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  1. Dion Casio Mientras que otros continuaban empeñados en someter a aquellas tribus, Tiberio regresó a Roma tras el invierno en que Quinto Sulpicio y Cayo Sabino asumieron el consulado. Augusto, que le salió al encuentro en los suburbios de la ciudad, lo acompañó hasta los Septa y allí saludó al pueblo desde la tribuna. A continuación celebró todos los actos apropiados para tales circunstancias y ofreció, por medio de los cónsules, juegos triunfales. Los caballeros, con mucha insistencia, solicitaron durante aquellas ceremonias que se derogara la ley sobre los solteros y sobre los que no tienen hijos. Augusto reunió en el foro, en un lado, a los solteros y, en otro, a los que estaban casados o los que tenían hijos. Y al comprobar que estos últimos eran muchos menos que los primeros, se dolió y se dirigió a ellos con las siguientes palabras: «Aunque ciertamente sois pocos en comparación con la vasta multitud de la ciudad, y sois muchos menos que todos aquellos que no quieren cumplir con alguno de sus deberes, yo, por mi parte, sólo puedo elogiaros por vuestro comportamiento. Os guardo el mayor de los reconocimientos porque sois obedientes y engrandecéis la patria. Y es gracias a quienes viven como vosotros que los romanos, en el futuro, serán una gran nación. Pues aunque al principio fuimos un pueblo pequeño, después, cuando comenzamos a practicar el matrimonio y empezamos a tener hijos, superamos a todos los demás pueblos, no sólo en virilidad sino en número de hombres. Con esta idea en la mente, debemos ofrecer un consuelo a la esencia mortal de nuestra naturaleza con la eterna sucesión de generaciones, al modo de antorchas, para que convirtamos en inmortal, con la sucesión de unos a otros, el único aspecto de nuestra naturaleza en que la felicidad de los dioses nos supera. Pues por esta razón, fundamentalmente, aquel primer y gran dios, el que nos creó, dividió en dos la raza de los mortales, haciendo una mitad masculina y otra mitad femenina, y les insufló el deseo y la necesidad de mantener relaciones entre ellos. Hizo que aquella relación fuera fecunda para que, gracias a los nacimientos constantes, la naturaleza mortal se transformara, de alguna manera, en eterna. E incluso de los mismos dioses, a unos se les considera masculinos y a otros femeninos. La tradición asegura que unos han engendrado a los otros y que estos han sido engendrados de aquellos. Y así también consideran hermoso el matrimonio y el nacimiento de los hijos quienes no tienen ninguna de necesidad de ellos. »En consecuencia, actuasteis con rectitud porque imitasteis a los dioses, con rectitud porque imitasteis a vuestros padres para que, de la misma manera que aquellos os engendraron, así vosotros podáis engendrar a vuestros hijos, y para que, de la misma manera que vosotros los consideráis y los llamáis antepasados, así también a vosotros algún día os puedan tener en la misma consideración y dar el mismo título; para que todas aquellas nobles acciones que ellos acometieron y os legaron rodeadas de fama, también vosotros podáis legarlas a otros; para que las propiedades que ellos adquirieron y os legaron, también vosotros las leguéis a quienes hayan nacido de vosotros. ¿No es el mejor don una esposa casta, que guarde la casa, buena administradora, que sepa criar a sus hijos, que te alegre en la salud y te cuide en la enfermedad, que te acompañe en la felicidad y te consuele en la desgracia, que sepa contener la naturaleza alocada de la juventud y que temple la rigurosa severidad de la vejez? ¿No es dulce levantar al hijo nacido de ambos, criarlo y educarlo, imagen de nuestro cuerpo, imagen de nuestra alma, de tal modo que durante su crianza nazca dentro de él otra persona? ¿No es el mayor bien, en el momento de abandonar esta vida, dejar como sucesor y heredero tanto de la estirpe como del patrimonio a alguien nacido de ti mismo, separarse de la vida humana pero seguir vivo en su descendencia, y que nada de eso caiga en manos de extraños, como en la guerra, ni muera totalmente, como en la peste? »Estas son las ventajas de índole privada de las que gozan los que se casan y tienen hijos. Para el bien público, por el que nos hemos visto obligados a emprender muchas acciones contra nuestra voluntad, ¿cómo no va a ser algo hermoso y necesario —siempre que existan ciudades y pueblos, y siempre que vosotros gobernéis sobre los demás y ellos sean