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  1. 14 de agosto de 1948 HACIA UN MUNDO DE VIEJOS Mi amigo, el doctor Carlos Blanco Soler, habla de los viejos desde Monte Ulía: una roja langosta, de carne de porcelana; y arriba, estrellas. San Sebastián, encendido, es como un Río de Janeiro diminuto con proporciones europeas. Línea de luces de la avenida, y redonda, iluminada, como una media naranja cortada, la plaza de toros, donde hierve el público bárbaro del boxeo. —Vamos —me dice— hacia un mundo de viejos. ¿Sabes cuál era el término medio de la vida en la Roma de Virgilio o Nerón? De treinta a treinta y cinco años. A principios de este siglo no pasaba de cuarenta. Ahora la hemos alargado hasta sesenta y dos. Con la penicilina y las futuras drogas, pronto llegaremos a ochenta. Y no te digo si la ciencia consigue curar el cáncer y la tuberculosis. En cambio, en China, en la India, el promedio de la vida es de quince años. —Habrá que revisar —añade— muchos de nuestros conceptos; toda la legislación de la edad de las jubilaciones, y habrá que hacer trabajar a los viejos. Su diálogo chispea, lleno de sugerencias: —¿Cómo serán los hijos de los viejos, nacidos no con la fe entusiasta de la juventud, sino ya con la duda sistemática? —Parece, en efecto —le respondo—, que el hombre moderno, como Fausto, vende su alma —su fe milenaria— a un Mefistófeles, vestido de Ciencia, de Técnica (al diablo más peligroso, porque es el que se niega a sí mismo), a cambio de la juventud, del rubeniano «Divino Tesoro». —No; no se recuperará —me replica— la juventud, la primavera de la vida. Se prolongará el otoño, que es más delicado, más paladeador y degustador, más irisado de matices y detalles mínimos. Es decir, que no reconquistaremos la fresca «alba de oro», sino que prolongaremos el crepúsculo y el planeta se cubrirá con una luz de eclipse. Por todas partes, en Rusia, en Inglaterra, en los Estados Unidos, se investiga, incesantemente, para alargar la vida. Ha nacido una nueva ciencia o arte de envejecer. Se ha encontrado en las células nerviosas un pigmeo opaco que es la «mancha de la vejez». Hace unos años conocí en Madrid al doctor Voronoff. Siendo médico en El Cairo, en la Corte del rey Fuad, había observado que los jóvenes eunucos presentaban todos los síntomas (de artritismo y reumatismo), propios de la senectud. Entonces buscó la juventud en el carcaj del Amor, en las fuentes mismas de la Vida. Siguiendo el humillante árbol genealógico de Darwin, quiso arrebatar el amor a los monos. Cupido se llenó de áspero vello. No tuvo gran éxito; pero acaso sugirió un camino. Yo recuerdo su «Villa» de Mentón, cercana a la de Blasco Ibáñez, con sus jaulas de chimpancés abajo, y en lo alto del jardín, entre rosales, una blanca Venus de mármol. Sobre tan bestiales cimientos quería conquistar la sonrisa divina de Afrodita. Pero sucede algo alarmante: a medida que se prolonga la vejez en la raza blanca, va disminuyendo la natalidad. Después de visitar parte de Europa y algunos países de América, España da la impresión —como me decía agudamente una bella observadora— de un «colegio de niños». En Francia, en Escandinavia, en Inglaterra, ya no hay chicos por las calles. En Norteamérica solo se reproducen abundantemente los negros y los católicos. Los países de más fuerte natalidad han sido vencidos. Una vez, me decía con toda naturalidad una señora en Estocolmo: —Aquel año íbamos a tener un hijo, pero se nos ocurrió marchar a Londres a presenciar el Derby. El hombre se queda aislado y egoísta. Al perder la fe religiosa, se desconecta con el innumerable pueblo de sus muertos. Al limitar la natalidad, corta todos sus lazos con las generaciones futuras, con los ingentes mundos de los «no nacidos». Solo, fijo en el presente, ya no mira hacia el ayer ni hacia el mañana. Cierto es que la naturaleza parece caprichosa e injusta en la distribución de las edades. ¿Por qué la tortuga de América (que semeja un reptil aplastado por un peñasco y que vio retratarse en sus límpidos ojos a las Tres Carabelas) vive quinientos años, mientras la mariposa «efimera», solo dotada de órganos para el vuelo nupcial, muere de pura vejez al cabo de dos breves horas? ¿Por qué han pescado ballenas que llevaban en sus cuerpos arpones normandos de la edad de Carlomagno, mientras Bécquer o