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  1. El otro día terminé el libro Política de la familia, de Ferdinando Loffredo, un intelectual fascista que en la posguerra trabajó desde la Acción Católica. El libro es muy recomendable para toda persona que esté interesada en reactivar la natalidad española, pues aborda todas las cuestiones esenciales, desde la Religión hasta el feminismo. Siempre que leo algún libro anoto referencias que luego investigo en internet, pues generalmente me dan pistas útiles sobre multitud de temas. En esta ocasión la investigación me ha llevado por algunos derroteros que creo interesante compartir con vosotros antes de que se pierdan en mi memoria. Tenemos la idea de que la eugenesia es una cosa más bien de derechas. Un profesor de demografía recoge así la historia de la eugenesia en España [introduzco algunas notas en rojo]: El último párrafo no dice la verdad y si lo cito es por no mutilar el escrito. Este profesor de demografía es progresista y, como tiene mala conciencia por la responsabilidad del progresismo en la eugenesia y en los subsiguientes genocidios, se ve obligado a añadir este párrafo final según el cual el franquismo habría continuado con la eugenesia. Primero, se confunde al hablar de César Vallejo Nájera. El tan mentado doctor se llama Antonio, no César, y a poco que uno lea su obra "Eugenesia de la Hispanidad" se da cuenta de que lo que propone en realidad es una antieugenesia. Esto era muy común en la época: se utilizaba el nombre de eugenesia para cosas que, según la perspectiva actual, no son eugenesia. La Iglesia, por ejemplo, decía que la mejor eugenesia era la moral católica. Pero bueno, este tema se puede tratar aparte si alguien tiene dudas. El caso es que tenemos varias realidades comprobadas: Las ideas eugenésicas son introducidas en España por sectores progresistas. Las defienden muy especialmente anarquistas, republicanos y socialistas. Las derechas se oponen radicalmente. Los únicos periodos en los que las que el eugenismo es reprimido son la Dictadura de Primo de Rivera y la de Franco, es decir los dos únicos periodos en que la sociedad y la política giran hacia la derecha. La democracia -y esto no lo cuenta el profesor de demografía- rehabilita la eugenesia con el aborto eugenésico y la esterilización de deficientes. Queda claro que el eugenismo es una idea progresista y no hay ningún estudioso académico serio que discuta el hecho, aunque algunos lo intenten minimizar, como nuestro profesor de demografía, inventando una falsísima eugenesia franquista. En el caso del racismo, el origen progresista e ilustrado también está claro para muchos estudiosos de prestigio, pero pesa mucho la idea de que el racismo sería una cosa de derechas por las asociación que todos hacemos con el régimen nacionalsocialista. Por ello, es algo más difícil encontrar estudios académicos en español que expongan esta raigambre progresista del racismo. Y sobre todo al público general le choca mucho la idea de que el racismo pueda ser algo de izquierdas. Veamos si puede aportar alguna luz esta reseña de un libro sobre el hispanomericanismo durante la Restauración: Tres conclusiones que se pueden extraer de aquí: El "Día de la Raza" lo instituyó el liberalismo de la Restauración y lo mantuvo sin problemas la Segunda República. Es Franco el que lo cambia al "Día de la Hispanidad" con el aplauso de la Falange y de las derechas, que veían ese término mucho más adecuado. Los derechoides que se aferran a la primera denominación quedan retratados en su ignorancia. Quienes empiezan con los discursos raciales son los progresistas, entre ellos los krausistas, pues parten de la misma concepción naturalista y biologicista del hombre que da lugar a la eugenesia. El progresismo está en el origen de todas estas ideologías que reducen al hombre a la animalidad. Los conservadores y los reaccionarios de la época se oponen a esa interpretación racial. Los reaccionarios, como Menéndez Pelayo, exaltan la latinidad española frente a la raza germana, que asocian -con razón- al progresismo y a la barbarie. Habría mucho que hablar sobre estos temas. Y se podrían poner muchos más ejemplos. Pero de momento expongo estos breves apuntes para explicar la raigambre progresista de algunas ideas que hoy han asumido las derechas. Esta publicación ha sido promocionada como artículo
  2. Sostengo que el racismo va contra el antiguo patriotismo y contra las naciones, pues borra sus fronteras y las reorganiza en función de criterios raciales que no se sabe muy bien quién los define. Si lo que importa es la "raza blanca", y no España o la cultura española, habría que borrar las fronteras que separan a España de Francia y del Reino Unido, lo que seguramente también implicaría borrarlas con Estados Unidos y al mismo tiempo romper toda relación con la América Hispana. Y según el teórico racial que sigamos, quizá habría que establecer fronteras dentro de la propia España para dejar fuera a los "no blancos". De alguna manera, el racismo es una forma de internacionalismo que disuelve las patrias y las reorganiza en tres o cuatro estructuras internacionales que no tienen nada que ver con las antiguas naciones. La federación blanca estaría gobernada por anglosajones, alemanes o rusos, dependiendo del teórico racista de turno, y es de suponer que ahí España pintase bien poco. Ya expuse anteriormente esta teoría mía del nexo entre internacionalismo y racismo en este foro. Pero ahora la encuentro respaldada por un conocido anarquista francés, que veía el racismo como una cosa deseable y necesaria para acabar con las patrias y servir de paso intermedio hacia el internacionalismo. Charles Malato es el nombre de este teórico anarquista francés. Puede verse una breve biografía en la Wikipedia o una más amplia en una página anarquista. Toda las citas las extraigo de su libro Filosofía del anarquismo, del que puede encontrase una versión en PDF en un blog anarquista. Charles Malato explica por qué cree que el racismo sirve para superar el patriotismo y es un paso intermedio necesario hacia el internacionalismo, o sea, hacia la supresión de todas las fronteras; también habla de la amenaza amarilla y de cómo combatirla, que recuerda poderosamente a lo que hoy proponen los que denuncian la amenaza islámica: Cito otras curiosidades de este teórico anarquista, aunque ya se sale del tema propuesto, sólo para quien tenga interés en el estudio del anarquismo y quiera perder unos minutos. Niega radicalmente el libre albedrío. Sostiene que los criminales tienen un cerebro defectuoso, o sea, que las malas acciones y los crímenes se explican por los genes, en lo que coincide con los "eugenistas de derechas" del mundo anglogermánico. Y por tanto llega a la muy lógica conclusión (que al parecer no han previsto los partidarios neoderechistas de esa explicación genética) de que deben desaparecer las cárceles. Lo que no impide, claro está, que se esterilice a estos criminales para que no propaguen sus genes defectuosos (no lo dice en el texto, pero es probable que lo pensase, como la mayoría de anarquistas): En los siguientes párrafos expresa su opinión sobre las religiones. Hay que destruirlas y hay que reducir a añicos todos sus vestigios, en nombre de Darwin y de la pura ciencia (a nivel teórico, ese culto de la ciencia era el que llevaba a anarquistas y comunistas a destruir imágenes religiosas y quemar iglesias en nuestra Guerra Civil): Es verdadera pasión la que siente este anarquista por Darwin y por el evolucionismo, que