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  1. Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos: 1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España; 2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange; 3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario. A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez. Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece. _________________________________________________ 2) El tema de lo «franco» Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior. Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco. Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146). Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148). En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable. «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149). «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150). Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal. Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente. Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día. Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo. Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros. Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita. Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo». No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales. ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español? Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2). También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana. La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo. La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta. Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias. * * * Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico. De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64] […] España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta. Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida. Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte. Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191] Esta publicación ha sido promocionada como contenido independiente
  2. Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos: 1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España; 2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange; 3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario. A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez. Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece. _________________________________________________ 2) El tema de lo «franco» Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior. Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco. Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146). Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148). En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable. «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149). «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150). Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal. Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente. Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día. Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo. Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros. Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita. Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo». No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales. ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español? Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2). También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana. La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo. La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta. Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias. * * * Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico. De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64] […] España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta. Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida. Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte. Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]
  3. Recojo un brillante discurso que pronunció Pedro Henríquez Ureña , dominicano de nacimiento y argentino adoptivo, en el entonces llamado Día de la Raza. Es un encendido una elogio a la obra de España en América. Pero toca otras cuestiones muy interesantes: el sentido del vocablo raza en aquel contexto, la importancia del idioma como vehículo de la tradición, la unidad esencial de los pueblos hispánicos, la gran responsabilidad que tenemos los españoles como continuadores de la tradición romana, la oposición fundamental entre la tradición romana y la germánica, el problema alemán, etcétera. Marco en negrita algunos párrafos que me parecen especialmente inspirados, aunque verdaderamente recomiendo leerlo entero.
  4. COMENTARIO PREVIO: Hace tiempo vi una discusión en BBJ en la que se debatía sobre el papel de los visigodos en España. Dos foreros nuestros, Gerión y Ariki Mau, limitaban la importancia de los visigodos en la Historia de España ante la protesta de varios contertulios de inclinaciones identitarias. Escaneo un fragmento de J. E. Casariego que les da la razón a esos dos foreros y que puede arrojar algo de luz sobre el tema. Jesús Evaristo Casariego fue un buen escritor e insigne carlista que combatió en la Cruzada de 1936. No era nada sectario; tenía gran simpatía por la Falange y en el libro que cito llega a decir que la Monarquía tradicional era totalitaria. No era persona precisamente refractaria al Eje. El tema planteado es muy interesante. Siempre he creído que los visigodos no tuvieron la importancia que algunos les atribuyen y que lo principal (fe y lengua) se lo debemos a Roma. Estas discusiones sobre la Historia de España tienen más importancia de la que parece, pues algunas concepciones pueden dar lugar a visiones heterodoxas y antipatrióticas. J. E. Casariego se está refiriendo implícitamente a Ortega y Gasset. * * * Reducidas a su basamento, enunciadas en esquema, las dos interpretaciones de nuestra