Rafael desaparecieron en plena mocedad? Es posible que el hombre, dada la riqueza de su intelecto y de su espíritu, nos parezca que merece más larga duración. ¿Pero no se le quedará el alma, calculada para un máximo de noventa años, pequeña y estrecha como el traje de un adolescente que crece, y dejando al desnudo a ese siglo de suplemento que le brinda la ciencia? ¿Con qué llenará el espíritu esos lentos años que no le correspondían y que estaba decretado que no contemplaría ya sobre la Tierra? Egoísta y personalmente, yo ansío esa prolongación de la vida. Pero acaso resulte injusta, mirada con los ojos frescos y primaverales de la Especie. ¿Os figuráis en el futuro sobre Europa y parte de América al pequeño grupo de viejos blancos, de gruesos lentes, exterminando, con la desintegración de la materia, a las numerosas e hirvientes juventudes de los pueblos de color que los asedian, y que fiaron al amor y no a las drogas la eternidad de su estirpe? Yo imagino, en un perpetuo atardecer del mundo, a unos vigorosos ancianos de trescientos años, dialogando, con amarga sonrisa socrática, sobre un parque sin niños. Agustín de Foxá ABC, 14 de agosto de 1948, p. 3. ---------- También se puede encontrar en el siguiente libro, altamente recomendado: Agustín de Foxá; Historias de ciencia ficción. Relatos, teatro, artículos; La biblioteca del laberinto; 2009.
  2. En estos días se habla mucho del Pacto Global sobre Migración. No lo he leído y por lo tanto no puedo opinar con propiedad. Leí en la prensa este análisis que me tranquilizó: Como decía, este análisis me tranquilizó y me hizo creer que el dichoso Pacto no era como nos lo estaban pintando. Pero entiendo perfectamente que se piense otra cosa. Y entiendo que algunos países, en uso de su soberanía, no lo quieran firmar. Ningún problema a este respecto. El problema surge cuando el que nos dicen que es el gran bastión blanco contra la inmigración (Rusia) no sólo firma ese Pacto sino que saca pecho en sus medios oficiales: Se da entonces la paradoja de que mientras el FN denuncia, con financiación rusa, que este Pacto sobre Migración es el gran problema de Francia, Rusia por su parte lo firma al tiempo que pone en marcha estrategias para atraer a la inmigración y así paliar su espantosa pirámide demográfica. ¿A quién creer? ¿A los agoreros que anuncian la muerte de Europa a causa de este Pacto? ¿O al patriota Putin que lo firma? Porque Putin será muchas cosas malas, pero uno de las cosas buenas que tiene es que ama a su país. Finalmente, ¿cómo explican esta contradicción los partidos identitarios que tienen a Rusia como modelo? Nota: lamento la reiteración en estos temas. Prefiero no hablar mucho de Rusia porque a la larga puede resultar contraproducente. Pero he pensado que sería un error dejar pasar esta noticia, pues nos ayuda a comprender muchas de las cosas que están pasando.
  3. En otro hilo publiqué un mensaje de Jérôme Bourbon sobre el sector patriótico que me pareció acertado. Comentamos que es un poco inestable en sus opiniones y que por su tendencia al complotismo frecuenta compañías no demasiado recomendables. Pero no me resisto a traducir una serie de tuits que ha publicado sobre la inmigración, pues creo que arrojan mucha luz sobre el problema: Es un intento de traducción, así que agradecen correcciones o mejoras. Me parece muy acertado todo lo que expone Jérôme Bourbon. De hecho, me parece lo más acertado que se ha escrito dentro del sector patriótico, siempre dado a las consignas fáciles y tramposas. Y tampoco he leído nada así dentro del sector católico, del que se ha apoderado la locura hace mucho tiempo. En esas páginas católicas dicen que los del Aquarius vienen a destripar españoles. (La conclusión inevitable es que debemos destriparlos nosotros antes de que nos destripen.) Un carlista de la CT decía el otro día que había que hundir las pateras a cañonazos. Después me conecté a la página de la CTC y estaban hablando del Plan Kalergi para acabar con la raza blanca. Y eso que éstos parecían los más moderados, con la pinta de seminarista modosito que gasta Garisoain. Se ha perdido el norte desde hace mucho tiempo. Por eso estas palabras de Jérôme Bourbon son tan necesarias. Ponen la cuestión de la inmigración en su justo término. Si no estáis de acuerdo, comentadlo sin problema.