aliña con frecuentes alusiones elogiosas a la India: La rebeldía perpetua e incluso la guerra como motor del progreso: Cree que el comunismo es originario de los bárbaros del norte, de los que tiene una excelente opinión y que contrapone a los semitas y a los latinos (sinceramente, creo que algo de razón tiene en esta tesis, por más que los neopaganos alemanes, luego retomados por la Nouvelle Droite, le diesen la vuelta para decir que eran los semitas los culpables del comunismo): Su explicación de la caída de Roma a causa del cristianismo os sonará bastante: Darwin frente a Torquemada. Explica por qué la Reforma protestante fue tan útil: hoy se niega al papa y mañana se niega al rey y a Dios: Alerta de nuevo contra la inmigración amarilla. Dice que estos inmigrantes son aliados de los capitalistas y de los tiranos contra la clase obrera. Trabajan por un cuenco de arroz y bajan los salarios (como los bajarían igualmente los niños nacidos de familias españolas, de ahí su promoción del malthusianismo). ¿Os suenan estos argumentos? Como Vanu habló sobre el lema "mi patria es la raza blanca" que usan nazis e identitarios, en un estupendo tema propuesto por Mundo Republiqueto, me he decidido a traer estas citas del anarquista Charles Malato, que explica cómo el racismo sirve para disolver las patrias y avanzar en la causa internacionalista. Luego he seguido leyendo el libro de Malato y he visto unas cuantas citas que me han parecido de utilidad para estudiar el anarquismo y sus aspectos menos conocidos por el público actual: su devoción por la ciencia, que les llevaba a quemar las iglesias y a combatir las religiones a muerte; su especial devoción por Darwin y su negación radical del libre albedrío, que les llevaba a considerar al hombre un puro animal sin alma, cuyos crímenes se explicaban por razones genéticas, lo que suponía cerrar las cárceles pero también aplicar políticas eugenésicas de esterilización y eutanasia, no exentas de matices racistas en algunos casos; su odio visceral hacia el cristianismo que, siguiendo a Nitetzsche, consideraban una religión de débiles que destruyó el Imperio romano; su devoción por el mundo germánico, al que consideraban la semilla de la libertad y la igualdad en Occidente, y por las antiguas civilizaciones de la India. Muchos eran adeptos de la Teosofía y de otras corrientes similares. Son muy curiosos los paralelismos de esos anarquistas (que los anarquistas actuales conocen perfectamente y de los que no reniegan) con las derechas del mundo anglogermánico, con el movimiento völkisch, la Nouvelle Droite y la Alt-Right. A los españoles e hispanos que no son blancos, que con frecuencia la izquierda pretende usar políticamente, quizá habría que explicarles que esa izquierda fue la más apasionada defensora de esas ideas raciales -y racistas- en España y en el mundo hispánico, mientras que de la auténtica derecha, por su raíz católica, nunca surgió la menor referencia a esas nefastas ideas como no fuese para condenarlas. Pero aquí surge el problema de que la actual derecha española, por la comezón de extranjerías y por el anglocentrismo de internet, está incorporando poco a poco esas ideas anarquistas a su ideología, creyendo que forman parte de su bagaje doctrinal cuando en realidad proceden de su peor enemigo.
  3. Así se titula un excelente artículo que han publicado recientemente los amigos de @Mundo Republiqueto : Nacionalsocialismo: ¿un movimiento católico? - Mundo Republiqueto Me gustaría copiar el artículo aquí, porque realmente el texto lo merece, pero como son nuestros amigos es mejor que visitéis su página. Debo reconocer que en alguna ocasión me dejé llevar por las sucias estratagemas que denuncia Taipiré en Mundo Republiqueto. Aunque siempre tuve claro que el nacionalsocialismo y el racismo eran una cosa completamente ajena a España y a mi sentir, por fiarme demasiado de internet llegué a creer que se había exagerado un tanto el carácter anticatólico del nacionalsocialismo. Te ponen fotos del nuncio hablando con las autoridades nazis (cosa totalmente natural) y dudas. Te ponen a un soldado de la Wehrmacht comulgando y dudas. Más aún, te ponen fotos de personas de otras razas que utilizaron como carne de cañón en algunas divisiones y te llegas a creer que no eran tan racistas. Despliegan una serie de imágenes y de argucias propagandísticas que te pueden hacer dudar en algún momento, pero si acudes a los textos originales del NSDAP y a estudios serios, la duda se despeja: no es posible que un católico adopte la doctrina nacionalsocialista, ni el racismo que le es consustancial, porque ambas cosmovisiones son radicalmente incompatibles. Otra cosa es que en determinado momento uno sienta simpatía u opte por el Eje dentro de la Segunda Guerra Mundial, como muchos católicos en aquel entonces, que de todas formas no tenían toda la información que tenemos nosotros. Si se tercia, más adelante comentaré más sobre estas argucias que utilizan para convencer a algunos católicos. Y también intentaré aportar algún texto o imagen que apoye la tesis de Mundo Republiqueto.
  4. Hispanorromano

    Nacionalsocialismo: ¿un movimiento católico?

    Al hilo del excelente artículo de Mundo Republiqueto, comentaba yo que la cúpula nacionalsocialista profesaba un deísmo con injertos de elementos gnósticos, neopaganos y de religiones orientales. Pero hay influencias que olvidé mencionar: 1. La religión monista de Haeckel, aunque en verdad era un materialismo radical al que su enloquecido fundador le dio un aire pseudorreligioso. Copio una breve síntesis: El otro día vi precisamente una cita de Himmler en la que atacaba al cristianismo por separar el alma del cuerpo, cuando en realidad sólo existía el cuerpo, o sea, la pura materia. Lamentablemente no he sido capaz de volver de encontrar esa cita. Haeckel fundó una Liga Monista que defendía este tipo de ideas. La citada Liga tuvo gran popularidad en Alemania y se metía en toda clase de materias, incluidas la filosofía, la política y la religión. Por cierto, de Haeckel, el padre de la ecología, y de lo mucho que inspiró al progresismo y a la izquierda hablamos largo y tendido en este hilo. 2. El intento de crear una religión propia. Esto sucedió parcialmente con los Cristianos Alemanes, una rama que consiguieron escindir de la iglesia protestante. Eliminaban el Antiguo Testamento (por cierto, rasgo común con importantes gnósticos como Marción), decían que Jesús era ario, y en general usaban a Jesucristo como mero comparsa de una religión de la raza aria. Pero a algunos les parecía un intento poco ambicioso y querían ir más allá. En realidad era un apaño temporal para ir llegando progresivamente a una religión totalmente nueva en que la que se eliminase definitivamente toda referencia al cristianismo (considerado judío) y que entroncase exclusivamente con el paganismo germánico, donde la raza y el führer estarían en el centro del culto. La cosa no pasó de meras elucubraciones, pero realmente había dirigentes que acariciaban esos disparatados planes en sus ensoberbecidas mentes. En la posguerra, diversos grupos neonazis sistematizaron esas ideas que se habían expresado sobre todo en ámbitos privados y crearon verdaderos cultos religiosos en torno a la figura de Hilter. Por ejemplo, ahora mismo recuerdo a un chalado inglés, a una griega casada con un hindú y a un marine americano, pero seguro que hay más que crearon sectas de este tipo. Como no había continuidad orgánica con los líderes nazis, no podemos atribuir