud que tiene su hijo; el pastor que pasa con su rebaño bajo la lluvia por la cresta de la sierra desafiando el temporal para poner a salvo sus ovejas; el camino hasta el pueblo donde te cruzas con algún conejo asustadizo o con una familia de codornices atareada en buscar comida; la conversación amable en la parroquia sobre cómo organizar la próxima recogida de alimentos; el ratillo en la tienda de piensos animales conversando con Carlos de los últimos chismes del pueblo; el campanario del pueblo y las historias que te cuenta al pensar en las horas y acontecimientos que ha marcado su reloj; la señora que pasa ya encorvada tirando de su carrito recordando seguramente los tiempos que ha vivido; el viaje semanal a la ciudad para saborear la riqueza del beso y el encuentro con la familia... La vida está llena de preciosas historias cercanas que acontecen a cada momento, llenas de mensajes de esperanza, sentimientos, pasión y fuerza, y que ocurren en el día a día sin que para la mayoría pasan advertidas. A veces pienso que el olvido de la religión, de esa religión profunda que mueve al hombre a buscar en cada cosa el vínculo o señal que le comunique con lo eterno, ha traído la consecuencia de que hemos olvidado vivir, entender y saborear la vida. Dejándonos ciegos ante todas esas historias profundas y maravillosas que marcan el ritmo de los días. Incapaces de entender las señales que el Eterno nos regala en cada instante. Mancos para abrazar la cercanía de los nuestros y cojos para recorrer el verdadero camino de la vida, que sin embargo buscamos ansiosamente en un avión, en tierras lejanas que visitamos no más que para dejar allí nuestra orina, como gatos en celo que marcan sus territorios para decirle al mundo ¡Aquí estoy y mando yo! Pero no se trata de estar sino de ser. Ese es el verdadero viaje. Ignoro la afinidad ideológica del autor de ese texto, pero por lo que yo siento y percibo, intuyo que se trata de alguien que se cuestiona las inercias y dogmas de este mundo y por tanto deduzco que es alguien cercano al tradicionalismo o perteneciente en cambio a esas izquierdas que yo denomino "semiconversas" al estilo de Elvira Roca, Gustavo Bueno, etc, que se plantean si los dogmas modernos en los que han creído, merecen realmente la pena.
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