  4. Hispanorromano

    La soledad del varón occidental

    Veo una investigación de Pew Research Center sobre la evolución de los matrimonios. Es impresionante el crecimiento de las personas que "nunca se han casado" en las últimas generaciones: http://www.pewresearch.org/fact-tank/2018/03/16/how-millennials-compare-with-their-grandparents/ La estadística se refiere a EEUU, donde después de todo se casan bastante más que aquí. Sospecho que en Europa y en España la estadística sería peor. Estoy convencido de que el feminismo y la revolución sexual tienen gran culpa en esto. Y como causa primera, el alejamiento de la religión. El resultado final es guerra de sexos, soledad, esterilidad e incapacidad para conseguir un reemplazo generacional, que sólo se puede suplir recurriendo a la inmigración. Este otro gráfico sobre raza y etnicidad enlaza con lo anterior, aunque también admite una interpretación positiva para nuestros intereses: Los blancos (que son los que ellos definen como blancos, o sea, los WASP) decrecen, los negros se mantienen más o menos estacionarios y los hispanos (entre los que puede haber muchas personas de raza blanca) aumentan de manera ostensible. Es obvio que en las últimas décadas los hispanos han proporcionado a los WASP el reemplazo generacional que no eran capaces de producir por sí mismos. Esto a la larga puede ser positivo para los intereses de la Hispanidad y en definitiva de España. El Pew Research Center es un instituto protestante, con lo que posiblemente las cifras estén maquilladas para no dejar demasiado mal a los WASP. Pero, volviendo a la idea inicial, creo que sería interesante explicarle a la gente que la revolución sexual, lejos de suponer una orgía perpetua, como nos habían vendido, ha traído una gran insatisfacción y soledad para el varón occidental. Y también -por qué reconocerlo- para algunas mujeres.
  5. En la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino (cuestión 105, artículo 3) hay una discusión sobre el tratamiento que se debe dar a los extranjeros. No lo he leído en detalle, pero veo que algunas cosas podrían ser de aplicación a la situación actual. Lo comparto por si tenéis interés en leerlo y comentar algún párrafo:
  6. 18 de junio de 1939 FRANCIA SE DESPUEBLA Hablemos de habitantes. En 1865, Francia tenía 38 millones y Alemania exactamente los mismos; el Japón, 32 millones; Gran Bretaña, 24 millones, e Italia, 24 millones asimismo. En 1937, Alemania alcanza los 67 millones (un año después, con las anexiones, llega a los 82); el Japón está bordeando hoy los 72 millones; la Gran Bretaña tiene 47 millones; Italia, 44 millones; Francia, 42 millones. Una observación: los 44 millones italianos son los italianos de Italia. No es exagerado afirmar que diez millones de italianos más viven en el extranjero: Francia, Inglaterra, Norteamérica, Sudamérica, etcétera. Otra observación: de los 42 millones de franceses, tres millones no son franceses, sino extranjeros, lo que reduce dicha cifra a 39 millones. La natalidad regresiva de Francia es evidente en los últimos años. Hoy, Francia registra 610.000 nacimientos por año; Alemania, 1.450.000; 1.031.000 Italia; la Gran Bretaña, 725.000. «Si la fecundidad de los franceses disminuye al ritmo medio de los dieciocho últimos años, dentro de diez años registrará un máximum anual de 550.000 nacimientos. Y no tendrá soldados para defender sus fronteras. No se trata de un peligro lejano para Francia, sino inminente». He aquí lo que escribía Benito Mussolini el 26 de agosto de 1934 en el periódico de Londres Sunday Express. El pronóstico del Duce puede ser exacto, si no alcanza una verdad todavía menos optimista en 1944. ———— Hace mucho tiempo que los franceses saben que este problema es el gran problema de Francia. Madame ne veut pas d'enfants. Y monsieur no discute demasiado, porque tampoco los quiere. Ese perro bien jabonado y lleno de lazos, que cena los domingos en el restaurante con la pareja crepuscular, recoge la ternura tardía del matrimonio que ha secado su vida en la voluptuosidad helada del ahorro... Fracasan todas las campañas en favor de la mayor alegría de la especie. Fracasan todas las fórmulas de atracción —premios en metálico, por ejemplo— para los que se distingan por su generosidad creadora en la repoblación del país. De vez en cuando, la litografía de un torrero de Bretaña, de su mujer y de sus quince hijos, «que serán recibidos por el presidente de la República», provoca algunas bromas cínicas en lugar de la admiración que se perseguía: —¡Oh, usted sabe, señora Dupont, cuando se vive en un faro y no se sabe lo que hacer durante años y años...! . «Se quiera o no se quiera —acaba de escribir Emilio Condroyer en el Journal de París—, Italia y Alemania no tienen una natalidad regresiva, sino todo lo contrario, a pesar de que ya no caben en sus límites los