vuestros súbditos— que en tiempos de paz una muchedumbre trabaje la tierra, surque los mares, practique las artes y ejerza los oficios, y que en tiempos de guerra proteja todo lo que tenemos con el mejor de los ánimos por mor del linaje, así como que otros reemplacen a los caídos? A vosotros, varones —quizá sois los únicos que con propiedad deberíais recibir este nombre— y padres —título que merecéis tanto como yo—, os estimo el mérito y por esta razón os ensalzo. Y no sólo os honro con los premios que ya os concedí sino que, además, os llenaré de orgullo con otros honores y magistraturas, de modo que disfrutéis de grandes beneficios y los leguéis a vuestros hijos sin ninguna merma. Pasaré ahora a los demás, a los que nunca hicieron nada similar a lo que vosotros habéis hecho y que por eso acabarán recibiendo exactamente lo opuesto, para que no sólo en mis palabras sino aún más en mis acciones comprendáis en cuánto los superáis». Tras estas palabras y después de haber otorgado prebendas a algunos de ellos y de prometer otras a otros, se dirigió a los demás y les dijo lo que a continuación se recoge: «Perplejo me enfrento a esta situación. ¿Cómo debería llamaros? ¿Hombres, si no estáis cumpliendo ninguno de los deberes propios de los hombres? ¿Ciudadanos, cuando la ciudad muere por vuestra actitud? ¿Romanos, si estáis en el intento de destruir ese nombre? No obstante, quienesquiera que seáis, cualquiera que sea el nombre que os convenga, perplejo me enfrento a esta situación. Pues aunque siempre he estado haciendo todo lo posible en pro del aumento de vuestro número y ahora tenía la intención de reprenderos, veo, con desagrado, que sois muchos. Hubiese preferido que aquellos otros a los que antes me dirigí fueran tantos como veo que sois vosotros y que vosotros, o bien estuvierais colocados con ellos o, si no, que no estuvierais aquí. Vosotros, sin tener en consideración la providencia divina ni el respeto a vuestros progenitores, deseáis hacer desaparecer toda vuestra estirpe y convertirla, así, en mortal, y también echar a perder y poner fin a todo el linaje romano. ¿Cuál sería la semilla humana que quedaría si todos los demás hicieran lo mismo que vosotros? Convertidos en modelo de todos ellos, con toda razón vosotros cargaríais con la responsabilidad de su radical desaparición. E incluso si nadie os imitara, ¿no deberíais ser odiados con toda razón por esta causa precisamente, porque despreciáis lo que nadie despreciaría, descuidáis lo que nadie descuidaría y porque implantáis usos y costumbres tales que, si todos los siguieran, todos perecerían, pero que si los aborrecieran, entonces, deberíais ser castigados por ellas? De ningún modo perdonamos a los asesinos porque no todos cometamos asesinatos, ni dejamos marchar a los sacrílegos porque no todos cometamos sacrilegio; cuando se coge a alguien que ha cometido algún acto prohibido, se le castiga por la sencilla razón de que, ya sea solo o en compañía de algún otro, ha cometido lo que nadie habría hecho. E incluso si alguien enumerase los más grandes crímenes, todos esos nada serían frente al que vosotros estáis cometiendo ahora, no sólo si se comparasen uno a uno sino también aunque se comparasen todos juntos a este único crimen. Pues también os mancháis con la sangre del delito cuando decidís, desde el principio, no engendrar a quienes habrían debido ser vuestros descendientes. Estáis cometiendo sacrilegio cuando termináis con los nombres y los honores de vuestros ancestros. Cometéis impiedad cuando destruís vuestras estirpes que vieron la luz gracias a los dioses, así como cuando aniquiláis la mayor de sus ofrendas, la naturaleza humana, destruyendo con esa acción sus ritos y sus templos. Y además también estáis destruyendo el orden político puesto que no os sometéis a las leyes. Estáis traicionado a vuestra patria haciéndola estéril y carente de descendencia; la estáis minando en sus fundamentos, convirtiéndola en un páramo de habitantes futuros. Pues, de alguna forma, la ciudad son sus hombres y no las casas, los pórticos y las plazas vacías de gentes. »Considerad cómo se hubiese encolerizado, con toda justicia, Rómulo, nuestro fundador, si hubiese tenido ocasión de reflexionar sobre las circunstancias en las que él vino al mundo y vuestras actitudes, por las que no queréis tener hijos de vuestros matrimonios legítimos. Considerad cuánto se hubiesen enfadado sus compañeros romanos si hubiesen sabido que, mientras