Historia ven a España de este modo: LA ORTODOXA: España es el brazo de Dios. Su genio estriba en su catolicidad. Fue grande por ella; decayó al abandonarla. Su resurgimiento estriba en su vuelta a "lo suyo", a su tradición gloriosa y fecunda. LA HETERODOXA: España tuvo la desgracia de no contar con bastante ingrediente germánico. Su plenitud fue ficticia, y por ello poco duradera. El vincularse a la misión de la Iglesia romana fue su ruina. Para salir de esa postración tiene que abandonar esa directriz tradicional y "europeizarse". [...] "LO ROMANO", "LO GERMANO" Y "LO ISLAMITA" EN LA FORMACIÓN DE "LO ESPAÑOL" No cabe duda de que la evolución histórica de España es la más interesante entre las de todas las nacionalidades occidentales. Como el restante litoral Oeste del Mediterráneo, recibió de manos de los navegantes fenicios los primeros destellos de una civilización que ya empezaba a decaer en el Oriente próximo. Más tarde, Cartagineses, helénicos y otros pueblos dejaron en nuestras riberas la marca de su civilización. Pero fuera de estos primeros contactos con las grandes culturas primitivas, fue la fecunda madre Roma la que, al incorporarnos a su Imperio, nos hizo entrar de lleno en el mundo civilizado. Bajo la ciudadanía latina, España demostró la buena calidad de su elemento humano y su gran capacidad para adaptarse, desde un estado poco menos que paleolítico, a la gran cultura romana. Por eso sólo, España dio a Roma más figuras ilustres que todas las demás provincias juntas de su Imperio, figuras que han perdurado y perdurarán, por los siglos de los siglos, al lado de las más famosas de la Metrópoli. A la mayor jerarquía de la antigüedad clásica organizada por Roma llegaron españoles ilustres, como Trajano el Magnífico, Adriano, Teodosio el Grande y Marco Aurelio el Filósofo, de hispánica estirpe. El primer Cónsul extranjero de Roma fue un español. Y ahí están los nombres de Lucio Anneo, Lucano, Quintiliano, Sitio Itálico, Columela, Moderato de Gades, Marcial y Floro, que eran españoles. Así, asimilada la cultura latina, las provincias hispanas eran como otras tantas Romas de Occidente, cuando la más grande fuerza espiritual de los siglos apareció entre nuestros antepasados, adueñándose de ellos: el Cristianismo. Cuando el Cristianismo adquiere carta de naturaleza entre nosotros, enraizándose fuertemente en el suelo de España, la gigantesca armazón imperial de Roma se resquebraja y se hunde con fragor y espanto, corroída en sus cimientos por los vicios gentiles de la paganía y empujada por las incontenibles lanzas de los rudos y audaces pueblos nórdicos, bárbaros toscos de ojos azules, rubia pelambrera y miembros poderosos, que a lomo de caballos escuálidos descendieron como torrentera impetuosa por las amplias calzadas que conducían a Roma, volcándose sobre el mundo latino desde las apretadas y melancólicas selvas de Germania y las brumosas y remotas cuencas del Volga. Y España sufrió, como todas las provincias romanas, la desolación del mundo antiguo que naufragaba. En las márgenes verdes del Turia y en las tierras luminosas del Guadalquivir acamparon los escuadrones germánicos, atónitos ante las piedras de nuestras ciudades, labradas por una civilización esplendorosa. Y entonces, ya sin la tutela política de Roma, aislada España de su antigua Metrópoli, y en poder de aquel mare mágnum de pueblos deslumbrados por la orgía de luz de los campos ibéricos, empieza "lo español" a fijar sus características peculiarísimas. El intenso contraste entre lo invasor y lo indígena lo hace resaltar todavía más. El periodo visigodo es en la historia de España un paréntesis casi vacío. Todo lo que hay en él de consistente y de perdurable es nuestro, fruto del genio español, formado por Roma e iluminado por la vivísima luz del Gólgota. La raza dominadora sólo dejó el recuerdo de su ocio y de sus turbulencias. Del vándalo Gunderico, en los primeros años del siglo y, al visigodo Rodrigo, a principios del VIII, los invasores no dejaron, como dice Menéndez y Pelayo, "ni una piedra, ni un libro, ni un recuerdo". Unicamente prevaleció, durante su dominio físico, un pintoresquismo externo y, en cierto modo, un nuevo concepto jurídico. Y aun esa misma organización jurídica de los godos tiene el sello inconfundible de la superioridad del pueblo dominado por la fuerza del músculo, pero dominador por la fuerza incontenible de la cultura. El propio Guizot —el que no quería contar con nosotros al escribir la Historia de Europa— lo reconoce así cuando dice que dicha organización "lleva y presenta en su conjunto un carácter erudito, sistemático y social; descúbrese en ella el influjo del mismo Clero que prevaleció en los Concilios toledanos". ¡Los Concilios toledanos! Muestras admirables del genio y de la fe de España. Ellos encarnan mejor que nada la superioridad de lo hispánico sobre lo bárbaro durante aquel período, superioridad en todo, y en todos los momentos demostrada. Los ensayistas desarraigados que quisieron monopolizar nuestra vida intelectual no hace muchos años, intentan explicar esto por la baja calidad del factor visigótico —lo peor y más adulterado y corrompido de lo germánico—, muy inferior al ingrediente franco que se asenté en las Galias romanizadas y dio nombre a Francia; pero, ¿por qué no explicar eso con la superioridad y la genialidad del elemento autóctono hispánico sobre el elemento gálico? Los Concilios fueron entonces el fuego sagrado de la cultura y el arca santa que salvaguardó las más puras esencias de la nacionalidad. Frente a sus prelados, sabios, previsores y prudentes, la Monarquía visigoda sólo dio ejemplos execrables de asesinatos y de estériles banderías, de las cuales no nos queda más vestigio literario que las cartas de Sisebuto y Bulgaranos. Dios castigó la esterilidad perturbadora de los invasores haciéndoles desaparecer ante el empuje de los pueblos nuevos del Islam, contra los cuales la reacción fue ya pura y bien definidamente hispánica, sobre todo a partir de la revolución castellana. Jesús Evaristo Casariego, Grandeza y proyección del mundo hispánico, p. 29 y pp. 49-52.