ciudadanos de dichas naciones. Nos encontramos frente a un hecho brutal, frente a la verdad pura de un principio físico: la presión demográfica de estos vecinos resquebraja ya los límites de sus tierras y, sobre todo, los puntos de la mínima resistencia. La mínima resistencia somos nosotros, evidentemente; nuestro país, rico e insuficientemente poblado y nuestro imperio, Para los que siguen con algún interés este hecho, el movimiento ha comenzado: Italia tiene un millón de italianos en el Imperio francés». Queda por desollar el rabo de Rusia y de su monstruoso enigma. El material humano que contiene aún esa unión de tinieblas del Este de Europa es reclamado angustiosamente por los franceses. Para que la señora y el señor de París puedan cenar tranquilamente los domingos con su perrito, necesitan pensar de vez en cuando en la fecundidad de las noches nevadas de Moscú y en sus dantescas promiscuidades. Rusia es tan grande y tiene tal número de habitantes que Stalin, por mucha que sea su actividad carnicera, no podrá degollarlos a todos en muchos años. He aquí el terrible problema del número para Francia, tan materializada, que todavía no piensa en el problema de la calidad. El mundo será de los más, pero también de los mejores. De los más generosos, por ejemplo. Jacinto Miquelarena, ABC, 18 de junio de 1939, p. 5. * * * COMENTARIO Jacinto Miquelarena era un escritor falangista. Este artículo ilustra varias cosas: La ínfima natalidad en Francia, fruto del hedonismo, y la consiguiente despoblación en fecha tan temprana como 1939. La sustitución afectiva de los niños por mascotas, cosa por desgracia hoy frecuente también en España. La debilidad de Francia y la necesidad de recurrir a extranjeros para llenar los huecos demográficos. Lo que está pasando ahora en Francia ya pasaba entonces y se preveía que iba a empeorar. Varios políticos avisaron de la que se le venía encima a Francia y ofrecieron soluciones, pero nadie hizo caso. La constante preocupación de los falangistas por estos temas que, sin embargo, han sido abandonados por los que hoy se dicen sus herederos, generalmente en favor de consignas gruesas, y la mayoría de veces estúpidas, contra los inmigrantes.
  7. Como seguramente sabréis a estas horas, Italia impide la entrada en sus puertos del barco Aquarius, que lleva a bordo 600 inmigrantes. El Gobierno español se ha ofrecido a acoger al barco: España se ofrece a acoger al barco ‘Aquarius’ en Valencia por razones humanitarias | Cataluña | EL PAÍS El Ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, ha reaccionado cantando victoria: Además de una gran desvergüenza, con esto demuestra que no le interesa solucionar el problema: le basta con trasladarlo a otros países. ¿Qué postura deberíamos adoptar en este caso? En mi opinión, no deberíamos aceptar el barco. Comprendo el gesto humanitario, pero: No podemos aceptar un barco que no iba dirigido a nuestras costas. Es Italia la que debe hacerse cargo, de la misma forma que nosotros nos hacemos cargo de los inmigrantes que llegan por el Estrecho. Aceptar el barco crearía un peligroso precedente y a partir de ese momento el Gobierno italiano nos mandaría a todos los barcos que le lleguen. Podría crear un efecto llamada, de manera que todos los emigrantes que ahora se dirigen a Italia se dirigirían a partir de ahora a España. Este tema podría acabar incendiando España. Quizá eso lo que busca Salvini. En conclusión, creo que no sería positivo acoger el barco. Claro es que también hay que valorar el tema humanitario, pero pienso que hay que evitar en lo posible que el Aquarius desembarque en España. Ésta es mi opinión provisional con los pocos datos de que dispongo, pero estoy abierto a otras opiniones y juicios morales. Pienso que va a ser un tema crucial en las próximas semanas, por lo que conviene debatir el asunto. ¿Cuál es vuestra opinión?
  8. Leo en La Gaceta de Intereconomía la siguiente noticia, que ha sido convenientemente replicada en las terminales identitarias con las típicas alusiones al "Plan Kalergi": Pero leo la misma noticia en otros medios y no veo que de las declaraciones de Dastis se pueda deducir el titular de La Gaceta, según el cual el Gobierno quiere paliar la baja natalidad española trayendo a inmigrantes africanos: No descarto que en el fondo esté ocurriendo eso (es decir, que la baja natalidad española esté produciendo huecos demográficos que llenan los inmigrantes africanos); pero las alusiones de Dastis a África yo las interpreto como que se quiere aumentar la relaciones con este continente y fomentar su desarrollo, quizá con la esperanza de que así se reduzcan esos flujos migratorios. O sea, todo lo contrario de lo que da a entender Interconomía. ¿El titular de La Gaceta es correcto o es una manipulación de las palabras de Dastis? En caso de que sea una manipulación, ¿con qué intenciones?