que ellos tuvieron que raptar doncellas extrañas, a vosotros no os agradan las propias y que, mientras que ellos engendraron sus hijos incluso en mujeres enemigas, vosotros no los engendráis ni con mujeres que poseen la ciudadanía. Cómo habría sido la cólera de Curcio, quien llegó a aceptar la muerte con el fin de que quienes ya se habían casado no fuesen privados de sus esposas. Cómo habría sido la de Hersilia, quien acompañó a su hija y fundó entre nosotros todos los ritos nupciales. Ahora bien, nuestros antepasados incluso hicieron la guerra a los sabinos en defensa de sus matrimonios y la terminaron cuando sus esposas e hijos los reconciliaron; por ellos pronunciaron juramentos y firmaron acuerdos de paz. Pero vosotros habéis reducido a la nada todo aquello. Y ¿por qué? ¿Quizá para que vosotros podáis vivir siempre sin esposa a la manera de las sacerdotisas que, tras haber hecho voto de castidad perpetua, viven sin esposos? Pues entonces deberíais ser castigados como ellas si cometéis algún acto impúdico. »Bien sé que os parece que hablo con acritud y dureza. Pero considerad, en primer lugar, que los médicos tratan a la mayoría de sus pacientes, cuando no pueden curarlos de ningún otro modo, cauterizando y amputando, y, en segundo lugar, considerad que no utilizo este tono ni por propia voluntad ni por placer. Y por eso yo también podría acusaros de esto otro: de haberme obligado a pronunciar estas palabras. Pero si realmente os sentís afligidos por mis palabras, no sigáis haciendo todo eso por lo que necesariamente sois censurados. Pues si mis palabras han ofendido a algunos de vosotros, ¿no me ofende más a mí y a todos los romanos, en verdad, vuestro comportamiento? Y bien, si en verdad os sentís dolidos, cambiad de actitud para que pueda elogiaros y cambiar de opinión, porque yo no soy una persona cruel por naturaleza y vosotros no ignoráis que todo lo que he venido disponiendo, sometido siempre a la condición humana, ha sido todo cuanto convenía que hiciera el buen gobernante. »Además, nunca ha estado permitido despreocuparse de la procreación y del matrimonio. Desde el mismo principio, desde el primer establecimiento del orden político, se legisló con precisión sobre estos asuntos. Y, después, el Senado y el pueblo aprobaron otras muchas leyes que sería superfluo enumerar. Yo he aumentado las penas contra quienes las desobedecen para que, por el miedo a sufrirlas, recuperéis el buen juicio. Pero también he establecido premios para quienes las cumplen, premios tan numerosos e importantes como no se conceden por ninguna otra muestra de virtud para que, ya que no puede ser por ninguna otra razón, al menos por ellos os avengáis a casaros y a tener hijos. Pero vosotros, en lugar de animaros por alguno de estos premios o de amedrentaros por alguno de aquellos castigos, lo habéis despreciado todo y todo lo habéis pisoteado como si no vivierais en la ciudad. Y decís que habéis adoptado este régimen de vida sin ataduras y libre, sin hijos y sin esposa, pero, en verdad, nada os diferencia ni de los piratas ni de las bestias más salvajes. Pues, en efecto, no os complacéis en el celibato para llevar una vida sin mujeres. Ninguno de vosotros come solo ni se acuesta solo; sólo queréis tener la libertad para cometer excesos y comportaros con impudicia. Os he permitido buscar para vuestros matrimonios a muchachas todavía tiernas y que, de ningún modo, tienen edad para casarse, para que, con el marchamo de los que ya están comprometidos en matrimonio, podáis llevar una vida provechosa para vuestra casa. También he aceptado que las libertas pudieran ser tomadas como esposas por aquellos que no pertenecen al Senado para que, si alguno hubiese sido llevado a esta situación, ya sea por amor o por simple convivencia, pudiera hacerlo legalmente. Y ciertamente tampoco os he apremiado sino que, en un primer momento, os di tres años enteros para vuestros preparativos y después, dos más. Pero de ninguna manera he conseguido nada, ni con amenazas o exhortaciones, ni prorrogando el plazo ni tampoco con ruegos. »Ved por vosotros mismos cuán más numerosos sois que los casados, cuando era necesario que ya hubieseis engendrado hijos en una cuantía similar o, mejor, muy superior. ¿De qué otra forma podrían pervivir las familias? ¿Cómo podrá salvarse la comunidad si nosotros no nos casamos y no engendramos hijos? Pues, ¿no esperaréis que broten de la tierra los herederos de vuestros