enteramente estos disparates de posguerra al nazismo, pero lo cierto es que partían de desarrollos previos de algunos jerarcas, mientras que organizaciones que presumían de ortodoxas (y, para mayor escarnio, de católicas), como CEDADE, difundían tales planteamientos en sus publicaciones. En resumen: deísmo (gnosticismo + neopaganismo germánico + hinduismo + monismo + religión propia) que desemboca en ateísmo. No obstante, hay que tener en cuenta que muchos de los líderes habían sido bautizados en alguna de las iglesias cristianas y que el programa de los años 20 hablaba de un "cristianismo positivo". Aunque esa etiqueta de "positivo" era la argucia perfecta para moldear una religión al propio gusto, tomando del cristianismo sólo lo que les convenía. Aclaro que ni mucho menos soy un experto en el tema, ya que durante largo tiempo he rehuido los libros serios de esas temáticas por pensar que estaban excesivamente manipulados y porque no me interesaba demasiado el asunto. Así que lo mío es sólo una opinión que será bueno confrontar con un estudio serio y minucioso del tema. Ahora bien, ¿por qué si los líderes nazis manejaban estas ideas no se tomó conciencia clara en Occidente del carácter no cristiano del nacionalsocialismo? Hombre, lo cierto es que las ideas más delirantes no solían expresarlas en público. Procuraban no soliviantar en exceso a la Iglesia católica y a la protestante, pues sabían que por ahí podían perder la batalla. Pero en los textos dirigidos a las SS las cosas estaban mucho más claras. Y esos textos sólo se conocieron después de la guerra. Aunque ciertamente en los libros de Rosemberg ya estaba claro el tema si alguien entendía el alemán. Distingo varios periodos en la percepción del peligro pagano latente en la ideología nacionalsocialista por parte de las derechas: Antes de su llegada al poder.- Varios obispos alemanes señalaron el carácter pagano del nacionalsocialismo y llegaron a lanzar alguna excomunión. Pero esta información llegaba a duras penas a la prensa española. Desde luego, había publicaciones españolas que hablaban ampliamente de la ola neopagana que se vivía en la Alemania de Weimar, aunque no la circunscribían al NSDAP. Era una cosa que flotaba en el ambiente y que afectaba a muchos más partidos y movimientos, no necesariamente de derechas. De 1933 a 1936.- El inicial pacto con un católico del Zentrum y el Concordato que firmaron nada más llegar al poder hicieron que se olvidaran esas acusaciones de la década anterior, que de todas formas no habían sido muy aireadas. También muchos en las derechas, inclusive en el campo específicamente católico, eran capaces de perdonar esa tara pagana con tal de que sirviese para frenar al comunismo. Pero no faltó gente que avisó de ese carácter pagano del nacionalsocialismo en la prensa carlista y en la prensa falangista. También se denunció en la prensa fascista de Italia, que hasta 1938 veía con muy malos ojos a Alemania. El escritor Eugenio Montes, que participó en la fundación de la Falange, escribió unas crónicas para ABC desde Alemania en las que avisaba sutilmente de ese peligro pagano a los lectores españoles. La Iglesia incluyó en el Index un libro infernal de Rosemberg. Hay que tener en cuenta que en este periodo el nacionalsocialismo no había mostrado todavía su peor cara: no había aprobado todavía las leyes raciales, no había dado vía libre a la eutanasia, no había llevado a cabo grandes matanzas, no se había lanzado a la guerra, no había arrasado la Iglesia polaca y no había tenido los peores enfrentamientos con las autoridades eclesiásticas. De 1936 a 1945.- Con la Guerra Civil se oscurece un poco la percepción del paganismo. Cuando el peligro son los rojos, no está el cuerpo para hablar de los nazis. Puesto que la España nacional había recibido ayuda militar de la Alemania, se evitó acusarla de pagana en la prensa. Periódicamente se publicaban artículos en los que la Falange y el Régimen rechazaban el racismo, por considerarlo pagano y antiespañol, aunque procurando no señalar directamente a Alemania. Un obispo español escribió una carta en la que denunciaba el carácter pagano del nacionalsocialismo, pero Franco prohibió su difusión, intuyo que para evitar disensiones y problemas internos en momentos complicados para todos. Por los mismos motivos, los lectores de la España nacional tampoco tuvieron acceso a la encíclica Mit Brennender Sorge de 1937. Hay que recordar que para esa fecha los principales dirigentes falangistas habían sido asesinados o encarcelados. A los católicos españoles les faltaba mucha información. Pío XI había preparado una encíclica en la que condenaba explícitamente el racismo (se puede traer al foro si interesa), pero falleció al poco tiempo y Pío XII la guardó en un cajón y relajó durante un par de años las relaciones con las autoridades alemanas por entender que era la mejor táctica para apaciguarlas. De 1945 a 1975.- Una vez que Alemania es derrotada, se empieza a hablar en la prensa española de los crímenes del régimen nacionalsocialista y de su carácter pagano de forma bastante abierta, incluso por boca del mismo Franco. Aunque también es verdad que no se hace excesivo alarde del tema y la crítica no cae en los típicos excesos pro-Aliados que todos conocemos por lo menos hasta los años 60. Pero también a partir de esos años se empiezan a inyectar, un poco de estrangis, ideas revisionistas procedentes de Europa y de EEUU a través de grupos marginales tipo CEDADE, que fueron bastante más reprimidos por el franquismo que por la subsiguiente democracia. No obstante muchas de esas ideas revisionistas prendieron también en grupos integristas y neofascistas por el vínculo antisemita, sobre todo a partir de la democracia. Enturbian bastante el tema dos autores de la Nueva Derecha que escribieron un best-seller sobre el carácter ocultista del nazismo, exagerando bastante el asunto y con la intención secreta de fomentar ese tipo de ideas más que de censurarlas. Claro, también alguna gente razonable, al leer esos excesos, se preguntaba si no sería parte de la propaganda de guerra. La cosa se lía bastante. De 1975 a 1996.- Aunque la mayoría de católicos tiene claro que el nazismo es más pagano que cristiano, y que una ideología así no pinta nada en España, CEDADE y otras formaciones de ese estilo llevan a cabo una intensa agitación -con más medios que ningún otro grupo- que siembra dudas importantes en algunos católicos de derechas. Otros grupos callejeros llenan las paredes de España de pintadas neonazis (raro el pueblo o el barrio que no tenía varias). Muchos católicos, por el tema de la División Azul y de cierta vinculación inicial del franquismo con la Alemania nazi, se resisten a creer que pudiesen ser ciertos algunos extremos. En parte porque es lógico pensar que se ha exagerado un tanto el asunto por la propaganda de guerra. También juegan a favor de esas ideas revisionistas y de la tendencia a ocultar el carácter pagano del nacionalsocialismo: un erróneo sentimiento de camaradería, que considera a CEDADE como "uno de los nuestros" sólo porque Alemania ayudó en su día al bando nacional o sólo porque el máximo dirigente de esa formación asegura ser católico; una inmoral tendencia a hacer la vista gorda con los pecados y transgresiones de "los nuestros"; una mentalidad de asedio que llevaba a hacer piña con todos los que se opusieran al comunismo; una tendencia al complotismo para explicar todas las realidades que era típica en ambientes integristas, que además tenían como vínculo un antisemitismo de tintes cada vez menos espirituales que justamente condenaba esa Iglesia posconciliar contra la que se revolvían; el afán de transgredir y de apoyar por sistema todo lo "políticamente incorrecto", todo lo que la sociedad ve con malos ojos o todo lo que epata al burgués, con un espíritu yo diría que importado de la izquierda y de la contracultura del rock. De 1996 (la llegada de internet a los hogares españoles) hasta hoy.