  9. Dion Casio Mientras que otros continuaban empeñados en someter a aquellas tribus, Tiberio regresó a Roma tras el invierno en que Quinto Sulpicio y Cayo Sabino asumieron el consulado. Augusto, que le salió al encuentro en los suburbios de la ciudad, lo acompañó hasta los Septa y allí saludó al pueblo desde la tribuna. A continuación celebró todos los actos apropiados para tales circunstancias y ofreció, por medio de los cónsules, juegos triunfales. Los caballeros, con mucha insistencia, solicitaron durante aquellas ceremonias que se derogara la ley sobre los solteros y sobre los que no tienen hijos. Augusto reunió en el foro, en un lado, a los solteros y, en otro, a los que estaban casados o los que tenían hijos. Y al comprobar que estos últimos eran muchos menos que los primeros, se dolió y se dirigió a ellos con las siguientes palabras: «Aunque ciertamente sois pocos en comparación con la vasta multitud de la ciudad, y sois muchos menos que todos aquellos que no quieren cumplir con alguno de sus deberes, yo, por mi parte, sólo puedo elogiaros por vuestro comportamiento. Os guardo el mayor de los reconocimientos porque sois obedientes y engrandecéis la patria. Y es gracias a quienes viven como vosotros que los romanos, en el futuro, serán una gran nación. Pues aunque al principio fuimos un pueblo pequeño, después, cuando comenzamos a practicar el matrimonio y empezamos a tener hijos, superamos a todos los demás pueblos, no sólo en virilidad sino en número de hombres. Con esta idea en la mente, debemos ofrecer un consuelo a la esencia mortal de nuestra naturaleza con la eterna sucesión de generaciones, al modo de antorchas, para que convirtamos en inmortal, con la sucesión de unos a otros, el único aspecto de nuestra naturaleza en que la felicidad de los dioses nos supera. Pues por esta razón, fundamentalmente, aquel primer y gran dios, el que nos creó, dividió en dos la raza de los mortales, haciendo una mitad masculina y otra mitad femenina, y les insufló el deseo y la necesidad de mantener relaciones entre ellos. Hizo que aquella relación fuera fecunda para que, gracias a los nacimientos constantes, la naturaleza mortal se transformara, de alguna manera, en eterna. E incluso de los mismos dioses, a unos se les considera masculinos y a otros femeninos. La tradición asegura que unos han engendrado a los otros y que estos han sido engendrados de aquellos. Y así también consideran hermoso el matrimonio y el nacimiento de los hijos quienes no tienen ninguna de necesidad de ellos. »En consecuencia, actuasteis con rectitud porque imitasteis a los dioses, con rectitud porque imitasteis a vuestros padres para que, de la misma manera que aquellos os engendraron, así vosotros podáis engendrar a vuestros hijos, y para que, de la misma manera que vosotros los consideráis y los llamáis antepasados, así también a vosotros algún día os puedan tener en la misma consideración y dar el mismo título; para que todas aquellas nobles acciones que ellos acometieron y os legaron rodeadas de fama, también vosotros podáis legarlas a otros; para que las propiedades que ellos adquirieron y os legaron, también vosotros las leguéis a quienes hayan nacido de vosotros. ¿No es el mejor don una esposa casta, que guarde la casa, buena administradora, que sepa criar a sus hijos, que te alegre en la salud y te cuide en la enfermedad, que te acompañe en la felicidad y te consuele en la desgracia, que sepa contener la naturaleza alocada de la juventud y que temple la rigurosa severidad de la vejez? ¿No es dulce levantar al hijo nacido de ambos, criarlo y educarlo, imagen de nuestro cuerpo, imagen de nuestra alma, de tal modo que durante su crianza nazca dentro de él otra persona? ¿No es el mayor bien, en el momento de abandonar esta vida, dejar como sucesor y heredero tanto de la estirpe como del patrimonio a alguien nacido de ti mismo, separarse de la vida humana pero seguir vivo en su descendencia, y que nada de eso caiga en manos de extraños, como en la guerra, ni muera totalmente, como en la peste? »Estas son las ventajas de índole privada de las que gozan los que se casan y tienen hijos. Para el bien público, por el que nos hemos visto obligados a emprender muchas acciones contra nuestra voluntad, ¿cómo no va a ser algo hermoso y necesario —siempre que existan ciudades y pueblos, y siempre que vosotros gobernéis sobre los demás y ellos sean vuestros súbditos— que en tiempos de paz