bienes y de los negocios públicos, tal y como cuentan las leyendas? No es justo ni bueno que nuestra estirpe se termine, ni que el nombre de los romanos se extinga con nosotros, ni que nuestra ciudad acabe por ser entregada a otros hombres, ya sean griegos o bárbaros. ¿O no es principalmente por esta razón, para hacer de ellos el mayor número de ciudadanos posibles, que liberamos a nuestros esclavos y que hacemos partícipes a nuestros aliados de la ciudadanía para incrementar nuestro número? Pero vosotros, romanos de pura cepa, quienes podéis contar entre vuestros antepasados a aquellos Marcios, Fabios, Quintios, Valerios y Julios, ¿deseáis que con vosotros desaparezcan tanto vuestros linajes como vuestros nombres? Estoy avergonzado de haber tenido que decir todo esto. Parad, locos, y daos cuenta, de una vez, de que es imposible que la ciudad se salve con tantas muertes debidas a las enfermedades y a cada una de las guerras, salvo que su población se renueve gracias a los nuevos nacimientos constantes. »Ninguno deberá creer que no sé que tanto en el matrimonio como en la crianza de los hijos hay aspectos desagradables y gravosos. Pero considerad que no poseemos ningún otro bien al que no vaya asociado algún sufrimiento, y que a los más abundantes y mayores bienes van unidos los más abundantes y mayores dolores. Y en consecuencia, si os queréis apartar de los sufrimientos no busquéis tampoco los bienes. Pues para poseer casi todo lo que conlleva virtud o placer es necesario el esfuerzo antes, durante y después. ¿Qué necesidad tengo de alargarme exponiendo todos los detalles? Pues en efecto, si en el matrimonio y en la crianza de los hijos hay aspectos desagradables, enumerad en cambio sus ventajas y descubriréis que son muchas más y necesarias. Pues, además de todos los bienes que les pertenecen por naturaleza, también las recompensas fijadas por las leyes —cuya parte más insignificante ya podría llevar a muchos a la muerte— deberían induciros a todos a obedecerme. ¿Cómo no va a ser una vergüenza que, por esas mismas recompensas por las que otros llegan a entregar su vida, vosotros no queráis ni tomar esposa ni engendrar hijos? »Varones, ciudadanos —pues creo que ahora sí estáis convencidos de la necesidad de conservar la categoría de ciudadanos y de asumir el título de hombres y de padres—, no os he lanzado todos esos reproches por placer, sino por necesidad; no lo he hecho como si fuera vuestro enemigo u os odiara, sino por amor y por el deseo de ganarme a otros muchos como vosotros, para que, al habitar hogares según nuestras leyes y al tener las casas llenas de herederos, nos podamos acercar a los dioses en compañía de nuestras mujeres e hijos y estrechemos nuestros lazos, asumiendo todos los riesgos por igual y disfrutando proporcionalmente de las esperanzas que en ellos tenemos depositadas. ¿Cómo podría ser un buen gobernante para vosotros si tolerara ver que cada vez sois menos? ¿Cómo podría llamarme, con justicia, vuestro padre si no criáis niños? De esta manera, si realmente me amáis y me habéis concedido ese título no con la intención de adularme sino de honrarme, haced ver vuestro deseo de convertiros en hombres y en padres para que, así, vosotros también disfrutéis del título de padre y me hagáis justo portador del mismo». Estas fueron las palabras que en aquella ocasión pronunció ante aquellos dos grupos. Y a continuación acrecentó las recompensas para quienes tuvieran hijos e hizo una distinción entre casados sin hijos y solteros en relación a las penas judiciales. Les concedió a aquellos dos grupos, los solteros y los que no tenían hijos, el plazo de un año para que, obedeciéndolo en ese periodo, evitaran una consideración de culpabilidad. En contra de la ley Voconia, por la que ninguna mujer podía heredar propiedad alguna que superase el valor de veinticinco mil dracmas, permitió a algunas mujeres que lo hicieran. También concedió a las vestales los mismos privilegios, todos, de los que gozaban las mujeres que habían parido. Seguidamente se promulgó la ley Papia Popea a cargo de Marco Papio Mutilio y Quinto Popeo Segundo, quienes ocupaban el consulado en aquella parte del año. Se daba el caso de que ambos no sólo no tenían hijos sino que no tenían ni esposa. Por esta razón se hizo evidente la necesidad de aquella ley. Dion Casio, Historia romana, Libros L-LX, Editorial Gredos, Libro LVI, p. 346-357.
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