- CEDADE y asociados habían abierto una brecha importante: su lujosa revista, en la que se decía que Hitler era el enviado de Jesucristo, llegaba a más hogares españoles de los que pudiera parecer: conozco más de un caso, incluso en la familia. Pero la verdadera eclosión llega cuando internet entra en los hogares españoles, a partir de 1996. Al poco de conectarme me di cuenta de que los dos grandes temas de internet eran la pornografía y el nazismo. Una impresionante constelación de páginas neonazis, algunas realizadas en Estados Unidos, inundaron la Red española y lograron influir en todo el espectro patriótico y derechista, sobre todo en los muy jóvenes que se acercaban por primera vez a esos temas. Algunas de esas páginas publicaban todo tipo de literatura pagana y ocultista de signo nazi, pero otro grupo de páginas -curiosamente, en algunos casos conchabadas con las anteriores- se dedicaban a negar ese carácter pagano del nacionalsocialismo, asegurando que todo era una conspiración de los Aliados y de los judíos para dejar mal a los pobres nazis. Así cada uno podía "elegir su propia aventura", como decía una conocida colección de libros-basura. Contribuían al embrollo páginas anticatólicas y laicistas que se dedicaron a recopilar fotos de sacerdotes alemanes saludando brazo en alto a autoridades alemanas. Muchas de estas fotos no eran de sacerdotes católicos o estaban sacadas de contexto, pero como por lo general el público no es capaz de distinguir esas cosas, daba un poco igual. Además, la imagen vence a la razón. Aunque tú sepas que ese sacerdote de la foto no es católico, la imagen penetra en ti y pasa por encima de tu razón y tiene un efecto acumulativo. También contribuyen al embrollo libros como éste, publicado por una editorial comunista, que buscan asociar al nazismo con el cristianismo, y sobre todo con la Iglesia, con las intenciones que todos podemos sospechar. Se reutilizaron antiguas propagandas de CEDADE y mil y una argucias para convencer a los católicos de que Hitler era profundamente católico y de que no había ninguna incompatibilidad entre nazismo/racismo y catolicismo. La idea del "Degrelle católico" juega un papel fundamental en estas propagandas para convencer a los católicos. Aunque esos mismos propagandistas tan interesados en convencer a los católicos difundían por otra parte literatura pagana, ocultista y rabiosamente anticristiana. Sea cual sea tu inclinación, tenemos un producto apropiado para ti. Cuando llegan las redes sociales y Youtube, el fenómeno, impulsado principlamente desde EEUU aunque con posible origen remoto en otro país, se expande con la rapidez de un virus y alcanza a toda clase de colectivos descontentos con su vida que antes probablemente habrían encontrado refugio en la izquierda: nerds, frikis, pajilleros incels, hikikomoris, fans del anime, ninis, sodomitas, etc. Es un fenómeno con tintes lúdicos ("for the lulz") pero de una risa sarcástica y cruel que acaba cambiando formas de pensar e influyendo en la sociedad. Entre broma y broma la verdad asoma. Con los smartphones el fenómeno pasa también a gente normal, que un día se acuesta pasando de la política o votando al PP, y al día siguiente, después de unas cuantas lecturas apresuradas y algún vídeo de Youtube, se levanta hablando de lo buen tío que era Hilter porque habría evitado el Plan Kalergi/Soros para bajarnos unos cuantos tonos del color de piel y darle paguitas a los moronegros. La cultura conspiracionista que reina en internet favorece el fenómeno, lo mismo que el desmedido afán de lucro de las macrocompañías que lo monopolizan: cada confrontación, cada provocación y cada transgresión generan el tráfico que necesitan para hacerse ricos. Pero aquí lo importante es que muchos católicos se dejan arrastrar por esta corriente y empiezan a olvidar el carácter pagano del nacionalsocialismo. A veces lo ignoran voluntariamente o lo minimizan en aras de esa "gran cruzada virtual" que tienen planteada contra el islam y contra los progres (a pesar de que ellos mismos defienden ideas progres y utilizan tácticas izquierdistas inmorales). Como en internet lo que menos importa es la verdad, es posible ver a personas tuiteando "¡Viva Cristo Rey!" y a renglón seguido poniendo un sol negro con una cita de Julius Evola, en algunos casos flanqueada por una cruz de San Andrés. Unos lo harán por ignorancia real, otros porque hacen la vista gorda y otros porque ya están instalados en una realidad virtual donde todo es posible al mismo tiempo. Amén de los que están en esto por echarse una risas y sentirse parte de algo, al menos de una tribu. Pues lo importante es la tribu virtual que formas con personas que viven a miles de kilómetros de distancia, no las relaciones reales que tengas con familiares, amigos, vecinos y compatriotas.
  5. Cuando explicamos la obra de España en América uno de los argumentos que utilizan los detractores son las pinturas de castas. Ejemplo: Este argumento es recurrente en los ambientes identitarios. Al mostrar estas pinturas donde se clasifica a las personas y su descendencia por el aspecto físico, los identitarios pretenden demostrar que el Imperio español era racista y que no toleraba el mestizaje. Lo que les viene muy bien para hacer burla de las posiciones que sobre este asunto sostienen carlistas y falangistas. Esas pinturas no tienen por qué demostrar ese tratamiento racista que alegan los identitarios. Pero hay un detalle que creo que hasta ahora se nos ha escapado. Esas pinturas podrían tener un origen ilustrado. Es decir, lejos de representar la España eterna de los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II, esas pinturas serían un producto de la Ilustración y de su afán por clasificar los seres vivos desde presupuestos exclusivamente racionales. Estos ilustrados con frecuencia eran poligenistas, esto es, negaban el origen único del hombre, en abierta contradicción con la Biblia, y pretendían explicar el hombre desde una perspectiva naturalista que luego dio paso al darwinismo. Cito parcialmente un artículo que, aunque de manera deficiente y en un tono demasiado coloquial, lo explica: Como decía, el artículo es muy limitado y utiliza un tono coloquial que lo desacredita un poco, pero cita abundante bibliografía. Y por lo demás esta hipótesis encaja perfectamente con un importante sector de la Historia y de la Sociología que considera que el racismo tuvo su origen en la Ilustración. Antes existía la xenofobia -un rechazo del extranjero que, en dosis limitadas, puede ser hasta necesario- y en general el prejuicio contra el diferente, que parece existir en todas las sociedades, por desgracia. Pero bueno, ése sería otro debate. El caso es que esas pinturas de castas no serían obra de la mejor España sino de la España ilustrada, que ya era decadente en muchos aspectos. Por lo que no tenemos necesidad de encajar estas pinturas en nuestra argumentación cuando las saquen a relucir los detractores de la obra de España en América. Simplemente estas pinturas pertenecían a una España que no es nuestro modelo. ¿Qué os parece la hipótesis?