una muchedumbre trabaje la tierra, surque los mares, practique las artes y ejerza los oficios, y que en tiempos de guerra proteja todo lo que tenemos con el mejor de los ánimos por mor del linaje, así como que otros reemplacen a los caídos? A vosotros, varones —quizá sois los únicos que con propiedad deberíais recibir este nombre— y padres —título que merecéis tanto como yo—, os estimo el mérito y por esta razón os ensalzo. Y no sólo os honro con los premios que ya os concedí sino que, además, os llenaré de orgullo con otros honores y magistraturas, de modo que disfrutéis de grandes beneficios y los leguéis a vuestros hijos sin ninguna merma. Pasaré ahora a los demás, a los que nunca hicieron nada similar a lo que vosotros habéis hecho y que por eso acabarán recibiendo exactamente lo opuesto, para que no sólo en mis palabras sino aún más en mis acciones comprendáis en cuánto los superáis». Tras estas palabras y después de haber otorgado prebendas a algunos de ellos y de prometer otras a otros, se dirigió a los demás y les dijo lo que a continuación se recoge: «Perplejo me enfrento a esta situación. ¿Cómo debería llamaros? ¿Hombres, si no estáis cumpliendo ninguno de los deberes propios de los hombres? ¿Ciudadanos, cuando la ciudad muere por vuestra actitud? ¿Romanos, si estáis en el intento de destruir ese nombre? No obstante, quienesquiera que seáis, cualquiera que sea el nombre que os convenga, perplejo me enfrento a esta situación. Pues aunque siempre he estado haciendo todo lo posible en pro del aumento de vuestro número y ahora tenía la intención de reprenderos, veo, con desagrado, que sois muchos. Hubiese preferido que aquellos otros a los que antes me dirigí fueran tantos como veo que sois vosotros y que vosotros, o bien estuvierais colocados con ellos o, si no, que no estuvierais aquí. Vosotros, sin tener en consideración la providencia divina ni el respeto a vuestros progenitores, deseáis hacer desaparecer toda vuestra estirpe y convertirla, así, en mortal, y también echar a perder y poner fin a todo el linaje romano. ¿Cuál sería la semilla humana que quedaría si todos los demás hicieran lo mismo que vosotros? Convertidos en modelo de todos ellos, con toda razón vosotros cargaríais con la responsabilidad de su radical desaparición. E incluso si nadie os imitara, ¿no deberíais ser odiados con toda razón por esta causa precisamente, porque despreciáis lo que nadie despreciaría, descuidáis lo que nadie descuidaría y porque implantáis usos y costumbres tales que, si todos los siguieran, todos perecerían, pero que si los aborrecieran, entonces, deberíais ser castigados por ellas? De ningún modo perdonamos a los asesinos porque no todos cometamos asesinatos, ni dejamos marchar a los sacrílegos porque no todos cometamos sacrilegio; cuando se coge a alguien que ha cometido algún acto prohibido, se le castiga por la sencilla razón de que, ya sea solo o en compañía de algún otro, ha cometido lo que nadie habría hecho. E incluso si alguien enumerase los más grandes crímenes, todos esos nada serían frente al que vosotros estáis cometiendo ahora, no sólo si se comparasen uno a uno sino también aunque se comparasen todos juntos a este único crimen. Pues también os mancháis con la sangre del delito cuando decidís, desde el principio, no engendrar a quienes habrían debido ser vuestros descendientes. Estáis cometiendo sacrilegio cuando termináis con los nombres y los honores de vuestros ancestros. Cometéis impiedad cuando destruís vuestras estirpes que vieron la luz gracias a los dioses, así como cuando aniquiláis la mayor de sus ofrendas, la naturaleza humana, destruyendo con esa acción sus ritos y sus templos. Y además también estáis destruyendo el orden político puesto que no os sometéis a las leyes. Estáis traicionado a vuestra patria haciéndola estéril y carente de descendencia; la estáis minando en sus fundamentos, convirtiéndola en un páramo de habitantes futuros. Pues, de alguna forma, la ciudad son sus hombres y no las casas, los pórticos y las plazas vacías de gentes. »Considerad cómo se hubiese encolerizado, con toda justicia, Rómulo, nuestro fundador, si hubiese tenido ocasión de reflexionar sobre las circunstancias en las que él vino al mundo y vuestras actitudes, por las que no queréis tener hijos de vuestros matrimonios legítimos. Considerad cuánto se hubiesen enfadado sus compañeros romanos si hubiesen sabido que, mientras que ellos tuvieron