  5. Hispano

    El peligro alemán

    El riesgo es que otro país europeo nos desplace como referencia europea en América. Por ejemplo, en lo que se refiere a Alemania, los españoles hasta ahora siempre la han visto con buenos ojos, como país laborioso, ensimismado, que no se mete con nadie desde la segunda guerra mundial, lo que es cierto. Pero, ojo, este "adormecimiento", en mi opinión, se debe a que perdieron dos grandes guerras estrepitosa y seguidamente. El riesgo que veo con Alemania, lo resumo en tres puntos: 1) El ideal de superioridad con respecto a otras naciones que tienen. Acabo de leer un libro de historia ("Kleine Geschichte Deutschlands"-Pequena historia de Alemania, autor Rolf Hellberg) que me ha hecho llegar una persona que se mueve en ambientes de la AfD. Es un libro que no está prohibido, ni nada por el estilo. En el libro se menciona que el tener sangre germana es distintivo de nobleza en otras naciones como España. En el punto dedicado a Carlos I (V de Alemania) concluye que su tiempo de emperador fue un fracaso por no haber aceptado la reforma protestante y no haberse convertido al luteranismo él y todo su imperio (todo ello aderezado con los tópicos de intransigencia hispana tanto religiosa como militar (a los soldados de los tercios españoles los llaman "Bluthunde"). Entre otras muchas cosas "delirantes", me ha llamado la atención el punto dedicado a su s. XVIII, en el que afirma que su s. XVIII en términos culturales y artísticos sólo se puede comparar al de la Grecia clásica y que, incluso, lo supera (indudablemente su s. XVIII es magnífico, pero esa comparación está fuera de lugar). Por lo que de esta gente se puede concluir, es que están pirados (hay mucho paralelismo con nuestros nacionalistas periféricos en ese sentido). 2) Su poderío económico. Básicamente, como todo el mundo sabe, a través de la UE han acabado con la mayoría de las industrias nacionales de los otros países, por lo que a través de sus empresas tienen influencia en las administraciones públicas, por lo que se puede decir que tienen cierto poder político ("lobbies"). 3) La percepción de los productos hechos en Alemania como de alta calidad, por lo que mucha gente podría extrapolar esa "supuesta" calidad a otros ámbitos, como, por ejemplo, entre otros, en el ámbito de los valores éticos y morales (No es raro escuchar en España que en Alemania por cualquier ínfima cosa un político dimite y que los españoles no, porque básicamente los españoles somos más corruptos). Afortunadamente, empiezo a notar que cada vez más gente se está dando cuenta de ello (incluso en gente que conozco que desde siempre habían sentido fascinación por todo lo germano). La verdad es que el caso de Puigdemont con los jueces de Schlewig-Holstein ha ayudado, en parte, a que muchos Saulos se hayan caído del caballo. En mi opinión, Vox debería de desmarcarse de todos esos movimientos identitarios, que no tienen nada que ver con lo hispano. No estoy metido dentro del mundo de Vox, pero por lo que leo creo que cada vez se están desmarcando más de lo identitario y, por ejemplo, me encanta cuando se refieren a los hispanoamericanos como compatriotas.
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