  6. Arthur de Gobineau, quien inventó el racismo moderno y es el padre intelectual de los identitarios (lo sepan o no), basa su famosa obra "Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas" sobre una tesis principal: El auge y la decadencia de las civilizaciones se explica solamente por la composición racial de la nación y, en particular, de su élite. Mientras ésta se mantenga blanca, afirma Gobineau, y sólo entonces, la nación sobrevivirá. El declive de las civilizaciones se explicaría, por tanto, solamente por la "bastardización" racial de la élite blanca. Éste podría ser un resumen bastante tosco y rápido de lo esencial de la obra de este pensador. A partir de ahí, Gobineau se dedica a recorrer todas las civilizaciones humanas una por una y tratando de ligar la caída de cada una de ellas con su tesis central. Tras exponer esta tesis, Gobineau, que no es estúpido, afirma explícitamente su consecuencia directa, que contradice lo que había enseñado siempre la recta filosofía cristiana: La irreligión, la impiedad, las malas costumbres, etc, no son la causa del declive de las civilizaciones. En todo caso, una simple consecuencia de haber mezclado la raza. La tesis de Gobineau, que sienta las bases de todo el pensamiento racista posterior (sin ir más lejos, Hitler la sostiene en el Mein Kampf), se revela, pues, de naturaleza tremendamente subversiva y progresista: Observar las buenas costumbres -como siempre ha enseñado la Iglesia- tiene una importancia a lo sumo secundaria, pues lo que cuenta de verdad es mantener la pureza de la raza. No necesito demostrar que semejante tesis habría sido calificada de delirante e inconcebible por cualquier filósofo escolástico. Todo lo anterior es plenamente asumido por los identitarios actuales -como he dicho, herederos directos de Gobineau- aunque en la mayoría de los casos no han leído a Gobineau. Por ejemplo, considero "progre" todo lo que no sea denigrar a los negros, pero no me hables de la castidad, de la que me burlo en cualquier ocasión. Occidente puede ser todo lo degenerado que quiera si se mantiene blanco. Por concluír, a título de curiosidad, sólo veo dos ideas de Gobineau no asumidas por el identitarismo actual: En primer lugar, Gobineau pone a las razas negra y amarilla al mismo nivel (el del betún) por lo que respecta a sus capacidades. La raza amarilla es retratada con la misma crueldad que la raza negra. Eso contrasta fuertemente con el identitarismo actual, que considera a la raza amarilla como igualmente capacitada que la blanca y a la negra como muy inferior. El motivo se debe probablemente a cuestiones de índole "geopolítica" que interfieren en el asunto. En segundo lugar, Gobineau es un erudito amante de cierto rigor. Y, más importante, es hombre de su tiempo. Por lo tanto, en su obra no vemos aparecer en ningún momento al George Soros o al judío de turno tratando por todos los medios de bastardear a la raza blanca. Nada de "Plan Kalergi": Todos los fenómenos de mestizaje son descritos por Gobineau como procesos espontáneos y en gran parte inevitables, no como llevados a cabo por la acción premeditada de una minoría de poderosos. Esta segunda apreciación enlaza con el hilo sobre las conspiraciones, pues se confirma una vez más que el pensamiento de tipo conspiracionista es de origen recentísimo y que antes nadie pensaba en estos términos. Esta publicación ha sido promocionada como contenido independiente
  7. Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos: 1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España; 2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange; 3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario. A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez. Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece. _________________________________________________ 2) El tema de lo «franco» Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior. Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco. Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146). Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148). En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable. «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149). «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150). Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal. Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente. Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día. Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo. Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros. Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita. Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo». No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales. ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español? Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2). También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana. La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo. La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta. Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias. * * * Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico. De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64] […] España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta. Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida. Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte. Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191] Esta publicación ha sido promocionada como contenido independiente
  8. Arthur de Gobineau, quien inventó el racismo moderno y es el padre intelectual de los identitarios (lo sepan o no), basa su famosa obra "Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas" sobre una tesis principal: El auge y la decadencia de las civilizaciones se explica solamente por la composición racial de la nación y, en particular, de su élite. Mientras ésta se mantenga blanca, afirma Gobineau, y sólo entonces, la nación sobrevivirá. El declive de las civilizaciones se explicaría, por tanto, solamente por la "bastardización" racial de la élite blanca. Éste podría ser un resumen bastante tosco y rápido de lo esencial de la obra de este pensador. A partir de ahí, Gobineau se dedica a recorrer todas las civilizaciones humanas una por una y tratando de ligar la caída de cada una de ellas con su tesis central. Tras exponer esta tesis, Gobineau, que no es estúpido, afirma explícitamente su consecuencia directa, que contradice lo que había enseñado siempre la recta filosofía cristiana: La irreligión, la impiedad, las malas costumbres, etc, no son la causa del declive de las civilizaciones. En todo caso, una simple consecuencia de haber mezclado la raza. La tesis de Gobineau, que sienta las bases de todo el pensamiento racista posterior (sin ir más lejos, Hitler la sostiene en el Mein Kampf), se revela, pues, de naturaleza tremendamente subversiva y progresista: Observar las buenas costumbres -como siempre ha enseñado la Iglesia- tiene una importancia a lo sumo secundaria, pues lo que cuenta de verdad es mantener la pureza de la raza. No necesito demostrar que semejante tesis habría sido calificada de delirante e inconcebible por cualquier filósofo escolástico. Todo lo anterior es plenamente asumido por los identitarios actuales -como he dicho, herederos directos de Gobineau- aunque en la mayoría de los casos no han leído a Gobineau. Por ejemplo, considero "progre" todo lo que no sea denigrar a los negros, pero no me hables de la castidad, de la que me burlo en cualquier ocasión. Occidente puede ser todo lo degenerado que quiera si se mantiene blanco. Por concluír, a título de curiosidad, sólo veo dos ideas de Gobineau no asumidas por el identitarismo actual: En primer lugar, Gobineau pone a las razas negra y amarilla al mismo nivel (el del betún) por lo que respecta a sus capacidades. La raza amarilla es retratada con la misma crueldad que la raza negra. Eso contrasta fuertemente con el identitarismo actual, que considera a la raza amarilla como igualmente capacitada que la blanca y a la negra como muy inferior. El motivo se debe probablemente a cuestiones de índole "geopolítica" que interfieren en el asunto. En segundo lugar, Gobineau es un erudito amante de cierto rigor. Y, más importante, es hombre de su tiempo. Por lo tanto, en su obra no vemos aparecer en ningún momento al George Soros o al judío de turno tratando por todos los medios de bastardear a la raza blanca. Nada de "Plan Kalergi": Todos los fenómenos de mestizaje son descritos por Gobineau como procesos espontáneos y en gran parte inevitables, no como llevados a cabo por la acción premeditada de una minoría de poderosos. Esta segunda apreciación enlaza con el hilo sobre las conspiraciones, pues se confirma una vez más que el pensamiento de tipo conspiracionista es de origen recentísimo y que antes nadie pensaba en estos términos.