que raptar doncellas extrañas, a vosotros no os agradan las propias y que, mientras que ellos engendraron sus hijos incluso en mujeres enemigas, vosotros no los engendráis ni con mujeres que poseen la ciudadanía. Cómo habría sido la cólera de Curcio, quien llegó a aceptar la muerte con el fin de que quienes ya se habían casado no fuesen privados de sus esposas. Cómo habría sido la de Hersilia, quien acompañó a su hija y fundó entre nosotros todos los ritos nupciales. Ahora bien, nuestros antepasados incluso hicieron la guerra a los sabinos en defensa de sus matrimonios y la terminaron cuando sus esposas e hijos los reconciliaron; por ellos pronunciaron juramentos y firmaron acuerdos de paz. Pero vosotros habéis reducido a la nada todo aquello. Y ¿por qué? ¿Quizá para que vosotros podáis vivir siempre sin esposa a la manera de las sacerdotisas que, tras haber hecho voto de castidad perpetua, viven sin esposos? Pues entonces deberíais ser castigados como ellas si cometéis algún acto impúdico. »Bien sé que os parece que hablo con acritud y dureza. Pero considerad, en primer lugar, que los médicos tratan a la mayoría de sus pacientes, cuando no pueden curarlos de ningún otro modo, cauterizando y amputando, y, en segundo lugar, considerad que no utilizo este tono ni por propia voluntad ni por placer. Y por eso yo también podría acusaros de esto otro: de haberme obligado a pronunciar estas palabras. Pero si realmente os sentís afligidos por mis palabras, no sigáis haciendo todo eso por lo que necesariamente sois censurados. Pues si mis palabras han ofendido a algunos de vosotros, ¿no me ofende más a mí y a todos los romanos, en verdad, vuestro comportamiento? Y bien, si en verdad os sentís dolidos, cambiad de actitud para que pueda elogiaros y cambiar de opinión, porque yo no soy una persona cruel por naturaleza y vosotros no ignoráis que todo lo que he venido disponiendo, sometido siempre a la condición humana, ha sido todo cuanto convenía que hiciera el buen gobernante. »Además, nunca ha estado permitido despreocuparse de la procreación y del matrimonio. Desde el mismo principio, desde el primer establecimiento del orden político, se legisló con precisión sobre estos asuntos. Y, después, el Senado y el pueblo aprobaron otras muchas leyes que sería superfluo enumerar. Yo he aumentado las penas contra quienes las desobedecen para que, por el miedo a sufrirlas, recuperéis el buen juicio. Pero también he establecido premios para quienes las cumplen, premios tan numerosos e importantes como no se conceden por ninguna otra muestra de virtud para que, ya que no puede ser por ninguna otra razón, al menos por ellos os avengáis a casaros y a tener hijos. Pero vosotros, en lugar de animaros por alguno de estos premios o de amedrentaros por alguno de aquellos castigos, lo habéis despreciado todo y todo lo habéis pisoteado como si no vivierais en la ciudad. Y decís que habéis adoptado este régimen de vida sin ataduras y libre, sin hijos y sin esposa, pero, en verdad, nada os diferencia ni de los piratas ni de las bestias más salvajes. Pues, en efecto, no os complacéis en el celibato para llevar una vida sin mujeres. Ninguno de vosotros come solo ni se acuesta solo; sólo queréis tener la libertad para cometer excesos y comportaros con impudicia. Os he permitido buscar para vuestros matrimonios a muchachas todavía tiernas y que, de ningún modo, tienen edad para casarse, para que, con el marchamo de los que ya están comprometidos en matrimonio, podáis llevar una vida provechosa para vuestra casa. También he aceptado que las libertas pudieran ser tomadas como esposas por aquellos que no pertenecen al Senado para que, si alguno hubiese sido llevado a esta situación, ya sea por amor o por simple convivencia, pudiera hacerlo legalmente. Y ciertamente tampoco os he apremiado sino que, en un primer momento, os di tres años enteros para vuestros preparativos y después, dos más. Pero de ninguna manera he conseguido nada, ni con amenazas o exhortaciones, ni prorrogando el plazo ni tampoco con ruegos. »Ved por vosotros mismos cuán más numerosos sois que los casados, cuando era necesario que ya hubieseis engendrado hijos en una cuantía similar o, mejor, muy superior. ¿De qué otra forma podrían pervivir las familias? ¿Cómo podrá salvarse la comunidad si nosotros no nos casamos y no engendramos hijos? Pues, ¿no esperaréis que broten de la tierra los herederos de vuestros bienes y de los