  9. Siguiendo la idea formulada por Gerión de que es necesario abordar el "problema alemán", publico un texto, inédito en internet, de Ernesto Giménez Caballero, en el que aborda el problema de la germanofilia en España y de su máximo represente en aquel entonces, Ortega y Gasset. Y posiblemente publique más textos en esta línea, con varios objetivos: 1) dar a conocer el problema germanófilo que siempre ha existido en España; 2) mostrar que esta germanofilia, como orientación cultural, era propia del sector progresista y que, por el contrario, era condenada por las derechas y especialmente por la Falange; 3) mostrar que Ortega y Gasset fue un intelectual muy cuestionable y que uno de los ámbitos donde más se le cuestionaba era precisamente el falangismo, pese a la leyenda en sentido contrario. A pesar de esta crítica de Giménez Caballero al germanismo, veréis que al final rescata algunos aspectos en clave monárquica, un poco en el sentido que apuntaba Vanu Gómez. Suprimo las notas a pie de página y respeto las cursivas originales. Me gustaría destacar algunas cosas en negrita, pero al final he optado por no hacerlo y así no orientar el pensamiento del lector. Ya comentaréis qué os parece. _________________________________________________ 2) El tema de lo «franco» Sabido es que el «quid» original de la España invertebrada reside en ese hallazgo orteguiano que pudiéramos llamar de «lo franco». Es decir, en ese remedio que distingue a la terapéutica orteguiana de toda la farmacología anterior. Para Ortega la raíz de la enfermedad de España no está en lo económico, lo libertario, lo indigenista y lo cultural, sino en algo de puro laboratorio eugenésico, en una espe­cie de clínica vacunatoria de Europa, en el vitalismo de lo franco. Para la formación de las cuatro naciones europeas (Francia, Inglaterra, Italia y España) entraron, según Or­tega, tres ingredientes: la raza autóctona, el sedimento romano y la inmigración germánica (p. 146). Para Ortega, la desgracia española consistió en que de esos tres ingredientes, el decisivo (p. 147), fuera el últi­mo, la vitalidad germánica. Porque la vacuna visigoda, re­cibida en el brazo de España, no era lo suficientemente eruptiva, venía ya en malas condiciones, debilitada por su contacto romano (p. 148). En cambio Francia tuvo la suerte de recibir una vacu­nación perfecta y saludable. «El franco irrumpe intacto en la gentil tierra de Galia ver­tiendo sobre ella el torrente indómito de su vitalidad» (p. 149). «Vitalidad es el poder que la célula sana tiene de engen­drar otra célula» (p. 150). Sentadas tales bases eugénicas e histológicas, lo conse­cuente hubiera sido que Ortega demostrase cómo el desa­rrollo ulterior de España fue una especie de viruelas locas, mientras los desenvolvimientos de los otros tres pacientes fueron una inmunización contra toda virulencia letal. Y es lo curioso que lo intenta demostrar con España. Demostrar que en España la debilidad del feudalismo (p. 158) (gran síntoma de haber prendido la vacuna vital germánica) fue la causa de que el imperio español durase sólo desde 1480 a 1600 (p. 163). Y que España no se verte­brase definitivamente. Pero lo sorprendente es que Ortega no demuestre cómo Francia —con su magnífico virus— no logra un imperio... hasta Napoleón. E Inglaterra hasta la reina Victoria. E Ita­lia... hasta que Mussolini se salga con la suya, si se sale algún día. Y mucho más sorprendente que la ternera de ese virus maravilloso, la misma Alemania, no alcance unidad nacio­nal hasta anteayer. Y que cuando quiso ensayar durante la Edad Media un Imperio, fracasase. Y cuando lo quiere reiterar en 1914... termine en el Tratado de Versalles. Desde ese punto de vista causaría asombro Portugal, lleno de sangre negra, y con el tercer imperio del mundo. Y no menor asombro: el que pueblos tan rubios, puros e indómitos como los escandinavos, crisol de vikingos, de reyes bárbaros, de dinastías egregias... hayan terminado en unas modestas naciones de socialistas, demócratas y pacifiqueros. Indudablemente, España está a punto de deshacerse. Eso es cierto. Pero ¡cuatro siglos de perduración imperial! son muchos siglos para que pueda sentirse envidiosa de no haber sido lo bastante «franca» en aceptar el ingre­diente mágico. La vertebración indómita. Lo que sucedió es que ese mágico ingrediente del «vita­lismo franco», que constituye el único quid original de la España invertebrada de Ortega, no era un descubrimiento original más que... «en el Mediterráneo». No fue descubrimiento eso del «vitalismo rubio» más que en esta España mediterránea, latina, decadente, donde Ortega —dócil a sus padres del 98— recoge fielmente sus imperativos de «europeizarnos» de «germanizamos», de aceptar la tesis pangermanista de lo ario, de lo rubio, de lo vital que la gran propaganda alemana de la anteguerra —y las complacencias larvadas del anticatolicismo y de la masonería— habían hecho llegar hasta las páginas de la aldea de un Baroja, hasta los puritanismos de un Unamu­no, hasta la delicuescencia exquisita de un Azorín por la dulce Francia. Es ese momento ya histórico del pangerma­nismo en España: cuando Hinojosa busca lo germánico en nuestro Derecho. Menéndez Pidal en nuestra Épica. Mel­quiades Álvarez en el «reformismo» de origen protestante. Baroja en el color del pelo. Y los médicos acuden a Alemania por el fermento milagroso. Y los militares. Y los ingenieros. Y los pedagogos para poner muchos cristales en las escuelas. ¡Luz! Mehr Licht! ¡Ah!, «lo franco», nuevo Lourdes del aldeanismo hispano, así fuese entonces «inte­lectual» tal aldeanismo. Se generaliza la cerveza como bebida de «minorías selectas». En las cervecerías alema­nas de Madrid se espuma El Sol (1917), cuyos titulares góticos encerraron todo el secreto de esa generación que creyó en el «virus germánico» corno salvador de todas las gripes nacionales. ¿Qué de extrañar si Ortega —el coetáneo terapeuta de la gripe nacional— formulase su remedio de «lo germáni­co, de lo franco», como el decisivo de lo español? Ortega, ya en 1914 (año justo de empezar la guerra), y en sus Meditaciones del Quijote, no se resignaba a ser moreno y latino. Más bronceado que Pío Baroja, hace constar sin embargo su disgusto por ello. «Yo no soy sólo mediterráneo.» «Quién ha puesto en mi pecho estas remi­niscencias sonoras, donde —como en un caracol— pervi­ven las voces íntimas que da el viento en los senos de las selvas germánicas?» «el blondo germano, meditativo, y sen­timental, que alienta en la zona crepuscular de mi alma» (pp. 120, 1, 2). También en ese mismo ensayo hace la distinción de las dos culturas europeas: la latina es la confusa. La germá­nica, la clara. Es Germania quien hereda a Grecia. Ello sería posible. Pero a España lo que le interesó en su histo­ria no fue Grecia, ¡sino Roma! Y ya lo demuestra el mismo Ortega, como ahora veremos. No el pueblo con exceso de minorías selectas, como el griego, sino el pueblo de Roma, que —como el de Castilla— supo trabar en la historia un formidable imperio. A pesar de que Roma no se vacunó con lo franco. Y de que Castilla no dio excesiva impor­tancia a tan mágica varita de virtudes orteguiana. La tesis «rubia» de Ortega no es sólo un error tera­péutico respecto a la genialidad de España: es algo más grave: una herejía. La máxima de las herejías que puede escuchar España, genio antirracista, por excelencia: pue­blo que dio a los problemas de raza una solución de fe, pero nunca de sangre. España no asimiló al judío, al protestante o al morisco porque fueran morenos o blondos, sino porque aceptaron o no su credo. La tesis de Ortega es el viejo mito germánico que tuvo validez allá en el tras Rin, desde el dios Wotan hasta el Los-von-Rom. Y que hoy reverdece, con el hitlerianismo, esa nueva mítica de la sangre, del orgullo de raza que ya analizaremos en la tercera parte de este libro. Si España un día llegó a instituir la Fiesta de la Raza, fue precisa­mente en el sentido contrario al germánico: o sea, en aquel de negar la raza pura de España, admitiendo como base de nuestro genio la fusión de razas, el sentimiento cristiano y piadoso de la comunión del pan y del vino, del cuerpo y de la sangre, bajo el símbolo de una unidad supe­rior, de una divinidad más sublime, menos somática que esa corporal y sangrienta. Muchas veces he estado tentado de realizar el guión de un film burlesco, el pergeño de un sainete, llevando al absurdo y a la comicidad la angustia de estos descarria­dos españoles que sufren del corazón por no haber nacido áureos como valquirias. * * * Ahora bien: no está en mi ánimo llevar la censura del «germanismo en España» hasta el absoluto. ¡Lejos de mí la burla por lo germánico en España! Pues ya se verá más adelante que entre los «fundamentos geniales de España» está el sustrato germánico. De lo que me sonrío es de la manera falsa y herética de interpretar ese fermento rubio Ortega y su época. Ortega no se atreve a reconocer la forma en que ese fermento nos fue útil y mágico a España: la forma de las dinastías y de la mística occidental. Mística de sangre y mística de libertad. Pero de ello hablaremos a su debido tiempo. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, pp. 60-64] […] España sólo podía admitir —y admitió y volverá a ad­mitirlo— el germanismo, el fermento rubio, para ponerlo al servicio de una religión sin razas, basada en un credo y no en una casta. Utilizando al Ario, en su capacidad mágica de jerar­quías, de organización y de invenciones mecánicas en la vida. Y para utilizar así el fermento ario, rubio, ¡no necesitó fundirse con francos puros, con ostrogodos raceadores, en amplias ganaderías humanas! Le bastó —oh señor maes­tro Ortega y Gasset!— utilizar el ario feudal y egregio en esa mágica institución que se llama la dinastía. Y más tarde, en épocas de cruzamiento culturales: a través de la mística flamenca del norte. Yo censuro la adoptación integral y palurda de los sistemas ideológicos de Alemania para España. Eso es lo que hizo Sanz del Río y luego Ortega y Gasset. [Ernesto Giménez Caballero, Genio de España, Editorial Planeta, 1983, p. 191]
  10. Recojo un brillante discurso que pronunció Pedro Henríquez Ureña , dominicano de nacimiento y argentino adoptivo, en el entonces llamado Día de la Raza. Es un encendido una elogio a la obra de España en América. Pero toca otras cuestiones muy interesantes: el sentido del vocablo raza en aquel contexto, la importancia del idioma como vehículo de la tradición, la unidad esencial de los pueblos hispánicos, la gran responsabilidad que tenemos los españoles como continuadores de la tradición romana, la oposición fundamental entre la tradición romana y la germánica, el problema alemán, etcétera. Marco en negrita algunos párrafos que me parecen especialmente inspirados, aunque verdaderamente recomiendo leerlo entero.
  11. El otro día terminé el libro Política de la familia, de Ferdinando Loffredo, un intelectual fascista que en la posguerra trabajó desde la Acción Católica. El libro es muy recomendable para toda persona que esté interesada en reactivar la natalidad española, pues aborda todas las cuestiones esenciales, desde la Religión hasta el feminismo. Siempre que leo algún libro anoto referencias que luego investigo en internet, pues generalmente me dan pistas útiles sobre multitud de temas. En esta ocasión la investigación me ha llevado por algunos derroteros que creo interesante compartir con vosotros antes de que se pierdan en mi memoria. Tenemos la idea de que la eugenesia es una cosa más bien de derechas. Un profesor de demografía recoge así la historia de la eugenesia en España [introduzco algunas notas en rojo]: El último párrafo no dice la verdad y si lo cito es por no mutilar el escrito. Este profesor de demografía es progresista y, como tiene mala conciencia por la responsabilidad del progresismo en la eugenesia y en los subsiguientes genocidios, se ve obligado a añadir este párrafo final según el cual el franquismo habría continuado con la eugenesia. Primero, se confunde al hablar de César Vallejo Nájera. El tan mentado doctor se llama Antonio, no César, y a poco que uno lea su obra "Eugenesia de la Hispanidad" se da cuenta de que lo que propone en realidad es una antieugenesia. Esto era muy común en la época: se utilizaba el nombre de eugenesia para cosas que, según la perspectiva actual, no son eugenesia. La Iglesia, por ejemplo, decía que la mejor eugenesia era la moral católica. Pero bueno, este tema se puede tratar aparte si alguien tiene dudas. El caso es que tenemos varias realidades comprobadas: Las ideas eugenésicas son introducidas en España por sectores progresistas. Las defienden muy especialmente anarquistas, republicanos y socialistas. Las derechas se oponen radicalmente. Los únicos periodos en los que las que el eugenismo es reprimido son la Dictadura de Primo de Rivera y la de Franco, es decir los dos únicos periodos en que la sociedad y la política giran hacia la derecha. La democracia -y esto no lo cuenta el profesor de demografía- rehabilita la eugenesia con el aborto eugenésico y la esterilización de deficientes. Queda claro que el eugenismo es una idea progresista y no hay ningún estudioso académico serio que discuta el hecho, aunque algunos lo intenten minimizar, como nuestro profesor de demografía, inventando una falsísima eugenesia franquista. En el caso del racismo, el origen progresista e ilustrado también está claro para muchos estudiosos de prestigio, pero pesa mucho la idea de que el racismo sería una cosa de derechas por las asociación que todos hacemos con el régimen nacionalsocialista. Por ello, es algo más difícil encontrar estudios académicos en español que expongan esta raigambre progresista del racismo. Y sobre todo al público general le choca mucho la idea de que el racismo pueda ser algo de izquierdas. Veamos si puede aportar alguna luz esta reseña de un libro sobre el hispanomericanismo durante la Restauración: Tres conclusiones que se pueden extraer de aquí: El "Día de la Raza" lo instituyó el liberalismo de la Restauración y lo mantuvo sin problemas la Segunda República. Es Franco el que lo cambia al "Día de la Hispanidad" con el aplauso de la Falange y de las derechas, que veían ese término mucho más adecuado. Los derechoides que se aferran a la primera denominación quedan retratados en su ignorancia. Quienes empiezan con los discursos raciales son los progresistas, entre ellos los krausistas, pues parten de la misma concepción naturalista y biologicista del hombre que da lugar a la eugenesia. El progresismo está en el origen de todas estas ideologías que reducen al hombre a la animalidad. Los conservadores y los reaccionarios de la época se oponen a esa interpretación racial. Los reaccionarios, como Menéndez Pelayo, exaltan la latinidad española frente a la raza germana, que asocian -con razón- al progresismo y a la barbarie. Habría mucho que hablar sobre estos temas. Y se podrían poner muchos más ejemplos. Pero de momento expongo estos breves apuntes para explicar la raigambre progresista de algunas ideas que hoy han asumido las derechas.