negocios públicos, tal y como cuentan las leyendas? No es justo ni bueno que nuestra estirpe se termine, ni que el nombre de los romanos se extinga con nosotros, ni que nuestra ciudad acabe por ser entregada a otros hombres, ya sean griegos o bárbaros. ¿O no es principalmente por esta razón, para hacer de ellos el mayor número de ciudadanos posibles, que liberamos a nuestros esclavos y que hacemos partícipes a nuestros aliados de la ciudadanía para incrementar nuestro número? Pero vosotros, romanos de pura cepa, quienes podéis contar entre vuestros antepasados a aquellos Marcios, Fabios, Quintios, Valerios y Julios, ¿deseáis que con vosotros desaparezcan tanto vuestros linajes como vuestros nombres? Estoy avergonzado de haber tenido que decir todo esto. Parad, locos, y daos cuenta, de una vez, de que es imposible que la ciudad se salve con tantas muertes debidas a las enfermedades y a cada una de las guerras, salvo que su población se renueve gracias a los nuevos nacimientos constantes. »Ninguno deberá creer que no sé que tanto en el matrimonio como en la crianza de los hijos hay aspectos desagradables y gravosos. Pero considerad que no poseemos ningún otro bien al que no vaya asociado algún sufrimiento, y que a los más abundantes y mayores bienes van unidos los más abundantes y mayores dolores. Y en consecuencia, si os queréis apartar de los sufrimientos no busquéis tampoco los bienes. Pues para poseer casi todo lo que conlleva virtud o placer es necesario el esfuerzo antes, durante y después. ¿Qué necesidad tengo de alargarme exponiendo todos los detalles? Pues en efecto, si en el matrimonio y en la crianza de los hijos hay aspectos desagradables, enumerad en cambio sus ventajas y descubriréis que son muchas más y necesarias. Pues, además de todos los bienes que les pertenecen por naturaleza, también las recompensas fijadas por las leyes —cuya parte más insignificante ya podría llevar a muchos a la muerte— deberían induciros a todos a obedecerme. ¿Cómo no va a ser una vergüenza que, por esas mismas recompensas por las que otros llegan a entregar su vida, vosotros no queráis ni tomar esposa ni engendrar hijos? »Varones, ciudadanos —pues creo que ahora sí estáis convencidos de la necesidad de conservar la categoría de ciudadanos y de asumir el título de hombres y de padres—, no os he lanzado todos esos reproches por placer, sino por necesidad; no lo he hecho como si fuera vuestro enemigo u os odiara, sino por amor y por el deseo de ganarme a otros muchos como vosotros, para que, al habitar hogares según nuestras leyes y al tener las casas llenas de herederos, nos podamos acercar a los dioses en compañía de nuestras mujeres e hijos y estrechemos nuestros lazos, asumiendo todos los riesgos por igual y disfrutando proporcionalmente de las esperanzas que en ellos tenemos depositadas. ¿Cómo podría ser un buen gobernante para vosotros si tolerara ver que cada vez sois menos? ¿Cómo podría llamarme, con justicia, vuestro padre si no criáis niños? De esta manera, si realmente me amáis y me habéis concedido ese título no con la intención de adularme sino de honrarme, haced ver vuestro deseo de convertiros en hombres y en padres para que, así, vosotros también disfrutéis del título de padre y me hagáis justo portador del mismo». Estas fueron las palabras que en aquella ocasión pronunció ante aquellos dos grupos. Y a continuación acrecentó las recompensas para quienes tuvieran hijos e hizo una distinción entre casados sin hijos y solteros en relación a las penas judiciales. Les concedió a aquellos dos grupos, los solteros y los que no tenían hijos, el plazo de un año para que, obedeciéndolo en ese periodo, evitaran una consideración de culpabilidad. En contra de la ley Voconia, por la que ninguna mujer podía heredar propiedad alguna que superase el valor de veinticinco mil dracmas, permitió a algunas mujeres que lo hicieran. También concedió a las vestales los mismos privilegios, todos, de los que gozaban las mujeres que habían parido. Seguidamente se promulgó la ley Papia Popea a cargo de Marco Papio Mutilio y Quinto Popeo Segundo, quienes ocupaban el consulado en aquella parte del año. Se daba el caso de que ambos no sólo no tenían hijos sino que no tenían ni esposa. Por esta razón se hizo evidente la necesidad de aquella ley. Dion Casio, Historia romana, Libros L-LX, Editorial Gredos, Libro LVI, p. 346-357.
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