  12. Recojo un artículo del fundador de las JONS Onésimo Redondo que es muy desconocido y que desde luego no está publicado en ningún sitio de internet: *Nota: Lo he sacado de un antiguo foro falangista que desapareció hace muchos años. No he podido verificar la cita. Las Obras Completas de Onésimo Redondo constan de dos volúmenes que sólo llegan hasta el año 1934, y esto porque el tercer volumen que estaba proyectado nunca se llegó a publicar. Pero la cita tiene toda la pinta de ser cierta y cuadra perfectamente con el espíritu de Onésimo y de la Falange. Hay que señalar, no obstante, una irregularidad en la cita: que no es completa. Al iniciarse con la conjunción adversativa pero, es evidente que venía precedida de un párrafo en el que probablemente Onésimo haría una alabanza del nacionalsocialismo en clave anticomunista y patriótica, cosa que, por otra parte era frecuente en las derechas de aquella época. Sin embargo, en todos los artículos lo importante es lo que viene después del pero, o sea, lo que se ha citado aquí. Intentaré hacerme con el artículo completo, pero es bastante difícil, ya que sólo podría ser a través de alguna hemeroteca de Valladolid. Por qué son importantes estas reflexiones de Onésimo Redondo De los fundadores de la Falange, Onésimo Redondo es el que más simpatía muestra por el nacionalsocialismo y es el único que tiene una clara tendencia antisemita, que le llevó a publicar los Protocolos de los Sabios de Sion. Esto ha hecho que su figura quede un poco olvidada en Falange, lo que ha facilitado que se lo apropien los neonazis que infestan las fuerzas nacionales. Es un caso parecido al de Ramiro Ledesma. Sin embargo, ya podemos ver que, a pesar de esta simpatía por el nacionalsocialismo y de su marcada antipatía por los judíos, su condena del racismo era rotunda, como cabe esperar en un patriota español, en un católico, en un falangista. Al margen de estas cuestiones historiográficas que generalmente sólo les interesan a los falangistas, el artículo ilustra dos cuestiones: El patriotismo español siempre estuvo al margen de consideraciones racistas. Esto incluye al fascismo español. Las posiciones antijudías de algunos no impedían que al mismo tiempo asumiesen una postura antirracista. De hecho, generalmente se les echaba en cara a los judíos que eran racistas y se establecía un paralelismo entre los nazis y los judíos. Creo recordar que algún historiador extranjero explicaba esto como como la vía antirracista al antsemitismo. Creo que es un fenómeno digno de análisis y si resulta de vuestro interés, procuraré ilustrarlo en futuros hilos. Queda claro en cualquier caso que el problema con los judíos era por su religión y quizá por sus costumbres, no por su raza.
  13. Hispanorromano

    Los Magos y el Racismo

    En la Epifanía Los Magos y el Racismo* ¿Qué fue de los Magos después del regreso a su tierra? La tradición suple en parte la escasez de pormenores del laconismo con que el Evangelio nos cuenta el misterio de la Epifanía, que desde esta tarde conmemoramos en todo el orbe. Según la tradición los Magos fueron evangelizados por el apóstol Santo Tomás; tal vez consagrados obispos y martirizados en el siglo I. Sus restos fueron trasladados de Palestina a Constantinopla en tiempos de Constantino; de Constantinopla a Milán, y de Milán a Colonia, a cuyo obispo los regaló Federico Barbarroja. Para guardar decorosamente el precioso tesoro de tales reliquias el obispo coloniense edificó un templo sencillo, que andando el tiempo vino a ser esa Catedral de Colonia en que el arte ojival tiene su primera maravilla arquitectónica. Posee, pues, según esta tradición, las reliquias de los Magos Alemania, hoy oficialmente racista, y en gran parte racista a lo pagano y a lo materialista. A la tradición hemos de acudir también para averiguar el número de los Magos. De dos, tres, cuatro, seis, ocho, nueve, doce, quince, veinte hablaban las tradiciones. El Papa San León, tomando la tradición más constante y probable, fijó el número tres: Melchor, Gaspar y Baltasar entre nosotros; Appellicon, Amerin y Damascon, en lengua griega; Magalat, Galgalat y Serakin, en lengua hebrea; Kagpha, Badadilma y Badadakharida, en lengua siria... Entre las interpretaciones que se dan a este número tres resalta aquella antiquísima, según la cual, los tres Magos representaban las tres grandes razas: semítica, jafética y camita. Aún hoy prevalece entre nosotros la tradición que atribuye a uno de los tres Magos raza de color... Lo cual quiere decir que en el espíritu de las generaciones cristianas estuvo siempre arraigada, como lo está ahora, la fe en un dogma que niega los delirios materialistas del racismo pagano: la firme creencia de que delante de la cuna del Niño Dios, a quien postradas y juntas adoran todas las razas, no hay diferencias racistas de ese tenor. Pero aunque llevara razón Vigouroux y fuera verdad que no hay pruebas suficientes para demostrar que entre los Magos había diversidad de razas, siempre será verdad que los Magos eran gentiles y que si de algo parecido a división y separación racial, de una raza superior y de otra inferior a la manera racista, pudiera hablarse, sería para referirlo al pueblo gentil, depositario de las promesas del Salvador que de él había de nacer. Pues bien: pastores y Magos, judíos y gentiles adoran juntos al Niño Dios y empieza a esbozarse una realidad que después revelará formalmente San Pablo a los Colosenses (III-11): «Donde no hay diferencia de gentil y judío, de bárbaro y escita, de siervo y libre; sino que Cristo es todo en todos.» Tienen, pues, muy a mano la negación de su racismo materialista los alemanes que siguen este racismo. Tienen admirable lección en las reliquias de los Magos. Y tenemos todos en la Epifanía una revelación de aquella unidad católica, sobrenatural, que a todos los hombres nos hace hermanos en Cristo, correspondiente a aquella otra unidad, también católica, pero natural, que en Adán nos hace hermanos a todos los hombres. Donde las diferencias de lenguas o climas o estirpes y aun de razas no justifican división sustancial, ni mucho menos separación en esta gran familia humana para quien compuso el mismo Dios el Padre nuestro con la petición de su reino para todos... Sin esta UNIDAD de la Epifanía no se concibe aquella PAZ de la Navidad. * Fabio, Los magos y el racismo, El Siglo Futuro, 5 de enero de 1935, p. 1. Datos para entender el contexto: Fabio es el seudónimo del sacerdote carlista Emilio Ruiz Muñoz, martirizado por los rojos en septiembre de 1936. El Siglo Futuro era el órgano nacional de la Comunión Tradicionalista durante la II República. Fue fundado por Cándido Nocedal e inicialmente estuvo adscrito al integrismo. El Siglo Futuro era un periódico con una larga tradición antimasónica y antisemita, quizá el más destacado en este aspecto durante la II República (véase artículo en PDF). El 5 de enero de 1935, fecha de este editorial, el régimen nacionalsocialista aún no había adoptado las Leyes raciales de Nuremberg (15 de septiembre de 1935).
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